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el callejero

La última copa del Planeta Azul

Foto: KIKE TABERNER
4/07/2021 - 

VALÈNCIA. A Tip, el irrepetible cómico valenciano, le gustaba beber Bitter Cinzano con alcohol. Le gustaba tanto que si no tenían, se iba a otro sitio donde poder tomarse unos cuantos y, ya contentillo, desparramar su buen humor. En el Planeta Azul, en El Perelló, donde pasaba los veranos, solía encontrar su bebida preferida y de vez en cuando se dejaba caer por allí a pegar unos tragos. Una vez se acercó con Luis del Olmo, el líder de la radio de las mañanas durante lustros, y al dueño del bar, Fernando Patiño, le llamaron la atención los zapatones del locutor. "¡Madre mía, si gastaba un 49!". Fernando y su hermana Rosa han empezado a recordar viejas anécdotas porque han tomado la decisión de cerrar el Planeta Azul, que llevaba cincuenta años abierto en el paseo, frente a la playa.

El bar aún está en pie. Con las paredes forradas de botellas espirituosas y los sofás, tres Chester de piel blanca, cubiertos con unas mantas. Fuera, en la terraza, las sillas y las mesas están apiladas cogiendo polvo y añoranza de clientes y amos, que aún no se creen que el viejo negocio, en el que han lubricado el gaznate varias generaciones de valencianos, haya pasado a la historia.

La primera copa la pusieron en 1971. Benito Patiño, el padre de Fernando y Rosa, todo un comandante de caballería en el Ejército, decidió abrir el local en la planta baja del edificio donde había comprado un par de apartamentos. El Perelló no estaba tan masificado y el Pouet, a doscientos metros, aún estaba por construir. El hombre ya era el propietario del bar Patiño en València, por la calle Zapadores, donde tenía empleada a la mujer y a los hijos en edad de trabajar. Aquel hombre veía negocio en la hostelería y decidió aprovechar también el subterráneo para montar una discoteca. "La abrió en 1971 y entonces solo estaban Barraca, el Gari y el Cala, que es la más antigua", explica Fernando, que va hecho un pincel y no aparenta, ni de lejos, los 69 años que tiene.

La discoteca fue un éxito. Pero veinte años después, ya en democracia, la dictadura de la Ruta del Bakalao les arrasó. "Nos mató. Eso fue insoportable. Por ese motivo decidimos hacer una reforma arriba y dedicarnos más a la coctelería. Mi hermana y yo nos hicimos expertos en bebidas espirituosas y llegamos a tener 450 referencias de ginebra. Luego vino el mojito, la caipirinha, la piña colada... Y lo hicimos bonito. Con copas buenas, que era algo que no existía en València, para atraer a la gente con dinero. Y así fue como triunfamos. Tuvimos mucha suerte".

La vaca dio leche durante cincuenta años. Una proeza. El Planeta Azul resistió lo que no resistieron el bar Patiño, el Thai, un piano-bar que tenían en la calle Sanchis Sivera, o Limón y Menta, el pub con la puerta giratoria -"la copiamos de Correos", recuerda Fernando- que abrieron en la calle Julio Antonio, una perpendicular de Pelayo.

Su hermano Carlos ya hace lustros que dejó el negocio y Rosa y Fernando lo han gobernado con tino durante décadas. Trabajar juntos, uno al lado del otro, durante tantos días, de Semana Santa al final del verano, cada año, ha hecho que chocaran y explotaran más de una vez, pero, en general, reinó la cordialidad. "Mi hermana y yo somos uno. Y si yo soy bueno, mi hermana es mejor. Yo, sin ella, no valgo ni la mitad. Es una máquina y después de cincuenta años formamos un engranaje perfecto. Nos entendemos con una mirada. Ella prepara las copas y yo soy el que da la cara, el relaciones públicas. Porque la gente viene a tomar copas, pero a veces también viene a que la escuches, a hablar de fútbol o de su separación. Eso es así y a mí se me da muy bien".

