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Música

Stomvi, metales preciosos

Vicente Honorato, un vecino de Mislata de setenta años, disfruta la coronación de su obra: la fábrica de instrumentos de metal más avanzada del mundo. Su yerno, el gran trompetista Pacho Flores, se alió con él y se casó con su hija. Juntos crearon unas trompetas que van «entre veinte y treinta años avanzadas a su tiempo»

23/11/2022 - 

VALÈNCIA. Sobre una mesa impoluta, casi de quirófano, descansa la obra de Vicente Honorato, un hombre de setenta años que ha consagrado su vida a los instrumentos de metal. Y ahí están, relucientes, brillantes como coronas reales, una corneta, una trompeta, un trombón y un fliscorno. No son cuatro objetos sin más. Ni mucho menos. Esos cuatro trozos de metal son el fruto de cuatro décadas de investigación y obstinación. Ahora Stomvi, su empresa, tiene una reputación en todo el mundo y en las grandes orquestas no faltan algunos de sus instrumentos. Pero no siempre fue así. El arranque fue complejo y muchas noches salía de la fábrica y llegaba a casa rumiando la derrota, sopesando bajar la persiana y a otra cosa. Porque, además, Vicente tenía otra cosa, una empresa de joyería que, en realidad, era la que daba dinero y la que sufragó durante lustros Stomvi, un negocio ruinoso.

Todo empezó en 1984. Vicente, hijo y nieto de músicos y un rebelde que dejó su instrucción musical de adolescente, vio que había un hueco en España pues no se fabricaban instrumentos de metal y todo era importado. Y él, que siempre fue un hombre inteligente y reflexivo, no entendía que en una de las regiones del mundo donde la música estaba más arraigada, nadie creara instrumentos de metal. Así que se lanzó a por ello. «El problema es que no teníamos ni idea. Ni mi abuelo, Tomás Honorato, a quien no conocí, ni mi padre, otro Tomás Honorato, tenían experiencia en este terreno y por eso empezamos sin tener ni idea».

No había conocimiento, pero sí determinación. Aquel era un negocio seguro: crear instrumentos en una comunidad con más de quinientas bandas por todo el territorio no tenía fallo. Pero se llevaron una sorpresa. Sacaron el primer modelo —una copia de una trompeta que ya existía— y la gente lo despreció: «Los músicos miraban, veían que estaba hecho en Mislata, en València, y entonces pensaban que no valía. Uno tenía una fabricada en Chicago, otro llevaba una de París, y otro, una de Japón. Y, como es natural, pensaban que eran mejores que algo hecho aquí. Cualquiera que llega con una novedad, comparada con algo que está afianzado, tiene las de perder. Esa desconfianza nos obligó a luchar».


La valentía de seguir adelante

Vicente Honorato rememora los inicios mientras la mediana de sus tres hijos, Ángela, sentada a un par de metros, escucha una historia que ya conoce con un respeto que, a pesar de que guarda un silencio reverencial, es atronador. Su admiración llena toda la estancia. Porque aún estamos en los años, en la segunda mitad de la década de los ochenta, en los que el proyecto de su padre era una quimera. Pero aquel joven no estaba dispuesto a arrugarse y en la primera investigación invirtieron diez mil horas. «Nosotros hemos fracasado constantemente. Cada noche tenía que cerrar y cada mañana, mientras me duchaba, me preguntaba por qué. Por qué me tiene que echar por tierra quien no valora mi trabajo. Yo solo pedía que lo probaran y que me dijeran las virtudes que tuviera, si es que las tenía, y los defectos, que seguro que los tenía, y así podría crecer. Pero no»

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Su fe era sólida pero no inquebrantable. «Al año y un poco más, estaba a punto de dejarlo, pero antes decidimos probar en Frankfurt. Antiguamente se hacía allí una feria — como las ferias que del juguete o la cerámica que se celebraban en València—, que era el escaparate mundial que existía entonces. Así podías acceder al industrial para distribuir. Fuimos allí y fue una explosión: lo que en España no valoraron, fuera lo evaluaban con respeto. Eso fue en 1985 o 1986 y pudimos comenzar a exportar nuestro producto a Francia. Eso, humildemente, nos alentó. Entonces éramos seis personas en la fábrica. Después llegamos a 45 y ahora mismo somos treinta, que no está mal».

Frankfurt fue la puerta de entrada a muchos mercados: Francia, Japón, Suiza… Más adelante, Estados Unidos. Y eso afianzó su fe. Ahí ya no había nadie que pudiera bajarle del caballo. Y en ese momento, en ese preciso instante, se vio en un cruce de caminos. Había llegado el momento de tomar una decisión: ¿Hacia dónde quería avanzar? «Teníamos que decidir quiénes queríamos ser. Tener personalidad propia o copiar lo que hacían otros. Y decidí bailar con la más fea. Mi conciencia no me permitía ser otro que no fuera yo porque hasta entonces todos se copiaban entre ellos, pero conciencia eso no me lo permite. Al principio me dejé llevar por los músicos, pero son muy conservadores y tiene pánico a cruzar las líneas hacia los espacios no conocidos. Se mueven por lo que han hecho otros y como quieren hacer lo mismo que los grandes músicos, utilizan el mismo material. Pero yo me levanté un día y decidí que no quería ser así. Entonces empecé a desarrollar a través de la investigación de una forma muy potente y muy intimista porque no todo el mundo no va a entender tu locura».

* Lea el artículo íntegramente en el número 97 (noviembre 2022) de la revista Plaza

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