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LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

Lo que podría (y no debería) ocurrir

No basta con condenar los atentados con palabras vacías y protocolarias hasta una nueva tragedia. Los líderes islámicos están obligados a pasar a la acción combatiendo, desde dentro, a esa minoría dispuesta a hacernos saltar por los aires

11/04/2016 - 

Una mochila abandonada en un parque, una mujer que entra en un mercado con la cabeza cubierta por un pañuelo, un hombre de tez muy morena que se incorpora al vagón del metro, un chasquido inesperado que suena a nuestras espaldas. El miedo. Los terroristas —quién sabe si con la colaboración indirecta de algunos gobiernos— nos han metido el miedo en el cuerpo. Estas semanas, cuando entras en una estación de metro o de ferrocarril, te haces siempre la misma pregunta: ¿volaremos o no volaremos? He aquí la cuestión. La duda hamletiana de este principio de siglo. 

Los riesgos para nuestra seguridad se han multiplicado. Nadie está a salvo de lo que ocurrió en Bruselas o Lahore. Para los terroristas, todos aquellos que no comulgan con su mensaje de odio y fanatismo son infieles (cruzados, nos llaman) y deben, debemos morir. Adolescentes adoctrinados en internet se suicidan para que no se detenga esta cadena de atentados. Inocentes que mueren o quedan mutilados para siempre, familias rotas, huérfanos, viudas, gobiernos impotentes e ineficaces, terror y asco entre la población.

Tenemos un problema y no hay soluciones mágicas para resolverlo. Pero hay actitudes que deberían cambiar ya. Hablo de la responsabilidad que los dirigentes islámicos deberían ejercer en sus comunidades y que no lo hacen por miedo o pasividad. No basta con condenar los atentados con palabras vacías y protocolarias hasta una nueva tragedia. Eso es insuficiente en estos momentos, cuando hay tantos cadáveres amontonados en nuestra memoria. Esos líderes islámicos, esos imanes de mezquitas financiadas por la tiranía amiga, están obligados a pasar a la acción combatiendo, desde dentro, a esa minoría dispuesta a hacernos saltar por los aires. 

Para los terroristas, todos aquellos que no comulgan con su mensaje de odio y fanatismo son infieles y deben morir

Sólo cuando esos criminales se vean hostigados, cuando sientan el desprecio y el rechazo de la gente de su religión, pensarán que pueden estar equivocados y no son los mártires que creían ser. En el País Vasco, hasta que no aparecieron movimientos cívicos como ¡Basta Ya!, el terrorismo etarra no comenzó a perder la legitimidad que tenía en parte de la población. Hubo gente que un día dio un paso adelante, hombres y mujeres valientes que se la jugaron al oponerse a los asesinos. Algunos lo pagaron con la vida. Pero su valor dio fruto. Hoy, cuando se cumplen cinco años del cese de la violencia de ETA, nos enfrentamos a una amenaza más grave. 

Los españoles, al igual que los inmigrantes de otras nacionalidades, tenemos un problema: sentirnos señalados como candidatos para ir al matadero. Pero los cientos de miles de musulmanes que residen en este país tienen otro: el riesgo de ser marginados si se repite aquí otro atentado como el 11-M, el mayor de la historia de Europa. Nadie sabe cómo se reaccionará si una salvajada de tal naturaleza se repite aquí, es decir, si se mantendrá la templanza como hasta ahora, o algunos perderán los nervios. Y no se trata de dar alas a la extrema derecha, como sostienen algunos dirigentes islámicos valencianos, sino de no cerrar los ojos a lo que puede ocurrir, cuando aún estamos a tiempo de evitarlo.   

Los musulmanes, parte de la solución al problema

Los musulmanes son parte de la solución a un problema con el que conviviremos largo tiempo. España les abrió las puertas con generosidad desde el primer día que llegaron. Como cualquier emigrante, los musulmanes se han beneficiado de nuestra sanidad, de nuestra educación, en muchos casos de nuestras ayudas sociales, de todo un sistema del bienestar que han levantado españoles de varias generaciones. Muchos de ellos se ganan la vida trabajando en el campo, la hostelería o la construcción. ¿Dónde está, pues, la discriminación? ¿Dónde está la islamofobia? Hemos sido generosos, pero nunca vamos a transigir con nuestros valores de libertad, igualdad entre hombres y mujeres y derecho a la crítica, religiones incluidas, también la suya.

En un momento tan delicado como el que vivimos, sólo les pedimos a esos musulmanes, en su gran mayoría pacíficos, que a nuestra generosidad respondan con valentía para acorralar, hostigar, deslegitimar a sus hermanos terroristas. Si no lo hacen, si la respuesta sigue siendo mirar hacia otro lado —como hacían tantos vascos después de un crimen de ETA—, se arriesgan a que este país sea un gueto para ellos. Nadie con un mínimo de sensatez y corazón lo desea. Pero no conviene tentar la suerte. Todos debemos afrontar este diabólico dilema. Si no, la chispa puede prender, el incendio extenderse y el edificio de nuestra convivencia desplomarse. Aprendamos de la historia para que de nuevo no paguen justos por pecadores.  

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