València

EL CALLEJERO

José Antonio, el retratista al que la vida le llevó a triunfar en Kuwait

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VALÈNCIA. José Antonio Estela espera en un recoveco de la sinuosa calle Avellanas. Un territorio que se reparten entre el Arzobispado y los anticuarios. Allí, en una esquina metida hacia dentro, se abre una puerta que conduce a un callejón que comunica Avellanas con la calle del Mar. Ahora es una planta baja con puerta en ambos extremos, amueblada e iluminada. Las paredes están forradas de cuadros y varios retratos de este pintor que a días dibuja y a días se emplea como director de arte en una empresa gastronómica de Kuwait, donde reside.

Este valenciano de la Olivereta, de 42 años, es hijo de Marina y Salvador, una modista y un ebanista. Dos grandes artesanos que brillaron cada uno en su campo. José Antonio, de adolescente, empezó a trabajar en el taller de su padre y su abuelo, en Torrefiel. Aún quedan recuerdos de aquellos ebanistas en la planta baja de Avellanas. Como una sierra de madera con el nombre escrito a mano de Salvador Estela y algunas herramientas. Muchos de sus clientes eran azulejeros de Castellón.

A José Antonio siempre se le dio bien el dibujo. Su padre le compraba cómics y el niño, antes de leérselo, cogía un lápiz y dibujaba a los personajes en una hoja en blanco. El chaval era mejor dibujante que estudiante. Hasta que salió del instituto y acertó con su vocación. Su amigo Manolo le animó a estudiar Imagen y Sonido. Se decidió y un pésimo estudiante se convirtió de repente en el mejor de todos. “Saqué la mejor nota de la Comunitat Valenciana y uno de los mejores expedientes de toda España”, recuerda. De ahí, ya crecido, se atrevió con Diseño Gráfico y, otra vez el mejor de su promoción, volvió a brillar.

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Después de trabajos esporádicos y una aventura empresarial que acabó con una traición, con 27 o 28 años, se quedó tocado, pero entonces le surgió la oportunidad de trabajar para Tempe, la marca que hace el calzado y los accesorios de Inditex. Justo en ese momento su novia encontró trabajo en Kuwait. El joven se vio de golpe en una encrucijada. Aquella vez venció el José Antonio romántico y se mudó a este emirato del norte del golfo Pérsico. Sin trabajo ni dominio del inglés. A la aventura.

Director de arte

"Allí lo pasé muy mal. Te sientes muy lejos y en mitad del desierto, como aquel que dice. No hay nada comparable a España y ni siquiera a Europa. Estuve en la mierda: pasé casi dos años intentando encontrar trabajo de lo mío", dice. Acabó tan harto que hizo las maletas y se volvió. Pero el destino le mandó rápidamente de vuelta. Un par de empresas a las que había mandado su currículo le llamaron en plena Navidad porque estaban interesadas.

José Antonio volvió a Kuwait y empezó a trabajar en una multinacional. El novato se ofreció a trabajar gratis hasta final de mes. Si los dos estaban contentos, ya negociarían un acuerdo. Si no, se volvía definitivamente a España. El trabajador y Baker Group hicieron ‘match’. Su empresa es la principal compañía de hostelería del país y tiene cinco marcas (Subs, Herfy, Abu Saleem, Kanafani y Mr. Baker) que producen tartas, pasteles, dulces árabes y hasta ‘fast food’. 

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Allí empezó como diseñador gráfico. "Al principio hacía cosas muy sencillas, pero como sabían que era fotógrafo me propusieron más tareas". José Antonio fue prosperando hasta que, un día, propuso que le compraran el material fotográfico para que dejaran de externalizarlo y así se convirtió en el director de arte. “Yo me lo guisaba y yo me lo comía. Ahora soy el que toma las decisiones estéticas de toda la empresa”.

Este profesional valenciano decidió cortar de golpe cuando llegó la pandemia porque vio que sus padres estaban muy mayores. José Antonio se volvió a su tierra para cuidarlos y estar a su lado. Antes se había tenido que casar para vivir con su novia y en aquel momento, además, se unió el divorcio. Varios golpes seguidos que le dejaron muy tocado. "Tuve que recomponerme", cuenta sobre unos años en los que se alejó de Kuwait y empezó a trabajar en València, en una empresa que estaba en la plaza del Ayuntamiento.

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El local donde tiene los muebles de su padre y algunos de sus retratos es estrecho pero acogedor. A las diez en punto se escuchan, de fondo, las campanadas de la Catedral. José Antonio, pese a que se intuye que le ha ido bien en Oriente Medio, viste de manera muy sencilla, con unas modestas Adidas negras, ropa de chándal y una gorra negra de Kalenji.

Tirado en el desierto

José Antonio regresó a Kuwait el año pasado para la campaña de ramadán, una época del año en la que las marcas sacan productos especiales. Mr. Baker pone en circulación otro tipo de tartas que solo se venden durante el ramadán. Un chute de azúcar para cuando se esconde el sol. "A mí no me gustan los dulces y allí, encima, les encanta que lleven mucho azúcar". Durante todos esos años, además, José Antonio nunca abandonó su vena artística y siguió con los retratos. "Solo he dejado de dibujar cuando he estado en Kuwait", dice, aunque siempre mantiene activa su página web (retratos.stela.es).

No es especialmente feliz viviendo en Kuwait. Le encanta su trabajo, sus funciones, la responsabilidad, la creatividad. Coger el coche y ver sus bodegones anunciados por la ciudad. Pero el resto de su vida es tediosa y plagada de anécdotas que caen muy bien en las comidas de Navidad, pero que no fueron agradables de experimentar, como el día que se le paró el coche en mitad del desierto, sin agua y después de que le explotara el móvil. "Me puse a la sombra del coche y esperé dos o tres horas hasta que pasó alguien".

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Por eso su planteamiento es muy claro: apurar los tres meses que tiene de visa sin parar de trabajar y, en cuanto expira, volver a casa. El 5 de enero cogerá un vuelto de Turkish Airlines a Estambul y desde allí volará a Kuwait. Tres meses a tope de trabajo y vuelta a València. "Yo allí voy a trabajar, no tengo nada más que hacer". 

La subida de los precios en España ha hecho que Kuwait haya dejado de parecerle caro. Cuando llega a su destino coge el Toyota Camry que se alquila durante esos tres meses y después lo suelta. Lo mejor es que la gasolina es más barata que el agua. También se alquila un estudio. No compra nada. Sus planes, aunque no los tiene, no pasan por alargar su vida en el emirato. La temperatura en invierno es agradable; en verano, insoportable. No mucha gente quiere vivir allí. José Antonio cuenta que los indios y los filipinos, que han sido la mano de obra durante años, poco a poco han ido desapareciendo y que ahora los peones provienen de países muy recónditos.

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Él no hace planes. Sus padres ya murieron hace dos y tres años. Y ahora igual dura dos años más que en abril viaja a València y no vuelve nunca más a Kuwait. Va tirando. No se obsesiona con el dinero porque lleva una vida sencilla y detesta la ostentación. A él le gusta ir con su chándal y su gorra barata. Es feliz así. Una vida con pequeño placeres, como ir al colmado del indio por la noche y comprarse una cerveza bien fría. El país del lujo no le ha salpicado.

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