Entrevista

Libros y cómic

José Martínez Rubio: "En España hay una memoria olvidada que es la memoria del emigrante"

El novelista viaja a la década de los 70 con 'Todas las promesas'

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VALÈNCIA. Viajamos a mediados de la década de los 70. El joven Joaquín se embarca en un viaje de la periferia de València a las afueras de París, un camino en el que va acompañado de una troupe de artistas encargados de alimentar a base de copla y baile la nostalgia de los españoles emigrados. Allí conocerá un mundo nuevo, la dureza de la vida y, también, el deseo por otro hombre.

Estos son los ingredientes de Todas las promesas (Editorial Contrabando), la nueva novela del escritor, crítico y profesor de literatura española en a Universitat de València José Martínez Rubio, que tras poner el foco en Italia con Mujeres blancas, emprende un nuevo viaje en el que la transición vital y política van de la mano.

El próximo 23 de abril presentará la novela en La Nau de la mano de Juan Senís, profesor y escritor, y Cristina García Pascual, directora del Aula de Literatura de la UV, pero antes hace una parada en su viaje para Culturplaza.

-¿Cuál es la semilla que dio pie a Todas las promesas?

- Puedo pasarme años dándole vueltas a una idea antes de encontrar la historia y los personajes. En Todas las promesas había dos elementos insistentes, el primero era la experiencia de la emigración en un contexto concreto, la de la España de los años sesenta y setenta, un fenómeno que a mí particularmente me conmueve. Y El segundo era una banda sonora rara que escuchaba no sé bien por qué… Bambino, La Paquera de Jerez, en fin, música prácticamente olvidada que acompañó a la gente que vivió ese momento y que hoy consideraríamos kitsch. Me encanta esa música porque entronca con una memoria sentimental familiar y colectiva, y es como regresar a otro tiempo y otra gente.

Ya había escrito cosas puntuales sobre la migración del tardofranquismo, pero esas ideas necesitaban transformarse en un relato que me permitiera evocar los miedos de quien emigra, la extrañeza, la añoranza, pero también las promesas de esa migración. Así que comencé poco a poco a imaginar la historia de un viaje, el de Joaquín, a un lugar concreto como la periferia de París, Saint-Denis, donde se estableció una de las principales colonias de españoles en Francia.

- Joaquín viaja de una periferia a otra, de València a París, en la que pronto descubre la decadencia del lugar, ¿en qué medida ese viaje físico va en paralelo con el viaje emocional del protagonista?

- El protagonista va de una periferia a otra y de una miseria a otra, tratando de encontrar un camino que le permita reconocerse. Me interesaba con este personaje recrear el punto en que coinciden dos sentimientos opuestos, el ansia por salir de una forma de vida y al mismo tiempo la decepción o la angustia por el lugar al que uno llega. También el miedo al futuro. El viaje de Joaquín es un viaje emocional absolutamente contradictorio, que es exactamente lo que ocurre, creo, cuando uno decide hacerse cargo de su vida.

Joaquín viaja para conocer a su padre y reconstruir su historia. Viaja para enamorarse, para asumir su homosexualidad también. Hay un momento en que otro personaje, Paco, le dice “tienes que vivir”. Y vivir es todo eso, son muchas cosas contradictorias.

- En un momento del libro Dolores, líder de la caravana de artistas con la que viaja, le dice a Joaquín: “La pobreza es universal, igual de triste en todas partes”, ¿es esta novela también un ejercicio de memoria del español emigrante?

- Sí. Creo que en España hay una memoria olvidada que es la memoria del emigrante. Olvidada o disimulada. Y ha atravesado a todas nuestras familias, porque la migración económica del campo a la ciudad dentro del país, a València, a Barcelona, a Madrid, a sus periferias en realidad, es igual de marciana. Mucha de esa gente no sabía casi ni leer ni escribir, y de repente se encuentran con otro idioma, con unas costumbres diferentes, con otro paisaje, otro modo de ganarse la vida. El impacto que debieron de sentir nuestros abuelos, tanto los que emigraron a Suiza, a Francia, a Alemania, pero también a nuestras ciudades, fue enorme.

Y sobre todo hay algo que me parece descorazonador, que es la sensación de provisionalidad permanente del emigrante. Viajaban para prosperar y para volver, pero muchos se quedaron anclados. O cuando pudieron volver, ya era demasiado tarde. Mis abuelos se murieron calculando el momento en que podrían volver al pueblo. Y todo ello tiene que ver con la pobreza, claro, y con el intento por dejar de serlo. 

- Viajas a una década de los 70 clave en España, de Transición y de dudas por el futuro, ¿qué te ha inspirado de ese tiempo para ubicar la historia de Joaquín?

