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LA SEÑORA SIEMPRE TIENE RAZÓN

Sigue sonriendo por si acaso 2017

31/12/2016 - 

VALENCIA

Medidas de sastrería

Una vez terminado el divino amor navideño, el fin de año es una divertida mentira convencional que recomiendo imperativamente celebrar a todo el mundo. Emociona tanto la ocasión de empezar una vida nueva a través de una agenda en blanco como el lógico deseo de olvidarnos de insatisfacciones pasadas. 

Para emocionarse, hay que hacer gimnasia y mantener el espíritu joven: no refunfuñar, no conmemorar, no quejarse y no criticar. El mal humor, la severidad y la retrospección son toxinas que se mascan de nuevo y atraviesan los siete estómagos de nuestra psique. Y no crean que estos síntomas se manifiestan en estas fechas bajo la estereotipada forma de Ebenezer Scrooge a quien “el frío de su interior le helaba las viejas facciones”. La severidad puede llegar en fin de año bajo la forma de una norma de vestimenta -no necesariamente fallera- que ignora que los establecimientos que alquilan un frac o un smoking por una noche no enseñan la forma de llevarlo. 

Los más jóvenes, que creen que las dietas o los esfuerzos en establecimientos deportivos les aporta alguna elegancia, deben saber hay que haber llevado un traje de chaqueta unas doscientas veces para olvidar que se está artificialmente enmarcado en una prenda de ceremonia. Para que la musculatura disimule el movimiento de un esqueleto torpe y una mente formada bajo la ligereza del postulante a tronista, es indispensable poseer una verdadera seguridad en los medios propios, en el bisturí de la propia originalidad, en las tenazas de una conversación, en el poder penetrante de las ideas y en entender por qué llevas la indumentaria que llevas. La ropa cara y apretada no puede hacer todo ese esfuerzo por nosotros. Einstein podía dar sus lecciones en jersey mostoso y pantalones arrugados, pero un mediocre profesor de matemáticas tiene que darse empaque con una camisa impecable y una corbata que no haga sonreír. Si además sabe por qué ambicionó esa carrera de enseñante en vez de quedarse como dependiente en el humilde comercio de su padre, todo quedará ajustado a medida. Aunque casi todos sabemos que ya nada se hace a medida y que, por cuestiones económicas que superan la lógica de la mente humana, somos nosotros los que tenemos que adaptarnos a la ropa, y no ella a nosotros. 

Valencia – El Cairo

Para recibir el nuevo año como se merece hay que recordar que nuestro prójimo es quien primero merece atenciones si es que queremos vivir dignamente en colectividad. Ayer vi a un viejecito que sin poder evitarlo iba apartando a empellones a esas “chicas” -mujeres ya formadas que siguen vistiendo de manera juvenil- y que caminan en linea recta con fingida cara de bobas cargando varias bolsas de compras, despreciando la jerarquía de la edad, donde hay mucha destrucción artrítica y el dolor de una educación no correspondida. No podemos pedir que la educación ciudadana descienda sobre nosotros como el Espíritu Santo sobre los apóstoles en Pentecostés: por mucho carril bici que se imponga a las aceras, sin un plan de educación, a ser posible vial y de cortesía, los ejemplares y saludables ciclistas seguirán correteando con desenvoltura -ese mal de nuestro siglo cuando se mezcla con la ignorancia- como si circularan por las calles de El Cairo

Respecto al Cairo tengo una anécdota muy significativa para ilustrar todo esto. Haciendo un reportaje televisivo en dicha ciudad, nuestro desinhibido cameraman quiso saltarse, a la española y viendo que todo el mundo hacía lo que le venía en gana, la norma de grabar sin permiso cerca de las pirámides. No tardó en llegar, surgido de la nada, el solícito agente de policía para aplicarnos la correspondiente sanción. Cuando la encargada de producción empezó a poner cara de vinagre, el cámara se vio en la necesidad de quejarse al agente quien, con suma felicidad, le puso bajo arresto. Tras haber pagado la correspondiente mordida para zanjar por fin el asunto y no alargar nuestra estancia en tierras faraónicas, el operador de cámara nos miró con expresión lastimera y exclamó, tras asegurarse de que nadie le oyera: “¿Pero qué pasa?¿Que estamos en el Tercer Mundo o qué?” A lo que respondimos al unísono: “Sí, estamos en el Tercer Mundo”. Mucha gente cree que, por el simple hecho estar en una capital, se ha escapado del subdesarrollo, error que se paga sufriendo la corrupción social, las mafias y la cara dura en carne propia. No pongo ejemplos, gracias.

