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LOS DADOS DE HIERRO / OPINIÓN

Violencia vegana

Sobre la violencia en política, todos estamos de acuerdo en que es inaceptable. Los problemas empiezan cuando entramos en detalles

31/10/2021 - 

Tomemos la polémica alrededor del consumo de carne, con motivo de las declaraciones del ministro Alberto Garzón (declaraciones bastante comedidas, ya que simplemente pedía reducir el consumo, no prohibirlo). Aparte de ver a un gran número de políticos de la oposición reivindicar el consumo de chuletones carbonizados como derecho humano fundamental, o presentar un filete empanado con patatas fritas como el epítome de la dieta mediterránea, también han surgido muchas voces de apoyo. Entre otras, los médicos y la OMS, que afirman que comemos mucha más carne de la necesaria. Incluso los defensores del costillar al horno admiten que la causa del vegetarianismo es, como mínimo, legítima. 

Ahora bien, si este activismo anti-carne empezase a realizar “acciones directas”, ¿pensaríamos lo mismo? Si los activistas empezasen a asaltar macro granjas, o a sabotear mataderos, ¿afectaría eso a nuestra percepción de la legitimidad de la causa en general? ¿Y si pasasen a la violencia abierta contra dueños de mataderos o columnistas de opinión, llegando incluso a matar a gente? En ese caso, es muy probable que no solo los activistas, sino la propia causa que defienden, se vería en entredicho para la mayor parte de la población. Sin embargo, a lo mejor en 120 años el consumo de carne industrial, el encerrar a seres vivos y castrados en jaulas minúsculas para cebarlos con pienso y medicamentos y luego matarlos, es visto como una barbaridad desquiciada, y estos activistas violentos son honrados como mártires o pioneros.

Porque lo cierto es que la violencia política nos parece plenamente justificada cuando la causa “lo vale”. Un sencillo ejercicio de imaginación: imaginemos que de repente nuestros gobernantes deciden que nuestros sistemas políticos no funcionan, que un porcentaje importante de los votantes se deja llevar por las pasiones y el sentimentalismo en vez de elegir de forma racional, y que la solución es quitarle el voto a la mitad de la población. Seguramente, una inmensa mayoría de nosotros (y no solo de la mitad que perdería el voto) pensaría que, ante esto, sí se justifica la violencia. Nuestra democracia está basada en el sufragio universal, y por tanto quitarle el voto a la mitad de la gente es cargarse la democracia.

Pero, y aquí llega el contencioso, eso viene del concepto de “nuestra” democracia. Otras democracias lo pueden ver distinto. Y hace apenas 120 años se daba exactamente esa misma situación: la mitad de la población no tenía el voto. Concretamente, las mujeres. Para reivindicar ese derecho, surgió el movimiento sufragista, que fue muy fuerte sobre todo en el Reino Unido. Un movimiento muy amplio y que en líneas generales usaba medios pacíficos, como manifestaciones o escribir indignadas cartas a los diputados de sus distritos. Pero en todo movimiento siempre hay gente que se radicaliza, y dado el tamaño de la población afectada (la mitad de la gente), no debería extrañarnos que eso también pasara en el movimiento sufragista. Una minoría de activistas sí decidió pasar a la “acción directa”, con desobediencia civil, reventar mítines de quienes las combatían políticamente, enfrentamientos con la policía (a veces bajándoles los pantalones en público, y otras practicando Jiu-Jitsu con ellos), roturas de cristales y ventanas, y –cuando eran encerradas en prisión- huelgas de hambre.

Esta radicalización llegó a su cenit en la década de 1910, incluyendo envíos de bombas caseras por correo y el incendio de edificios. Prácticas que causaron varios muertos, que en su momento fueron llamadas “terroristas”, y que hoy por supuesto también lo serían. Consideradas por la policía de ese momento igual de peligrosas que el terrorismo irlandés o el anarquista.

El estallido de la Primera Guerra Mundial puso fin a todo esto, cuando las sufragistas optaron por apoyar el esfuerzo bélico y animaron a las mujeres a colaborar como enfermeras o trabajadoras en las fábricas de munición. Esto tuvo recompensa: al finalizar la guerra las mujeres británicas fueron recompensadas con el voto. En principio solo parcial, para las mujeres de más de 30 años y con propiedades; una concesión a los conservadores, que temían una política controlada por las mujeres (con tantos hombres muertos en la guerra, las mujeres eran mayoría). La igualdad total en el sufragio no se alcanzó hasta 1928 (para entonces, los tories ya se habían dado cuenta de que las mujeres votaban conservador guiadas por los valores familiares, eran los hombres los que –radicalizados por cuatro años de trincheras- votaban laborista).

Al final, pues, las mujeres lograron en voto. ¿Gracias a la violencia ejercida, o a pesar de ella? Aquí hay opiniones para todos los gustos, pero muchos historiadores coinciden en que sí, fue –al menos en parte- gracias a la violencia. Lo cual nos plantea el gran dilema: si hoy consideraríamos justificado acudir a la violencia para evitar que media población pierda el voto, ¿no estamos diciendo que el terrorismo sufragista de 1910 estaba justificado? 

Un dilema del que no logramos escapar, y que resolvemos… ignorándolo: todo lo relacionado con el terrorismo sufragista ha sido completa y convenientemente borrado de la memoria colectiva. La lucha por el sufragio se ha visto reducida, si acaso, a asépticos debates entre Victoria Kent y Clara Campoamor, que permiten a las derechas afirmar falsamente que el voto femenino lo conquistó/reconoció/introdujo (y en algún lapsus “concedió“) la derecha política. Mucho mejor eso que reconocerles a las propias mujeres la capacidad de luchar por lo que por derecho les pertenece mediante un tomatazo a la cara de Cánovas del Castillo, ¡donde va a parar!

Con el veganismo, podemos acabar viendo un desarrollo similar: su expansión social se verá acompañada de frecuentes polémicas como la causada por Garzón, y pasaremos por varias décadas en que populistas de todo color reivindicarán orgullosamente “el derecho a comer carne”. Igual que durante décadas hubo políticos conservadores defendiendo el rol tradicional de las mujeres en nombre de las Escrituras, del sentido común, o de la biología. 

En algunos medios ya están ensayando los coros del carnismo. Y habrá activismo violento, sin duda. Pero si algún día se produce el vuelco (y dadas las emisiones causadas por -y los costes invisibles de- la ganadería intensiva, es inevitable que habrá al menos importantes avances en esa dirección), será apenas cuestión de un par de años para que todos estos enfrentamientos queden olvidados. Igual que lo fueron las huelgas salvajes al final del franquismo, la revuelta de Stonewall en la despenalización de la homosexualidad, la violencia en el movimiento por los derechos civiles, o todo lo que hizo el IRA antes de 1921. Porque siempre nos incomoda pensar hasta qué punto las evoluciones políticas y sociales se fundan en la violencia.

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