EL CALLEJERO

Los recuerdos que vienen y van en el Bar Mestalla

9/07/2023 - 

El bar Mestalla está cerrando. Un camarero barre el suelo con prisas. Al fondo se escucha ruido de vajilla y las luces están apagadas. Unos clientes algo remolones acaban de irse. Son las cuatro y media de la tarde y el bar, un bar de los de toda la vida, un bar con máquina de tabaco y tragaperras, está listo para bajar la persiana hasta el día siguiente. Ahora cierra por las tardes. Jesús Alfaro, que es quien lo dirige porque La Mari, Mari Tere, que ha sido la jefa toda la vida, está malita, prefiere centrarse en sus dos fuertes: los almuerzos y las comidas.

La Mari está sentada fuera, en la terraza, a la sombra de un árbol, con la mirada perdida. A La Mari se le escapa cada día algún pájaro de la cabeza, pero muchos clientes lo saben y a Jesús le gusta llevarla para que hablen con ella y le sigan el rollo. Lo cuenta y se escucha un crujido del alma. “La vida es así, tiene estas cosas y ahora me ha tocado a mí”, dice con los ojos vidriosos. Juntos han pasado una vida, han formado una familia y han sacado adelante un bar con más de cincuenta años de historia. Pero ahora todo depende de él.

En la calle Micer Mascó siempre hubo un Bar Mestalla. “Esta finca tiene cien años y, que yo sepa, en la planta baja siempre ha habido un bar. Y antes de que se lo quedara mi mujer, ya se llamaba Bar Mestalla”. La Mari nació hace 72 años en Valhermoso de la Fuente, una aldea de Cuenca, pero luego se fueron a vivir a Motilla del Palancar y cuando Mari Tere era aún “muy jovencita” se vinieron a València. Los hermanos se quedaron la bodega que había justo al lado, y ella, en 1971, se puso al frente del bar. Jesús, que tiene 66 años, seis menos que su mujer, es del Grao y siempre ha trabajado en la hostelería. Primero en el Centro Aragonés, y después en un bingo. A Mari Tere le gustaba ir de vez en cuando a jugar unos cartones y cuando veía a Jesús le decía que era muy tontín. “Y fíjate cómo hemos acabado”.

Ellos se conocieron hace 36 años y, al poco tiempo, Jesús ya estaba echando una mano en el bar. Primero, con el foco en las comidas; luego incluyeron los bocadillos para el almuerzo, y en los 90 se asomaron a la puerta y vieron que muchos bares de la calle Micer Mascó, lo que la gente joven conocía como la zona de Mérito, por la antigua Bodega Mérito, empezaban a servir los cubatas en grandes vasos de un litro. El cubalitro había llegado a la ciudad y estaba arrasando. Jesús lo vio y convenció a La Mari para abrir también por la noche para empezar a venderlos.

El barrio se puso de moda y, los viernes y los sábados, la calle estaba repleta de jóvenes con un cubalitro en la mano. A unos les gustaba estar allí y otros simplemente pegaban unos tragos antes de irse a una de las tres grandes discotecas que había en los alrededores: Distrito 10, Jardines del Real y Woody. Jesús recuerda aquella época convulsa sentado a una mesa en el fondo del bar. “Esto antiguamente era un corral. El bar era un pasillito que llegaba hasta el arco que hay a la entrada de este salón y ya está. Esta zona era un corral con tierra movida, matorrales y poco más. A veces poníamos unos tablones encima de los barriles de cerveza y la gente comía aquí. Esto ha sido muy característico”.

La ampliación del bar

Los jóvenes no se atrevían a rechistarle a La Mari, que los ponía firmes a todos. El cubalitro convenció a la dueña de seguir con el bar. Ella y Jesús llevaban representación de joyería y Mari Tere quería dejarse el Mestalla. “Pero yo le decía que el bar nos podía dar una estabilidad que no te da el oro. El bar siempre ha ido bien y te asegura tener para comer y dormir. Así comenzó esto. Al principio empezamos con mil pesetas que nos dio la cerveza Turia para hacer una reforma, y así nos empastramos, porque las obras nos costaron más del doble de lo que habíamos presupuestado. Pero las hizo un amigo y le pudimos ir pagando a plazos. No pasó mucho tiempo porque mi mujer es un caballo en el trabajo y yo siempre he ido a rebufo de ella. A los cinco años, hablamos con la cerveza para que nos pudiera financiar las obras en el salón de arriba -dice arriba, pero está sólo un peldaño por encima- que nunca ha podido ser nuestro porque el propietario vive de alquileres y no lo suelta. Ese fue el primer paso importante que dimos. Pero a los dos o tres años, a mí me tocaron veinte millones de pesetas en el último sorteo de lotería que se hizo con el billete de 500 pesetas, en los 90, y con ese dinero compramos la planta baja de al lado del corral y ya lo unimos todo”.