- Con la novela anterior, Mujeres blancas, recreaba la Italia de los setenta, en un mundo absolutamente convulso. Y con Todas las promesas la historia se sitúa en la misma época pero en otro lugar. Supongo que tiene que ver con el cambio que se da entre la dictadura y la democracia en España. Es un momento fundacional, donde todo se transforma, las ciudades, las formas de vida, la implicación política, la perspectiva de futuro… están La Niña de la Puebla, Antonio Molina y Manolo Escobar, pero están también Jeanette o Jim Morrison, un mundo que se mueve a dos velocidades. Imaginar esos años es un intento por comprender una cultura y unos valores que han educado a mi generación. Para bien o para mal.

- Es un relato íntimo pero enmarcado en un contexto político y social muy concreto, ¿cómo ha sido el proceso de documentación?

- Ante todo quería imaginar una historia. Me fascina toda esa corriente actual que reconstruye hechos reales, personajes, casos, escarba en los archivos, realiza trabajo de campo, etcétera. Es abundantísima, y es un modo excelente de aproximarse al pasado. Excelente si la novela se sostiene estéticamente, claro. Pero yo me propuse hacer un trabajo exclusivamente de imaginación. No obstante, hay algún retazo de historias que escuchaba contar a mis mayores, detalles que salen en la sobremesa de los domingos en ciertas familias y por supuesto mucha lectura sobre la migración a Francia, muchos ensayos, memorias, fotografías, documentales, mucha prensa. 

Además Saint-Denis forma parte de mi biografía. Viví un año allí, y en uno de los viajes coincidí en el avión con una señora que había nacido en mi pueblo, Aldaia, pero que se había marchado muy joven a París y solo volvía en contadas ocasiones. Escribir esta novela era también un modo de imaginar su vida.

- ¿Encuentras paralelismos en ese tiempo que dibujas con la actualidad?

- Tiene mucho que ver. La migración es uno de los debates fundamentales en la actualidad, y está despertando reacciones aberrantes. Me horroriza que España haya olvidado tan pronto su condición de emigrante y de extranjera. No soy tan ingenuo como para obviar la complejidad del fenómeno, pero quiero reconocerme en valores como la solidaridad y la convivencia. Y aplaudo a quien trabaja por ello. Cualquier otra cosa me parece despreciable. 

- ‘Todas las promesas’ también es un viaje de liberación sexual que en gran medida encarna Dora, háblame de la importancia de ese personaje.

- Dora es una superviviente. Es transformista, habla de sí misma en masculino y en femenino, es la Salvadora, literalmente. Representa otra forma de libertad, mucho más provocadora y mucho más perturbadora que cualquier alegato político. Es quien advierte a Joaquín sobre su futuro, porque sabe lo que implica asumir una identidad sexual disidente: sabe qué humillaciones y qué violencias conlleva ser gay, conoce la historia y conoce lo que sucederá. En realidad es un oráculo, y casi habla como un oráculo. Pero ante todo es consciente del valor que tiene el deseo, y radica en ella una fidelidad a ese deseo y a esa identidad que la ponen en guardia contra todo. No hay nada más perturbador que el deseo, y en la novela hay todo el tiempo una pregunta sobre el lugar que le damos en nuestras vidas a ese deseo capaz de destruirlo todo, pero capaz de hacernos auténticos también.

Hay algo que advertí mientras escribía. Todo el motor de la historia está articulado a través de los personajes masculinos: el protagonista, la búsqueda del padre, el patriarcado que Paco establece en la compañía. Y sin embargo, quienes sostienen al protagonista son las mujeres: el recuerdo de la madre, los consejos de Dolores o la franqueza de Dora. Los hombres no se dan cuenta de nada y ellas son capaces de ver todo lo que está pasando en Joaquín. Ahora hay quien ve en esta manera de escribir un gesto programático, pero esos señores -siempre señores- no van a leer esta novela. 

- Ese viaje incide también en las sombras: “Tener un hijo maricón también es un castigo para el credo comunista”, le dice Dora a Joaquín en momento de la novela, ¿hay una cuenta pendiente con la memoria LGTB? 

- La perspectiva queer es capaz de mirar la historia de otra manera. Es una memoria que atraviesa los mismos periodos, pero tiene un concepto de libertad mucho más radical. La memoria queer es capaz de tensionar la memoria histórica. Los setenta fueron los años precisamente de politización del colectivo homosexual, pero estos colectivos se quedaron fuera de todo: de la Ley de Amnistía del 77, porque los consideraban presos comunes y no políticos, de la idea de libertad política de la Transición e incluso fuera de la retórica de los partidos transformadores. Enrique Tierno Galván, admirado hoy como el alcalde más moderno que ha tenido Madrid, mandaba a los homosexuales a curarse. También el Partido Comunista. También la utopía revolucionaria cubana. La novela no es un ajuste de cuentas, al contrario, es una forma de reivindicación de quienes ensancharon ese concepto de libertad. 

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