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Las Highlands, la Escocia de las películas

Una ruta por las Tierras Altas de Escocia te lleva a descubrir un paisaje salpicado de colinas, lagos y viejos castillos que cuentan historias de los antiguos clanes que poblaron estos lares

26/04/2021 - 

VALÈNCIA.- Después de pasar unos días en Edimburgo toca seguir la aventura para descubrir realmente la verdadera Escocia, la de los prados, las ovejas peludas y los castillos —hay entre 2.000 y 4.000— que te transportan a otros tiempos. Todo ello con el reto añadido de conducir por la izquierda y reponerme de algún que otro susto, pero… ¿qué es una aventura sin sobresaltos? Ya puedes imaginarte que sale bien porque el viaje no se trunca y estoy escribiendo estas líneas. Eso sí, creo que solo he visto un día el sol… pero supongo que es otro de los encantos de Escocia.

En las Highlands (Tierras Altas) es inevitable no pensar en Braveheart, y más cuando veo un cartel que anuncia que Sterling está a pocos kilómetros. No lo tenía en mente pero me desvío para visitar el monumento a William Wallace y ver in situ dónde se llevó a cabo esa célebre primera batalla liderada por él y Andrew de Moray y en la que vencieron a los ingleses. Para mi sorpresa, me encuentro con un coqueto pueblo coronado por un castillo. Como el de Edimburgo, se asienta sobre una roca de origen volcánico pero aquí no hay tanta gente y se agradece.

De hecho, si en Edimburgo no visitaste su castillo, es muy buena opción para quitarse esa espina y descubrir cómo eran los castillos medievales. En estos lugares me dan ganas de poner la oreja sobre sus muros para que me cuenten todas las batallas que han presenciado. Me contengo pero en la estancia donde están las Stirling Heads (las cabezas de Stirling) me da la sensación de que estoy siendo vigilada por todas esas cabezas de madera que el rey Jacobo V mandó tallar y que representan a reyes, nobles, personajes mitológicos, emperadores romanos… 

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En el castillo también descubro muchas anécdotas e historias, como que aquí se encontró la pelota de fútbol más antigua del mundo, fechada entre 1540 y 1570 y elaborada a partir de cuero y vejiga de cerdo. Pero también que aquí se realizó el primer espectáculo de fuegos artificiales (1566) pues, aunque Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra nació en Edimburgo, aquí es donde fue bautizado. Después visito Argyll’s Lodging (entrada incluida con la del castillo) para conocer cómo vivía la nobleza en los tiempos de Maria I de Escocia

El tren solo pasa una vez

Sterling tiene más atractivos, como la antigua cárcel, el cementerio o la iglesia, pero sin lugar a dudas el gran atractivo es el monumento a William Wallace. Si no quieres pagar las diez libras que cuesta acceder hasta lo alto de la torre victoriana y contemplar las vistas, lo mejor es que subas la montaña que hay cerca para tener la panorámica del valle con la torre. Esa es mi opción porque hay tanta gente que me da pereza esperar. Además, quiero llegar al castillo de Kilchurn antes de que anochezca o comiece a llover más. Porque, como ya sabemos, que no te llueva en Escocia es casi imposible. 

Sigo las indicaciones del GPS pero no logro llegar al castillo, así que aparco en la cuneta de una carretera y decidida salto la valla para cruzar todo el prado. Voy con algo de reparo hasta que meto el pie donde no toca y me lleno entera de barro. A partir de aquí todo me da igual y llego hasta la orilla del Loch Awe para contemplar las ruinas del que fue el hogar del Clan Campbell de Glenorchy. El día está gris y llovizna pero aún así la estampa es preciosa, con el reflejo de sus ruinas en el lago y la niebla cayendo de las montañas. Tengo suerte porque la misteriosa criatura acuática y sin sombre que habita este lago no se aparece ante mí y no, no hablo de Nessie. 

