VALÈNCIA. “Las amigas son para toda la vida”. Las parejas, el trabajo y el dinero vienen y van; pero las amigas, no. Lo hemos visto en películas, series, canciones, tazas con frases ‘cursis’, fotos borrosas y stories para felicitar el veinti(pico) aniversario de nuestra ‘segunda hermana’. Lo que no se explica tanto es que, a veces, las amistades también se acaban. Y cuando ocurre, los rituales, los términos y los espacios para atravesar ese dolor no son tan evidentes como en otros tipos de ruptura.
“Yo, que he dejado y me han dejado, nunca había vivido una ruptura tan intensa como la de dos amistades que tuve”, explica la artista, investigadora y educadora Elena Rocamora Sotos. “Llegué a tener depresión y me daba cierta vergüenza contarlo, porque existe esta idea de que con las amigas no se rompe”.
La amistad atraviesa prácticamente toda nuestra vida. “Para contar mi infancia tendría que hablar de mis amigas de la infancia”, reflexiona la valenciana. “Todos podemos relatar quiénes somos a través de nuestros amigos”. El problema aparece, precisamente, cuando ese vínculo desaparece. “No sé si es por exceso de importancia o por falta de importancia, pero no hemos encontrado la manera colectiva de afrontar que una amiga te deje”.
De esa necesidad, y de años investigando sobre afectos, amistad y comunidad dentro de su tesis Estética de la aproximación, nació Diario de babas, un archivo íntimo donde Rocamora intenta poner palabras al vacío que sintió cuando rompió con dos amigas a las que quería. Unos textos escritos desde lo más profundo y que, casi sin proponérselo, terminaron creciendo hasta ser reconocidos en la última edición de los Premios de Arte y Creatividad Joven del Ayuntamiento de València. Este impulso le ha permitido seguir dando forma a un diario que continúa todavía abierto.

Un tanque de babas
“Sentía que estaba dentro de un tanque de babas”, recueda Elena Rocamora. “Como si estuviera sumergida en una sustancia translúcida, caliente, brillante y pastosa que me impedía moverme con facilidad.” La imagen aparecía una y otra vez mientras escribía aquellos textos que la propia artista describe como “desordenados, íntimos y profundamente crudos”. Las babas, asegura, terminaban volviéndose constantes. “Era una sensación muy física, muy humana, vinculada a la tristeza, a la vulnerabilidad y también a algo que normalmente escondemos”.
Por aquel entonces, Diario de babas todavía no existía como proyecto artístico, pero su germen ya estaba ahí: en libretas, notas del móvil o correos electrónicos en forma de “cartas” como una manera de intentar entender qué le estaba ocurriendo. La idea de la amistad llevaba tiempo atravesando tanto su investigación como su práctica artística, y fue durante una estancia en Santiago de Chile cuando, lejos de su contexto habitual, regresó con más fuerza la necesidad de pensar en las redes personales y los vínculos a distancia.
“El primer aprendizaje de este tiempo ha sido entender que a los amigos también se los puede dejar y también te pueden dejar a ti. Hay una parte bonita y dolorosa que pasa por permitir que la gente se vaya si quiere irse o si tú también lo necesitas”, reflexiona. “Y hacerlo de la manera más respetuosa posible, dentro de las circunstancias de cada uno”.
El segundo aprendizaje, añade, fue descubrir que el duelo tampoco es individual: “Cuando escuchas la experiencia de otras personas desaparece esa falsa idea de que todo ha sido culpa tuya o de que lo has hecho fatal. Compartirlo, insiste, se vuelve entonces fundamental: “Las amigas también te dan consejos, te sostienen y te ayudan a atravesarlo”.

Y quizá el siguiente paso era precisamente ese: dejar que todas aquellas “babas” y lagrimas salieran de la intimidad.
Los textos empezaron entonces a compartirse poco a poco con otras personas. Primero, con amigas cercanas. Después, convertidos en una primera versión maquetada e ilustrada junto a Sara Fornés Capdepon, que terminó dando forma visual a muchas de las imágenes y metáforas que atravesaban el diario.
Ahora, a medida que aquellos escritos han salido de la intimidad, el propio proyecto se ha ido transformando. “Todavía me pregunto qué es exactamente”, reconoce Rocamora. “¿Un diario íntimo? ¿Una pieza artística? ¿Un archivo emocional?”. Durante mucho tiempo, incide, aquellos textos no fueron más que escritos “en sucio”, profundamente sinceros y desordenados, que nunca habían sido pensados para exponerse públicamente. Justamente por esa razón pudo escribir sobre la amistad de una manera mucho más honesta.
Sin embargo, el texto ha acabado saltando a un plano mayor y, curiosamente, después de años pensando e investigando sobre la amistad y los afectos, el primer proyecto de Elena Rocamora centrado específicamente en este tema ha terminado hablando, precisamente, de la ruptura. Una ruptura para la que sigue habiendo todavía pocas palabras.

Una conversación todavía abierta
Rocamora cita a Marina Garcés en La pasión de los extraños, donde la escritora catalana sostiene que “no hay palabras ni conceptos para dar cobijo a la ruptura o la pérdida de la amistad”. Una idea con la que la valenciana se siente profundamente identificada. “Creo que ahora mismo sí existe un auge de discursos sobre la amistad y el papel qué tienen nuestras amigas en nuestra vida -mi propio diario es el caso-, pero, al mismo tiempo, siento que seguimos sin tener demasiadas herramientas o espacios para afrontar qué pasa cuando esos vínculos se rompen”.
Aunque evita reducirlo a una única causa, la profesional cree que cuestiones como la precariedad o la crisis habitacional atraviesan la manera en que hoy construimos y sostenemos nuestras redes afectivas. “Muchas veces no podemos vivir cerca de nuestras amigas ni cuidar esos vínculos como nos gustaría”, apunta. “Hablamos mucho de la importancia del amor, pero quizá no tanto de cuánto sostienen nuestras amigas nuestra vida”. En un contexto marcado por la inestabilidad y la dificultad para permanecer, mantener esas relaciones también se vuelve cada vez más complicado.
Es precisamente desde esa falta de relatos, espacios o rituales compartidos para pensar la ruptura amistosa desde donde Rocamora sigue imaginando Diario de babas Porque, aunque el proyecto ya ha tomado forma física en una primera maqueta ilustrada, está lejos de convertirse en una publicación cerrada. La artista insiste en que muchos de los textos originales continúan perteneciendo a un espacio profundamente íntimo y que el trabajo permanece aún en reformulación. “Mi intención nunca fue publicar exactamente este diario tal y como nació”, explica. “Necesita más trabajo, más tiempo y seguir pensándose”.
De hecho, reconoce que el verdadero interés de Diario de babas no pasa tanto por el objeto final como por todo lo que pueda generar alrededor: conversaciones, encuentros o nuevas formas de compartir experiencias vinculadas al duelo y la amistad. También le gustaría, más adelante, abrirlo a otras voces y explorar formatos más experimentales, incorporando quizá solo algunos fragmentos del diario original.
Este sábado, esa necesidad de compartir y seguir pensando el duelo tomó forma en València a través de un encuentro abierto. Más que una presentación al uso, la autora lo planteó como un espacio donde compartir herramientas, dudas y maneras distintas de atravesar el duelo amistoso. Una experiencia que, reconoce la artista, podría acabar reformulando el propio Diario de babas.
“Ahora mismo tengo más deseo que certezas sobre su futuro”, admite Rocamora-Sotos. “Pero sí sé que voy a seguir escribiendo sobre el duelo de la amistad”.