Valencia - Manhattan

 Por supuesto, en Valencia no vivimos en el Tercer Mundo sino en una especie de Manhattan mejorado. Vicent Marco, en su artículo de este mes titulado “és València una ciutat mediocre?” nos refiere esta interesante tautología: “els que fem les ciutats som els seus habitants, i dir que València és mediocre, en si, és reconéixer la pròpia mediocritat.” No puedo estar más de acuerdo con esta afirmación. El entusiasmo es vital. Si todos aparcamos nuestras absurdas diferencias y fingimos vivir en la ciudad más maravillosa del mundo, seremos mejores ciudadanos. Las voces críticas no tienen que empujar su ortodoxia, su fanatismo y su santurronismo a límites extremos, como aquel náufrago inglés en el Caribe, que no se defendió del tiburón con su puñal porque le habían enseñado que el pescado no se toca con el cuchillo. Para evitar ser mediocre, hay que adecuarse a las circunstancias. No podemos pasar, otro año más, por insubordinados y subversivos. La urbanidad es una codificación de leyes y de costumbres. Como para rebelarse contra una ley hay que estar por encima de ella intelectualmente, es mejor permanecer como aquel joven que no habló con sus padres hasta los 30 porque, hasta el día en el que le pusieron la sopa fría y tuvo que quejarse, “todo había estado perfecto”. Lo resumió La Pantoja con su “dientes, dientes”.

Valencia divinity

Dice el Salmo 30-11: “Has cambiado mi lamento en baile. Desataste mi cilicio y me ceñiste de alegría ”.  Por ese motivo, en los balcones de las mejores casas de la ciudad, cuelgan hermosos carteles donde se muestra a un niño coronado, en pañales y tendido sobre un lecho de Euphorbia pulcherrima var. plenissima, bajo los lemas “Bendito Niño Jesús, bendice esta casa” o “Dios ha nacido, Feliz Navidad”. La decoración navideña que rellena ese hueco de compras entre las fechas de nochebuena a reyes, tiene un encantador toque warholliano

El callejero árbol-cono navideño surgió en los noventa para quedarse. No por su belleza incuestionable, sino por su bajo coste, fácil desmontaje y durabilidad. Algunos de ellos, como el de la Plaza de la Reina, centellea con unas maravillosas luces blancas capaces de dejar una marca indeleble en humor vítreo, afectando a la retina tras una crisis epiléptica. La gente lo visita, como si se tratara de una tienda sioux, y se fotografía dentro de la nada que acoge su interior. Los establecimientos de comida rápida lanzan sus felicitaciones en múltiples idiomas, para que nadie se escape. Todos los bares y restaurantes bullen de señores con niño, señores con perro, señores con carro y señores con familia. Pero lo más memorable de la Navidad son sus basuras: la llegada esta noche del año nuevo invita a revisar armarios en busca de los abrigos caros y hacer balance de las posesiones. Muchas de ellas, las menos preciadas, van a acabar en los contenedores. Aunque es injusto decir esto porque los contenedores tienen un espacio vital a su alrededor, formado por un invisible círculo de un metro, que permite acercar nuestra creatividad “estoreta velleta style” a los demás. Belleza reciclable y efímera que desaparece con el voluntarioso esfuerzo del basurero les desea felices fiestas. Todo ello toma forma en barrios modernos, donde los escaparates exhiben camisetas con mensajes anticomerciales. Sííííí, muy anticomercial, meniño.

Para los amantes de las metáforas, paradojas y metonimias, vean cómo nuestros indigentes que pernoctan en los mejores cajeros bancarios acondicionan su estancia, no con cartones cualquiera, sino con cartones de embalaje de emisores térmicos digitales de 759W marca Haverland: paredes limpias y control de consumo. No olviden que cuando pone en un anuncio “oportunidad bancaria” es que le han quitado el piso a alguien. Para que nadie diga que no vivimos en el futuro prometido desde el Fórmula 1 y la Ocean Race como marqueses.

