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VIDAS LOW COST / OPINIÓN

¿Qué hay de nuevo, viejo? A propósito de la Feria de Julio

8/02/2017 - 

VALENCIA. Este martes se presentó un avance de los Concerts de Vivers para la Gran Fira de València. El cartel, que supone el grueso de la programación, aglutina a artistas como Michael Nyman, Madeleine Peyroux, Chick Corea, Love of Lesbian, UB40, Carlos Vives o Jamie Cullum. A lo largo del día de ayer las reacciones a través de las redes sociales no se hicieron esperar y, aunque la validez del foro pueda ser discutible, las tres o cuatro personas que a lo largo de mi vida más me han influido a la hora de escuchar música (críticos, periodistas musicales y mi hermano) señalaron con humor su decepción por la propuesta. Las razones se podrían resumir en: remember como máxima, falta de riesgo en general y objetivo disperso del proyecto. 

Más allá de mi tierno criterio, más allá de que los remates del cartel puedan cambiarle la cara asunto, lo cierto es que no puedo desligar la programación de Vivers al curso corriente de los conciertos en la ciudad. No quiero desligarla de las condiciones que ofrece la Feria de Julio, de cuáles son sus exigencias, de dónde viene, qué pretende y cómo se interrelaciona con una realidad de macrofestivales y demandas de ocio muy distintas a los 80 o los 90. Una realidad muy desligada a la de un Consistorio con la capacidad de endeudamiento por las nubes de la década pasada, capaz de soltar la morterá por Bob Dylan sin mirar a quién. De aquellos polvos, estos firmes.

La tendencia natural -y ahí me fijo en opiniones que van más allá de los mentores- es la de comparar el cartel de la Gran Fira con los de los grandes festivales de música. ¿Por qué Benidorm o Benicàssim pueden todo eso y nosotros no? ¿Por qué pueden las Noches del Botánico de Madrid o les Festes de la Mercè de Barcelona tener esos nombres y nosotros no? El sinfín de condicionantes podría empezar por el mismo recinto: en Viveros caben 4.000 o 4.500 personas, según se adecue. A un precio máximo de 35 o 40 euros (porque el Ayuntamiento quiere que los precios sean populares y porque los promotores ya han comprobado mediante el concepto de prueba y error que no pueden subirse a la parra en el Cap i Casal), los artistas que ronden los 100.000 euros de caché se quedan fuera. Y sí, los competidores en pleno mes de julio (por aquello de que quien hace 15 años se hubiera metido a promotor inmobiliario hoy monta un festival de música o siete) son otros.

La regidoria de turno exige que el cartel sea diverso y los precios, ya lo he dicho, populares. A esto se suma el consumo regular de música en directo en la ciudad. A la mayoría de los que lean este artículo no les hará falta más explicación, pero digamos que la proliferación de tributos como programación regular de las salas es un rasgo evidente de que no hay precisamente un grueso de público capaz de generar una base disfrutona y/o crítica de las propuestas. Lo que sí se mantiene es una escena propia, pero ¿interesa reunir a cuatro o cinco grupos valencianos para congregar a 800 o 1.000 personas -soy optimista- en un recinto de 4.000? Claro que lo de que La Habitación Roja actúe todos los veranos en Vivers, para mejorar esa casuística de audiencia, no parece encajar.

Hablemos de cómo los artistas también tienen lo suyo para estos recintos. Hay un corte de artistas que no actúan en aforos menores de X. Hay otro corte de artistas que no pueden poner las entradas a menos de X euros. De hecho, que Cullum actúe -por primera vez- en Valencia por 35 euros, aunque las condiciones sean distintas a las de un auditorio, podría generarle alguna escama a los españoles que en varias ciudades han pagado más del doble por una entrada regular en Madrid, Barcelona o San Sebastián durante los últimos años. Con todas estas condicionantes, la franja de artistas locales, nacionales e internacionales se acota.

De esas tres líneas, hay una que resplandece pero en la que el Ayuntamiento y los promotores valencianos parecen haber tomado una decisión de criterio/objetivo: no aportar nombres de Los 40 Principales. La frase es textual, aunque nadie quiera que se la firmen. Nombres de moda del circuito nacional, 'inflados' por la casuística del mercado; no. En la presentación del cartel para el próximo verano podrán atisbar que los Auryn o Melendi de turno (muy habituales en la última década) se han decolgado. Un riesgo sobre la demanda sobre la que me cabe hacer un apunte más: ¿por qué las grandes promotoras nacionales pasan de largo de Valencia para hacer conciertos? De ello ya publiqué una investigación en el número de enero en la revista Plaza, donde la Administración tiene mucho que resolver y donde el estado de público está -si se quiere ver con el vaso medio lleno- en estado de regeneración.

La situación general invita poco al riesgo pero si el público de la música en directo ha de volver a convertirse en masa, si el aspecto habitual de las salas y las inquietudes de ocio -también populares- han de volver a ser esas, el lugar para restituir la Valencia que fue será la base. Como siempre lo ha sido, si la música en vivo vuelve a posicionarse como una necesidad tan terriblemente adictiva como para los que la seguimos disfrutando, si eso ha de suceder, la Gran Fira de València se hará eco pero no será su impulsora. Y sí, la tercera ciudad del Estado debería ser pura ambición, reflejo de la rabia y efervescencia que hay en los más de 1.000 locales de ensayo de la provincia, pero los plazos o bien son electorales o bien no pretenden sobresaltar a nadie. 

Mención a parte merece una sensibilidad que no por llevar unos años de moda deja de ser menos necesaria: el desequilibrio de mujeres frente a hombres en el avance del cartel. Madeleine Peyroux, Andrea Motis, Pupil·les Dilatives, Iseo & Dodosound y las bailarinas de Irish Treble frente a los 18 artistas o grupos masculinos. Entre los promotores existe un debate interno a nivel local, estatal e internacional. Un debate que viene de lejos pero que, teniendo en cuenta que estamos hablando de una programación apoyada con dinero público, debería ofrecer una corrección de esas cifras en próximas ediciones. El por qué, a estas alturas, debería ser evidente.

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