No soy de las que disfrutan conduciendo pero confieso que hacerlo por Escocia es toda una experiencia, y más cuando me dirijo hasta Glencoe por la ondulante carretera single track. Me siento insignificante en medio de esos valles, peinados y moldeados por el viento y en los que se levantan imponentes munros que dan un aura casi mística, quizá también por el juego de luces que dejan nubes al pasar sobre ellos. Estoy tan absorta en el trayecto que doy un frenazo en seco al ver Buachaille Etive Mòr que, con su forma piramidal, es una de las montañas más emblemáticas de Glencoe. Hago un alto en el camino para ver este rincón, con el salto de agua del río Etive justo enfrente de Etive Mòr. Merece la pena la parada pero salgo literalmente acribillada por los midge, los mosquitos diminutos que no dejan títere con cabeza en primavera y en verano. Y eso que me he puesto mi antimosquitos de referencia desde que fui la primera vez a África. 

Hago noche en Glencoe, un lugar famoso por la cantidad de actividades al aire libre que se pueden hacer, pero eso tendrá que ser en otro viaje porque en este tengo los días contados y la agenda un poco apretada. Tanto es así que al día siguiente tengo una cita que requiere la típica puntualidad británica: he de estar en el viaducto de Glenfinnan un poco antes de que el tren de vapor Jacobite pase por él. ¿Qué interés tiene? Bueno, pues este tren turístico que une Fort William y Mallaig es el Hogwarts Express en las películas de Harry Potter —estando en Escocia tenía que salir el joven mago—. 

Voy con tiempo pero me cuesta aparcar porque ya está repleto de turistas —la gran mayoría asiáticos— que han tenido la misma idea que yo. Mochila al hombro y pongo el piñón fijo para subir la ladera de la colina porque el tren pasa entre las 10:45 y las 11:00 horas (el de la tarde entre las 15:00 y las 15:15) y no tengo mucho tiempo de margen. Cojo posición con un par de codazos y el trípode como señuelo. Ahí me quedo esperando al tren. En momentos así me reconforta saber que no soy la única friki y que hay más gente como yo.

Todos los males pasan cuando de lejos se oye el silbido de un tren y al poco aparece el Jacobite en el viaducto, en una imagen que he visto tantas veces en Harry Potter. En cuestión de segundos la locomotora recorre el viaducto acompañada de un traqueteo rítmico y una nube blanca, soltando de vez en cuando silbidos que retumban en todo el valle. Seguro que en su interior los pasajeros se ríen de la estampa: frikis aguantando la lluvia para verles pasar. Y ese es el pensamiento que me queda, como la nube blanca que sigue cubriendo el viaducto minutos después de que el tren haya marchado. 

Ahora sí, voy a contracorriente porque decido seguir subiendo el sendero para llegar a otro mirador, con unas vistas algo distintas del Loch Shiel y de las Tierras Altas. Al bajar, y ya con todo el aparcamiento vacío, me acerco hasta el monumento de Glenfinnan, que se alza junto al Loch Shiel en recuerdo del levantamiento jacobita de 1745 que cambió para siempre la historia de Escocia. La torre me la imaginaba más alta pero, rodeada por las aguas del Loch Shiel y las ondulaciones de las Highlands, y por un recinto donde crecen las flores de los clanes que participaron en los levantamientos, es difícil no estremecerse. 

La última parada antes de llegar a la isla de Skye es una de las fortalezas más famosas de Escocia: el Eilean Donan Castle. De hecho, ha salido en innumerables películas (Los inmortales, El imperio contraataca, Braveheart, El mundo nunca es suficiente…), y es el emblema de una conocida marca de whisky. Lo que posiblemente no sepas es que el castillo original quedó en ruinas tras los ataques de los británicos pero en 1911 John MacRae-Gilstrap lo compró y empezó la larga tarea de restaurarlo y devolverle su esplendor. Lo hizo porque él era descendiente del clan MacRae, familia que vivió en el castillo durante siglos. 

La fortaleza se puede visitar por dentro pero me quedo en los alrededores, disfrutando de su imagen reflejada en el mar y llevando mi imaginación a otras épocas. Decido no entrar por el tiempo y porque, según me cuentan, no merece tanto la pena como dicen. Lo que puedes hacer —es lo que hago yo— es esperarte a que cierren el castillo porque en ese momento la isla queda abierta a los visitantes de forma gratuita. También es cuando el fantasma de la fortaleza merodea por los alrededores, así que no te asustes si atravesando el puente te sorprende una sombra. Si le ves, no te cortes y háblale en castellano porque dicen que es español. 

* Este artículo se publicó originalmente en el nº78 (abril 2021) de la revista Plaza

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