Compras Fin de año - Utopick

En la calle Matías Perelló 14 de Valencia se encuentra una de nuestras más internacionales tiendas de chocolate y pastelería. Aquí se puede encontrar los regalos más bonitos para esta época: se llama Utopick y, como no son fáciles de clasificar, llevan el título de chocolate makers, ya que hacen su producto desde la semilla hasta los sorprendentes resultados finales. Paco Llopis es la segunda generación de reposteros de Alzira y la bella bogotana Juana Rojas ha cultivado las Bellas Artes, donde se conocieron estudiando fotografía, además de la pintura, escultura y diseño que ella ha ido desarrollando para su trabajo. Por eso sus elaboraciones son regalos muy personales para empresas, eventos o personas muy especiales, mezclando productos de primera calidad y alta gama con mucho cariño. 

Viajan para comprar personalmente micro-lotes de chocolate de origen, pequeños costales no industriales, para molerlos a su gusto y al de los clientes, controlando ellos mismos todo el proceso. Tres años de aprendizaje en el que han conseguido eso tan particular que se llama personalidad propia: diseños de envoltorio exquisitos, lineas de sabores exclusivas, como su clásico de naranja confitada con almendra marcona, sin dulzores empalagosos, moldes hechos con una impresora 3D destinados a crear motivos, logos, mensajes y cualquier cosa que se desee escribir o crear en chocolate.

El interior de esta agradable tienda guarda en su nevera, como la cámara acorazada de Fort Knox o la de nuestros sueños, las tabletas doradas recién hechas esperando ser empaquetadas. Pero lo mejor de todo es la conversación con esta pareja, que siempre está curiosa ante cualquier novedad y encantada de compartir conversación -en la que puede salir incluso Bru Soler, el hijo de Monjalés- y sus conocimientos. Vean los terrores dulces que son capaces de hacer para Halloween,  sus delicias con té chai, digestivo y sabroso azafrán y cardamomo, petazeta con fruta de la pasión, sal o chile. Reyes Magos y gourmands, amantes de lo sostenible y lo hecho a mano, venid aquí.

Muy cerca de ellos, más hacia Ruzafa, en Pedro Tercero el Grande 34, está la cristalería de Francisco Gómez, especializada en vidrieras artísticas. Su escaparate luce un llamativo surtido de piezas venidas de otra dimensión dignas de coleccionista: botellas, calaveras, recipientes, platos, pisapapeles y todo lo que pueda imaginar hecho en cristal. Un oficio casi en extinción del que quedan magníficos exponentes en nuestro país, nunca bien valorados y que hace menos de un siglo, antes de nuestro triste periodo “Cuéntame”,ya que estamos celebrando tanto centenario, eran imprescindibles para la decoración de una casa señorial o de construcción pública con el buen gusto del modernismo. 

Por cierto, si quieren saber qué significa lo de “ni chicha ni llimoná”, vayan al restaurante Ancón, en la calle Luis Santángel, 20. Deliciosa carta de inspiración más que divina con ceviches, arroz chaufa y muchos platillos peruanos hechos a conciencia por Ana y Alex. Este año están de moda y parece que van a estarlo por mucho tiempo.

Durante mi infancia, el edificio de la calle Pizarro 23 del barrio del Plà del Remei, permaneció largos años cerrado. Horror nos dio, cuando éramos jóvenes y bonitos, que a la postre entraran máquinas a mejorar presumiblemente su interior. Nunca supimos qué había pasado con todo aquello hasta el que pasado 15 de diciembre abrieron la clásica y muy valenciana Flashroom con Shopening Night y DJ, lo que en mi barrio solemos llamar un market para nuestros streetwears, todo con mucho corte urbano rollo Strap, Fortheladies, Melk, Undërwood, los imprescindibles Happy Socks, Five0, Xavó, Closca, Muroexe, 014 Cycles o Trendsplant, la barbería Los 3 Bigotes que te cortan todo en directo, Deliciosos Pasteles y Deliveroo. Flashroom quiere decir que desaparecerá en un flash el seis de enero. 