Los años 90 los atravesaron con viento de cola. La gente acudía en masa a beber cubalitros al Bar Liria, el Gonzalo, el Dios Baco… “Nosotros nos unimos, lo del cubalitro fue a más y ganamos mucho dinero. Gracias a esos años, ahora tenemos un patrimonio. Pero, ojo, que también hubo momento malos”. Jesús se refiere a los colgados que llegaban de tomar la metadona, se sentaban en una mesa y se quedaban dormidos. Aquellos yonkis -muchos venían de la heroína- tenían mala pinta y ahuyentaban a la clientela, así que decidieron subir el precio. “Lo que costaba 300 pesetas, pasó a costar 500. Mucha gente nos dijo de todo, pero era la única forma de quitárnoslos de encima”.

7.500 litros de cerveza en cinco días

A su clientela habitual y la de los fines de semana, había que sumarle la de los días de partido en Mestalla, al final de la calle. Pero por encima de todo estaban las Fallas. Llegaba marzo, y el Bar Mestalla vendía todo lo que tenía. “Yo, en unas Fallas, he llenado ese patio -justo al lado del salón- de barriles de cerveza, cuando eran de 60 litros, y me tenían que descargar, además, dos camiones de cervezas de litro. Yo he tirado 7.500 litros de cerveza en cinco días de Fallas. Se ganaba mucho dinero. Pero era una animalada. Se terminaban las cervezas que cabían en las cámaras y seguían bebiéndoselas calientes. Les daba igual. Yo tenía cinco grifos de cerveza y los fundía. Abrías un grifo y no lo cerrabas hasta que se vaciaba el barril. Tú tirabas una botella al aire en la calle y no caía al suelo de la cantidad de gente que había. En Fallas era de locos”.

Eso sí, el vecindario escupía fuego por la boca. Daba igual que salieran a la calle con bolsas de basura y recogieran toda la porquería que había por el suelo: la gente estaba harta. “Aquí se ha metido hasta la policía para vaciar los locales. Yo aproveché el momento, como todos los de la calle, pero entiendo al vecindario. Y pudo con nosotros. Al final se prohibió el cubalitro”. Encima, en aquella época se pusieron de moda las tribus urbanas. Muchos jóvenes elegían una estética y se juntaban con otros que vestían igual y les gustaba la misma música. Estaban los mods, los rockers, los heavy, los skins… “Aquí venían todos. Y hemos tenido unas movidas…”.

Aunque lo peor eran los días de fútbol. A los ultras de los equipos que venían a València les dio por ir al Bar Mestalla. “Por aquí pasaron todos los radicales: los Ligallo, del Zaragoza; los Periquitos, del Espanyol; los Boixos Nois, del Barça; los del Frente Atlético, que eran de armas tomar y parecía que habían abierto las cárceles de Madrid y que venían para aquí, los Ultra Sur… Y los Yomus, los de aquí, que nos tomaron como su cuartel general”. Muchos días de partido recibían la visita de los antidisturbios. “Como era el bar más grande, se refugiaba todo el mundo aquí”.

Trifulca con los antidisturbios

Jesús jamás olvidará la noche de aquella final de Copa entre el Real Madrid y el Zaragoza. Los Ultra Sur quemaron una bandera del Zaragoza en mitad de la calle y, al cabo de un rato, llegó un furgón de la policía antidisturbios. Los aficionados se refugiaron en el Bar Mestalla. Un policía entró detrás. “Nada más aparecer, comenzó a caerle una lluvia de cubitos de hielo, vasos de plástico, latas… El policía se dio media vuelta, llamó por la emisora y al rato llegaron cuatro furgones más. Yo veía que empezaban a bajar, se ponían los cascos y cogían las porras y los fusiles esos que disparan pelotas de goma. Al verlo intenté bajar la persiana, pero fueron más rápidos, la levantaron y se liaron a porrazos. A un amigo mío le cruzaron la cara. Yo logré zafarme por los pelos. Un policía pegó un zarpazo y se quedó con mi camisa en la mano. A mi mujer se le quedó uno delante con la porra levantada, pero La Mari tuvo ovarios de sobra para plantarse y desafiarle: ‘Yo soy la propietaria del bar, así que no te atrevas a ponerme una mano encima. Pégame si eres valiente y verás como viene mi abogado y os denuncio a todos’. El policía cogió y se dio media vuelta”.