Lo dejaron por salud

Fernando sigue hablando en presente. No termina de hacerse a la idea de que el Planeta ha bajado la persiana. No ayuda que cada día les llame o les escriba un cliente pidiéndoles que vuelvan a abrir, suplicándoles porque nadie pone las copas como ellos en el Perelló. Pero ya está bien. Él tiene 69 años y los pies no aguantan más el tute de estar cada día arriba y abajo con las manos llenas de copas de balón. Y ella, que tiene 64, dice que no cree que el Planeta siguiera orbitando sin su hermano. Han ganado lo suficiente para vivir una jubilación holgada. Fernando en su retiro de Altea, frente al mar, con la tranquilidad de que su hijo, el único heredero, de 39 años, tiene la vida encauzada como director de Logística en una multinacional de Zaragoza. Ella no tiene descendencia y le entra la risa con la pregunta de por qué su sobrino no quiere seguir con un negocio tan boyante. "Él lo probó. Estuvo trabajando aquí mientras estudió la carrera, para sacarse un jornal con el que pagarse sus cosas, y no le gustó. Me decía que no se quedaba aquí ni borracho. Que ya podía dar veinte millones, que no lo quería. Y le entiendo. Porque aquí puedes llegar a hacer 16 horas en un día".

Abrían de nueve de la mañana a tres de la noche. Desde Semana Santa hasta octubre. Luego, vacaciones. En los meses de asueto, a Fernando le gustaba calzarse las zapatillas y salir a correr. Diez, quince, veinte kilómetros. Hasta que los pies empezaron a quejarse. Luego volvía al Planeta y había días que subir y bajar los escalones era un suplicio. Y cuando piensa que es un pena cerrar el bar después de tantos años o cuando hace cálculos porque, si abriera, mañana mismo volvería a tenerlo lleno, se acuerda de los días interminables en los que apoyaba con el exterior del pie porque no podía soportar el dolor. Y entonces se asoma a la ventana de su casa en Altea y se le pasa la tontería rapidito.

A los 69 la noche ya no es un peligro. Pero antes sí lo fue. Fernando Patiño empezó a trabajar en El Planeta azul con 18 años. Y eso significaba que prácticamente era el único chaval con dinero en el bolsillo. "Con 18 años era el rey. A los 20 ya tenía un Dodge Dart. Y a los 23, un Mercedes ruso de esos negro, de diplomático. Y donde fuera, entraba gratis y tenía las copas gratis. Pero eso hay que asimilarlo. Yo me perdí tres o cuatro años en la noche porque te pierdes. Pero luego me encontré...".

Porque estos cincuenta años no han sido un paseo en barca. "Los negocios son como un círculo. Primero subes, luego bajas y luego vuelves a subir", ilustra Rosa, menos locuaz que su hermano, a quien deja el peso de la conversación. En una de esas bajadas, en pleno auge de la Ruta Destroy, cerraron la discoteca. "Fue en el 93, o por ahí. La Ruta fue buena para cuatro o cinco que hicieron dinero con sus discotecas y que ahora están todos pelados. Pero nos jodió a los demás. Los fines de semana no podíamos abrir a las diez. Nos teníamos que esperar hasta las doce y media porque, si no, se nos metían dentro. Era todo anfetamina. Venían drogados y borrachos. Aquí hemos llegado a ver a gente con espadas. No podía con ellos ni la Guardia Civil".

Aunque de aquel golpe aprendieron la importancia de ser selectivos. Y para eso no hacía falta un 'segurata' en la puerta. La criba la han hecho siempre cobrando más que los demás. "Y encima en la lista de precios teníamos las copas más caras aún. No cobrábamos eso a los clientes, pero si venía uno pasado o montando bronca, le cobrábamos lo que ponía y no volvía".

Ellos mataron al vaso de tubo

A cambio, se esmeraron en servir unas copas impecables. Los mejores licores, hielo de calidad y una vajilla como no había otra en València. Ellos mataron al vaso de tubo. "El boom del gin tonic en València empezó aquí. Lo servimos desde hace más de veinte años. Un cliente de Bilbao nos explicó que allí se servía en copas muy grandes. Nos lo dijo y empezamos a experimentar. Otro cliente nos dijo que por los Pirineos le ponían albahaca o alguna hierba para aromatizarlo. Y empezamos con la copa, que no existía. Nos fuimos a Olleria a que nos hicieran las copas adrede. Porque no había. Como fuimos los primeros, durante cinco o seis años la gente hacía cola para entrar. Había clientes que querían hacerse socios, comprar acciones... Fue una locura. Alguna noche, entre las once y las tres, hemos llegado a poner 500 o 600 copas".

El cálculo se hace rápido. Cinco mil o seis mil euros en cuatro horas. Un dineral. "Sí, nos ha ido muy bien. No lo vamos a negar". Tenían algunos camareros como ayuda. Aunque el peso lo llevaban ellos. Fernando saludaba y tomaba nota. Rosa preparaba las copas. Los demás, llevaban la bandeja, recogían las mesas y limpiaban las copas. Un año tuvieron una camarera cubana. La chica trabajó duro y, además, les enseñó a hacer los mojitos. "Fue hace casi veinte años y gracias a ella empezamos a hacer los mejores mojitos. Porque nos gustaba probar. Muchas veces descubrías un cóctel el día que te faltaba algo y tenías que sustituirlo por otra cosa".