Y de mi infancia pueden contemplar, completamente gratis que esto no es la catedral, el estilo de los edificios de este barrio, cuando era un barrio y no una tienda fina gigante repartida por manzanas: frisos de escayola representando diversos vehículos antiguos, puertas elegantes, bóvedas acristaladas y espacios grandes y acogedores. Si quieren preguntar por qué dejaron de hacerse así y por qué se han dejado degradar hasta estos extremos, a pocos metros tienen la escuela de arquitectos donde les atenderán gustosamente cualquier pregunta.

Seguro que en este momento, como yo, se dan cuenta de que han olvidado peinarse y cortarse el pelo para la fiesta de esta noche. En el edificio de la calle Cirilo Amorós conocido por su remate inscrito con el año 1908, pueden ponerse como dioses del Olimpo en la mejor peluquería unisex de Valencia, la de Lola Garrido. O seguramente no, porque como Valencia está a la cabeza -nunca mejor dicho- de decoraciones y esculturas de queratina, hoy están todas las peluquerías a reventar. Lo mejor es que llamen al 963571757 y pregunten por los mejores peluqueros del mundo, por Víctor Alonso, que ostenta ese título, o por Lola. Para un alisado japonés, yo no iría a otro sitio. Además, Lola es cariñosa, divertida, con una rara mezcla entre lo germánico y lo caótico que la hace muy especial. Y ya saben que lo mejor de una peluquería es la conversación. Aunque si quieren silencio, también se respeta un profundo respeto zen inalterable, como un ceremonial a gusto del cliente, que siempre tiene la razón.

La señora siempre tiene razón

Ya dije en una ocasión, hablando de las noches de cabaret del Casino Cirsa,  que en la ruleta no se gana con método. El que cree saber jugar, pierde. La ruina de un jugador -o de un empresario ya que esta es una publicación eminentemente empresarial- es inevitable tarde o temprano, pero existen sistemas que ayudan a precipitarla. La ruleta es uno de los poquísimos casos de justicia niveladora. Es la verdadera democracia de los arruinados. Los únicos que se salvan son los que no saben jugar, los que se dejan llevar por el instinto, la fantasía y la inspiración. Pero eso no es todo: para ganar es necesario sumergirse en un estado de hipnosis, de trance y dejar que nuestro demonio nos guíe. En el trascurso de este año de crónicas, siempre me he dejado llevar más por la pasión que por el interés. Algunos han visto mucho más de lo que he dicho en estas líneas y han atribuido elementos de juicio a adjetivos insustanciales. Han visto manos misteriosas escribir al dictado. Se han extrañado de mi capacidad de movimiento y hasta se ha dicho que “La señora siempre tiene razón” es una sociedad secreta formada por más de una persona para manipular la mente de los lectores honestos. Responderé brevemente: todo ello merece ser cierto. 

Mucho funiculí y muy poco funiculá

No creo que exista mejor estampa de un día como hoy que la de un escaparate de juguetes mecánicos. Ésta corresponde al de la tienda de ropa para niños Cocoliso, en la esquina de Borrull con la calle Turia, donde puedes encontrar cualquier artilugio mecánico dispuesto a alegrarte el día. No se pierdan el cocinero mecánico con la paella en la mano. La seguridad de su funcionamiento automático y sencillo, además de su colorido, nos predispone a verlos con mucho agrado. Además, un muñeco mecánico rara vez piensa por sí mismo, lo que nos suma en la placidez de un mundo perfecto al verlo en movimiento. Lo único triste es cuando el mecanismo se rompe, pero ¿a quién le importa el futuro? ¡A nadie! Así que reciban este año con alegría y amnesia predictiva: los hombres, córtense la barba y todo lo híspido y punzante. Las uñas, que sean cortas. Eliminen los colores beiges, descoloridos o amarillo verdosos. Supriman las gafas oscuras o ahumadas. No difundan noticias tristes: si murió George Michael no lo pongan en sus Facebooks. No sean los primeros en comunicar una mala noticia, habrá otro imprudente que la difunda. Afronten las cosas sonriendo (keep smiling). Tomen las cosas a la ligera (take it easy). Que el imperativo les parezca leve y voluntario. Canten. De las canciones tristes se acaba por decir que traen mala suerte. Eso no le pasará nunca a el “I will survive” o al “Funiculí Funiculá”.

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