EL CALLEJERO

Marcos y la tienda más ‘random’ de Valencia, que nació de un ERE en la banca

7/04/2024 - 

VALÈNCIA. Al mediodía se monta una tertulia improvisada en la puerta de Kowalski, uno de los negocios más eclécticos de la ciudad. Un comercio donde los clientes pueden salir con una caja de pinceles, un disco de vinilo de The Cure, un libro de Sartre sobre el ego o una cazadora tipo ‘bomber’. Marcos y Joanna, los dueños, entablan una animada conversación en una soleada mañana de Pascua. Por la acera de enfrente pasa y saluda Luisen, que tiene, justo ahí, una tienda donde vende sombreros pintados a mano. Es la vida de barrio en un barrio donde apenas quedan retazos de autenticidad en la calles Dénia, Cuba o Sevilla. El resto se ha vendido al turismo, como bien recordará Marcos Saiz cuando empiece la charla y fustigue a los que alquilan las bicicletas, los apartamentos turísticos o vendan ropa de segunda mano.

Antes de eso, Marcos se despedirá de los vecinos, entrará en la tienda y pondrá música de Red House Painters. Y mientras suena ‘Shock Me’, Joanna se esconderá detrás del mostrador y el tendero dará rienda suelta a su lengua. A Marcos le encanta hablar y es de esas personas que de una tema pasa a otro y de ese otro a uno nuevo y, si no le cortas, puede estar hablando sin parar. Pero también es una persona con una historia interesante, el hijo de un marino mercante que se tiraba largos meses fuera de casa, y un chico que se decantó por una carrera, Económicas, sin vocación, simplemente porque iba con su madre al banco en una época en la que los banqueros como Mario Conde se pusieron de moda y le gustó lo que vio: buenos trajes, aire acondicionado y las tardes libres.

Así es como Marcos Saiz llegó a la banca. Primero al Santander. Luego, cuando quisieron mandarlo de director a Canarias, se cambió al Sabadell, y a final acabó en la Sociedad de Garantía Recíproca (SGR), un banco de la Generalitat Valenciana. Tenía un buen sueldo y, aunque siempre fantaseaba, como tantas y tantas personas, con dejarlo todo y montarse un negocio, no pensaba poner en riesgo ese valioso jornal. Hasta que el ladrillo quebró y las fichas de dominó comenzaron a caer una detrás de otra. Llegaron los ajustes a SGR, un mordisco generoso a su nómina y la amenaza constante de llegar al viernes y verse la carta de despido encima de la mesa.

Un viejo estudio de grabación

Un ERE lo precipitó fuera de la banca, explica mientras suena ‘Grace Cathedral Park’, y entonces, ya con el primero de sus dos hijos, Joanna, una mujer polaca a la que conoció cuando se matriculó en Bellas Artes, y él decidieron que había llegado el momento de montar ese negocio del que tanto habían hablado. El ERE fue en noviembre de 2012 y Kowalski abría sus puertas en marzo de 2013. Marcos tenía 39 años, una esposa y un bebé. No había que pensárselo mucho, así que en enero firmaron el contrato de alquiler por una planta baja de la calle Dénia donde antes había un modesto estudio de grabación, con cuatro compartimentos, para bandas locales. “Esto no se parece en nada a aquello. Había cuatro pequeñas salas, los techos los habían bajado, el escaparate estaba tapiado y la entrada era una pequeña puerta. Esto era un zulo. Pero cogimos la indemnización y la destinamos a la tienda. Yo, que venía de hacer estudios de viabilidad, no hice ni uno para mí: fue algo pasional. Si lo llego a hacer, no nos metemos. Nosotros vivimos en la calle Buenos Aires y en Ruzafa entonces no había tiendas de bellas artes. Por eso elegimos este barrio, porque había bastantes estudios de artistas. Pensábamos que podía ser una buena plaza”.

La puerta de Kowalski se abre de repente y entra un amigo por la puerta. Marcos le grita desde la otra punta del local: “¡Alfonsito, que me están haciendo una entrevista!”. El amigo le gasta una broma, se despide y se va. 

