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Ximo Tébar,  el jazz que nunca entendió de fronteras

Más de tres décadas de carrera contemplan a uno de los jazzman valencianos más internacionales, un músico polifacético que ha extendido sus intereses desde la fusión de sonidos, presidida por un acento inequívocamente mediterráneo, hasta el mundo del arte visual

15/06/2021 - 

VALÈNCIA. Para Ximo Tébar (València, 1963), la música jazz es, esencialmente, fusión. Una forma de absorber todos los sonidos que circularon a su alrededor desde que era un crío, expandirlos y viajar con ellos a latitudes lejanas. Tanto mental como físicamente. Leyendas del género, como Benny Golson, George Benson o Lou Bennett, hablaron maravillas de él. Su historia está íntimamente ligada al desarrollo y la proyección del jazz en València, la ciudad de garitos tan emblemáticos como Tres Tristes Tigres, Perdido Club, Black Note o Jimmy Glass, tierra de músicos virtuosos. Su discografía es un amplio caleidoscopio. Y una incontable colección de premios y reconocimientos. La vida es, para él, puro jazz. Y el jazz es su vida.

Con más de tres décadas de carrera, alrededor de una veintena de discos y giras acumuladas por todo el planeta, Tébar echa la vista atrás desde su experiencia actual como docente en la UCLA (Universidad de California), bajo dirección de Herbie Hancock y Kenny Burrell, y se sacude los rigores de la pandemia —la misma que cortocircuitó la presentación de Brazilian Jazz Project, su última aventura— con la presentación de Infinity Art, una singular forma de coleccionismo de arte modular —con piezas de Luis Lonjedo, Ortifus, Rebeca Plana o Inma Liñana— que ha impulsado, y que ha pasado ya por Madrid y València. Para nosotros, es una excusa como cualquier otra para repasar con él toda su carrera.

— El proyecto Infinity Art, presentado en Ifema en abril de 2021 y luego en El Corte Inglés en València durante mayo, está compuesto por piezas de arte (pintura) coleccionable e interactivo. ¿Cómo surge? Dices que nace de tu afición por la geometría y por la fragmentación, algo típico de la música hoy en día, ya que casi nadie escucha discos completos.

— Durante doce años estuve llevando una dirección artística sobre músicas del mundo y arte moderno en el IVAM, y conviví con artistas visuales valencianos e internacionales. Estaba familiarizado. Y este proyecto fue sencillo porque todos estuvieron encantados; me asesoré bien. Además, mi pareja es Rebeca Plana, pintora de arte abstracto, y me di cuenta de que el hábito de consumo actual de la música no ha llegado al arte: una propuesta de arte como Spotify no la hay. ¿Por qué no puede un amante del arte llevarse una parte de una obra a su casa?

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— ¿Te condiciona esa forma tan fragmentaria de consumir, como creador?

— No, yo los discos los sigo concibiendo como algo conceptual. Nunca me he planteado sacar canciones sueltas. Es verdad que una sola pieza, el Adagio, sigue siendo lo que más se consume de El Concierto de Aranjuez, y que el mercado sí que permite la compra de canciones sueltas. Pero mis discos no van por ahí.

* Lea el artículo íntegramente en el número 80 (junio 2021) de la revista Plaza

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