Esa inquietud por aprender, por ofrecer más variedad a su clientela, les permitió seguir en vanguardia. Así es como acabaron con el monopolio de la tónica Schweppes. "Esa tónica tiene la burbuja gorda y solo te hace que eructar. Nosotros preferimos la burbuja fina de manantial. No tiene tanto gas y no eructas ni te hincha. Y luego está el tema del hielo. Nosotros usamos el más caro, que está destilado tres veces y no deja gusto. Nos lo traía, dos veces por semana, una fábrica de Torrent".

Al final, de esos cientos de ginebras procedentes de cualquier rincón del mundo, no gastaban ni cincuenta. Aún así, la botella más cara que tenían no venía del extranjero. Ni siquiera de otro punto de España. La más cotizada llegaba del norte de Castellón, del Maestrazgo, la de Segarra, de Julián Segarra, que recolecta las bayas de enebro, una a una, con sus propias manos. Tiene una producción tan corta y tan apreciada que puede llegar a vender una botella de ginebra por trescientos euros.

A Fernando le gusta el gin tonic. Él se sirve a sí mismo Martin Miller's con tónica 1724, que tiene un toque dulzón. Rosa no suele beber, aunque a veces se hace un cóctel con granizado de fruta natural, otra de sus incorporaciones para mantener entusiasmado al personal. "La mezclo con Cointreau o Licor 43, que la gente ha vuelto a tomarlos porque hemos ido metiéndolo nosotros. O con cava. Con eso hemos triunfado mucho", rememora la coctelera.

Ninguno de los dos pasó por la universidad. Del colegio al bar. Con el bolsillo lleno, ninguno de los hermanos se planteó estudiar. En la familia, además, siempre prevaleció la importancia de ganar dinero. Tanto por su padre, que era comandante del Ejército y, además, tenía bares y trabajaba en el Ayuntamiento de València, como por su madre, que provenía de una humilde aldea de Cuenca, Santa Cruz de Moya, y jamás despreció una peseta.

Las propinas del Mocambo Club

"Mi madre era un diez", ataja Fernando, quien asegura que ni él ni su hermana le llegan a la suela de los zapatos a sus padres. "A mi madre, que se llamaba Maximina, le encantaba ganar dinero. Durante un tiempo trabajó en el guardarropía del Mocambo Club, con Mercedes Viana -la mujer que lo abrió, en 1947, en la calle de la Sangre, en el centro de València-. Allí iban los toreros y los americanos de las bases. Mi madre me contaba que no tenía sueldo, pero que llegaba el Cordobés y le daba 500 pesetas, Paco Camino, 300 pesetas, el otro, 200... Y cuando acababan las chicas, que estaban con los americanos, iban a recoger los abrigos y les decían a estos: 'dale diez dólares'. Para ellos era una miseria, pero para mi madre, una fortuna. Decía que era donde más dinero había ganado. Y encima muchas veces las chicas le pedían a mi padre que las llevara a casa y también le daban una propina. La verdad es que los dos han sido unos currantes y nos han dado muchos valores".

De ellos cogieron el gusto por ganar dinero, claro, pero también por el trabajo bien hecho. Por echarle horas. Y por ponerle una sonrisa a todo el que entraba por la puerta. Algunos fueron muy famosos. Como Kempes o el 'Lobo' Diarte, que se despidió de la plantilla del Valencia CF en el Planeta Azul. O como Guus Hiddink, que iba a tomarse una copa al Perelló cuando vivía en el Parador del Saler. O Voro, Djukic, Emery... O el actor Álvaro de Luna, quien, en tiempos del rodaje de La barraca, cogía la moto al acabar de trabajar y se plantaba en el Planeta Azul para relajarse un rato.

El nombre lo sugirió la obra de Cuesta, el decorador que se encargó del interior del bar. Hizo una bola de metacrilato azul que inspiró a su padre a llamarlo Planeta Azul. Debió acertar porque hoy, cincuenta años después, el nombre sigue en la puerta. Ahora muchos clientes se sorprenden al ver que está cerrado. Otros se dejan llevar por la nostalgia de los buenos ratos pasados allí dentro. Y otros simplemente se niegan a aceptar que el Planeta Azul ya es historia y entonces cogen el teléfono y le escriben a Fernando y a Rosa pidiéndoles una copa más, un verano más.

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