Marcos y Joanna pensaban en aquella primavera de 2013 que Ruzafa era el sitio ideal para abrir una tienda de productos de bellas artes, discos, libros y unas pocas antigüedades. El barrio aún conservaba el toque artístico y bohemio que lo puso de moda, y los nuevos comerciantes estaban convencidos de que Kowalski podía ser un negocio próspero. “Ruzafa no era lo que es ahora, una zona ‘low cost’, un reclamo a través de las tiendas de segunda mano, las tiendas de alquiler de bicicletas, los bares… Esto dista mucho de lo que era. Cuando abrimos, en marzo de 2013, había mucha más actividad comercial, una tipología de comercio con los anticuarios Talavera o Tráner, tiendas de decoración y artesanía, Montesa, una tienda maravillosa de menaje en la calle Cádiz… Como barrio ofrecía una oferta que lamentablemente se ha perdido. Hoy no sé si abriría en Ruzafa”.

A Marcos, que acaba de cumplir 50 años, pero mantiene cierto aire moderno con sus patillas, una camisa de cuadros rojos y negros, y unas ‘zapas’ blancas de aire retro de la marca J’Hayber, le indigna el rumbo que ha tomado el barrio, con un tipo de turismo que no premia a cuidados negocios como el suyo. “Es un público que busca más el ‘souvenir’, la ‘xorraeta’ y, sobre todo, la ropa de segunda mano y la hostelería. Antes era diferente. Por ejemplo, teníamos el Slaughterhouse -un híbrido entre cafetería y librería- al lado. La gente, además, entra al barrio por otras calles. Nos gustaba esta zona porque teníamos el estudio de demarcación de Irene, enfrente, Tres Taller, la librería de lance de Luis, la del Querubín, y dentro de lo que cabe pensaba en cierta sinergia. Así que cogimos el local en enero, sacamos ocho contenedores de escombros, tiramos los techos, y cambiamos el suelo. Todo lo que se ve, lo hemos hecho nosotros”.

Los mostradores de ‘El Contraste’

Desde el primer día le preocupó ser auténtico. No traer muebles baratos que den el pego de sitio antiguo. Marcos cogió y se fue a comprarle a Arturo los mostradores de la antigua mercería El Contraste. “No queríamos algo chic”. Cuando ya tenían todo montado, con la ilusión del novato, un día salió de su casa y al llegar a la calle Dénia se encontró con que iban a levantar todas las aceras. Nueve meses en obras. Un bebé, otro en camino y un montón de miedos e incertidumbres. Pero entonces Marcos tenía 39 años y muchas ganas de cambiar de vida.


Marcos, pese a que acabó convertido en economista, siempre tuvo un gran apetito por la cultura. “Yo empecé a salir de muy jovencito. Y trabajé de camarero en Spook y Barraca. A veces pinchaba la música underground de los 80. Yo empiezo a tomar contacto con esa música, con grupos como Bauhaus o The Sisters of Mercy, a los 12 años. Aquello a mí me atrae porque era un sonido que se distanciaba mucho de lo que escuchaban mis hermanos. Y a esa edad quieres ser único”. Tan único que se tiró ahorrando durante meses porque estaba loco por comprarse unas Dr. Martens. El día que reunió 8.500 pesetas, que es lo que él recordaba que valían, se fue hasta una tienda llamada Up&Down, en la plaza del Negrito, y pidió las botas. El vendedor le dijo que valían 12.000. Marcos protestó porque él estaba convencido de que eran 8.500. Pero eso es lo que valían los zapatos. No le quedó más remedio que conformarse, que por algo llevaba varios meses ahorrando. Al cabo de un rato salieron y le dijeron que no tenían zapatos de su talla, una 42, que solo le quedaban de la talla 44. Marcos no pensaba salir de esa tienda sin unas Dr. Martens. Sacó sus 8.500 y se llevó unos zapatos dos tallas más grandes. Quizá no era lo más cómodo, pero ahora sí que iba a parecer un verdadero ‘psycobilly’, una de las tribus urbanas de los 80.

Con aquel recuerdo grabado en la memoria, llegó un día en el que, ya en Kowalski, pensaron en vender Dr. Martens. Casi nadie las ofrecía en toda València y él pensó que quizá había algún joven como aquel que él fue que soñaba con tener un par. Marcos las sacó a la venta justo antes de que se pusieran de moda, así que se hinchó a vender las míticas botas negras o granates. Aquello les hizo plantearse introducir algo de ropa de su gusto. Marcas como Schott NYC que ellos usaban. Algunas prendas se las ponen a maniquíes antiguos. Llama la atención especialmente uno que lleva cruzada una banda de la Fallera Mayor de Valencia de 1950. Y así fue como abrieron una nueva vía de negocio en la tienda más ‘random’ de València.