Los Yomus, que tomaron el Bar Mestalla como su base de operaciones, también le crearon problemas. “Pero tuve la suerte de hacerme amigo, y todavía lo es, de una de las cabezas pensantes más brillantes del valencianismo, que era Rafa Lahuerta. Ayer mismo estuvo comiendo aquí. Yo lo tendré siempre en el corazón porque ha evitado muchos líos aquí”.

Jesús y La Mari siempre fueron aficionados del Valencia CF, aunque condicionados por el bar. Ellos tenían que estar en la barra los días de partido. Encima han perdido la ilusión estos últimos años por culpa de Peter Lim y sus malas decisiones. Aunque el dueño del Mestalla también critica a aquellos aficionados que corrieron a vender sus acciones.

El fútbol, eso sí, cuelga de las paredes de este bar enorme. Los salones están llenos de fotografías de jugadores históricos, muchas de ellas con autógrafo, aunque Jesús tiene más que una sospecha de que la rúbrica no era la de Fernando o el Piojo López sino la de Españeta, el utillero del Valencia CF que muchas veces les ahorraba esta tarea a los futbolistas. También hay, por medio, algún retrato de toreros valencianos como El Soro, Enrique Ponce o el futuro conseller Vicente Barrera. Y al fondo, en el salón donde esta hablando, el rey es el cine. Allí los retratos, todos en blanco y negro, son de actores míticos de Hollywood. 

Cuando se produjo el anuncio de que el Valencia CF iba a construir un nuevo estadio, la Federación de Hostelería les llamó y les ofreció quedarse un bar cerca del futuro Mestalla. “Pero yo les dije que no lo quería ni regalado. Nosotros ya teníamos la suficiente experiencia para saber que no se vive del fútbol, se vive del día a día. El fútbol es sólo un día y depende de la hora. Y es un follón, además. Esto era la selva. Siempre había un problema y tu corazón iba a 180. Y luego el añadido de irte a la una de la mañana, cuando yo me levanto cada día a las tres y media”.

Famoso por sus bocadillos

Jesús y La Mari viven en Mas Camarena rodeados de futbolistas. Él se levanta de noche cada día porque le gusta ir con calma. Pegarse una ducha tranquila, desayunar sin prisas. A las cuatro y media arranca el coche y a las cinco recoge en Burjassot a Isabel, la cocinera, que lleva 18 años con ellos. Las tardes las dedica a cuidar de su mujer. Aunque agradece mucho la ayuda que le presta su hijo, otro Jesús, que tiene 34 años y es “broker de finanzas virtuales”. La Mari y él nunca se habían casado, pero Vicent Sarrià, que iba muchos días a comer al bar con Rafa Rubio, le dijo que él les casaba. Así que un día estuvieron sirviendo bocadillos por la mañana, luego se quitaron el mandil, se fueron al Ayuntamiento, les casó el concejal y se volvieron a seguir trabajando.

Sus almuerzos causan furor. Todos los días se llena el bar de entusiastas del ‘esmorzar’. Jesús mantiene los precios populares. Cinco euros por un bocadillo, bebida y café. Y la gente acude a diario a comerse un ‘Chupadedos’, que lleva huevo y patatas, un ‘Quart de Poblet’, con filete de magreta, berenjena crujiente, pimiento verde y una salsa de ajoaceite suave con tomate natural rallado, o el Mestalla, claro, que lleva ternera con queso fundido y cebolla pochada. “Ahí ya no busco lucrarme. Valoro más el reconocimiento por mis bocadillos que lo otro. Vienen camioneros que están de viaje, taxistas, policías de toda València…”.

Aunque nada es comparable a los años del cubalitro, se apresura a recordar Jesús, uno de esos camareros de camisa negra con un bolígrafo que asoma por el bolsillo. En aquellos años, muchos chavales se entretenían bebiendo mientras jugaban al durito. Uno lanzaba una moneda de cinco pesetas contra la mesa, rebotaba y si caía dentro de un vaso, le tocaba beber. Ese hábito se mantuvo incluso después de la llegada del euro. Jesús, de hecho, aún conserva una caja de Farias llena de duros de todo tipo, de Franco y del rey Juan Carlos. Una reliquia que le recuerda los años bravos del cubalitro.

Jesús está cansado y triste. Cuenta su historia con una voz débil y no para de recordar la desgracia de su mujer. Dice que, en cuanto pueda, se quita el bar de encima. Ya le da igual su historia, el poso futbolero, el castigo a jugadores como Mijatovic, Mendieta y Soldado, con el retrato puesto boca abajo, los bocadillos y todo lo que no sea estar al lado de su mujer, La Mari, el alma del Bar Mestalla.

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