El juego que da Kowalski

Un comercio que se bautizó con el apellido más común de Polonia, Kowalski. Un nombre, tan conocido como Pérez o Smith, que además de recordar al país de Joanna, tenía ciertas connotaciones culturales. Porque Marlon Brando era (Stanley) Kowalski en ‘Un tranvía llamado deseo’; uno de los replicantes en ‘Blade Runner’ es Kowalski; Primal Scream tiene un ‘single’ titulado ‘Kowalski’; Clint Eastwood era (Walt) Kowalski en ‘Gran Torino’…

Vuelve a abrirse la puerta. Ahora es una joven, que al parecer se llama María y es neurocientífica, quien se asoma por la puerta y saluda. María ha ido para darle las gracias a Marcos por recomendarle un disco de los Reds, Pinks & Purples. La chica, muy simpática y dicharachera, habla a gritos desde la puerta y Marcos se ríe a carcajadas. Luego le cuenta que viene de Novedades Casino y se despide.

Marcos aprovecha para decir que Novedades Casino -una tienda de ‘souvenirs’ diferentes- es uno de sus comercios favoritos de Ruzafa. Habla entonces de otros que le gustan, como Madame Mim, la Llibreria de Vell Russafa, la otra librería Querubín, Librería El Imperio o Los Picos Café. Él, después de 20 años viviendo en Ruzafa, se conoce bien el barrio.

Aunque Marcos nació en el Cabanyal. Su padre era ingeniero naval y trabajaba como jefe de máquinas en la marina mercante. Su madre decidió dejar su trabajo para dedicarse a cuidar a sus cinco hijos. “Mi padre pasaba muchos meses embarcado. Si cuando yo nací, él volvió de una travesía por Estados Unidos cuando yo ya tenía un mes. Pasaba tiempo aquí en tierra y luego igual se tiraba medio año o un año embarcado. Recuerdo que mi juguete favorito era el Geyperman. Yo llevaba uno que tenía barba y decía que era mi papá… Imagínate la vida de mi madre, que era hija única, que tenía a su marido dando vueltas por el océano y con cinco hijos que cuidar. A veces nos llevaba a los Viveros y recuerdo que cogía una taxi y el taxista le decía que no podíamos ir cinco -el pequeño llegó más tarde-, pero mi madre insistía en que ninguno tenía edad para ir en un taxi aparte, y el conductor le pedía que al menos agacháramos la cabeza si veíamos a la Policía”.

Truffaut y la música clásica

No tiene buen recuerdo del Cabanyal, donde entró la droga a chorro en los 80. Una moda que hizo mella en la familia. Por eso se alejó del mar y se metió en un barrio donde convivían valencianos, chinos y marroquíes. Ahí han crecido sus dos hijos, Konrad y Cristo, de 15 y 13 años. Dos chavales que cada mañana desayunan con sus padres en la cocina escuchando Radio Clásica. Muchos domingos van juntos a la Filmoteca. Como el domingo pasado, el día que se pegaron un atracón de François Truffaut: ’Los 400 golpes’, tres cortos del aclamado director francés y ‘Grupo Salvaje’. Antes, cuando eran más pequeños y no se los podían dejar en casa, se los llevaban a veces a conciertos de grupos underground.

Marcos y Joanna tienen unos gustos muy marcados. El dueño de Kowalski, de hecho, siempre deja en el escaparate de la tienda un ejemplar de ‘El libro de los pasajes’, de Walter Benjamin. Es un filosofo e intelectual muy admirado por Marcos. “Me parece imprescindible”, dice. "Es un compendio de relatos que puedes leer de forma aislada cogiendo arbitrariamente cualquier parte del libro. Es una especie de ensayo bíblico y yo recurro mucho a él. Lo descubrí en la universidad.  Es un libro que recomiendo mucho, pero hay otros, como ‘Mi suicidio’ (Henri Roorda). En realidad, casi todo lo que tenemos, tanto de libros, discos como de ropa, son productos que nos gustan a Joanna y a mí. Y es curioso pero de todas las líneas de negocio, no hay unas que funcionen mejor que otras. Cada mes, o cada día, se vende más una cosa”.

Marcos sale hasta la puerta a despedirnos. Al lado tiene un escaparate que es una verdadera locura: paraguas de diferentes colores, libros, coches en miniatura, esculturas de bronce, muñecos de Marvel, cajas de pinceles, carteles contra Amazon o las vacunas… Es la calle Dénia, uno de los últimos reductos del Ruzafa más castizo.

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