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el interior de las cosas / OPINIÓN

Entre la vida y la muerte

2/08/2021 - 

 Algunas veces me detengo a fumar entre la Lonja y la sede de lo que era Caja Castelló, después Bankia, ahora Caixabank, en la calle Cavallers de Castelló. Me siento en el borde de piedra de la fuente redonda que abre la calle hacia la plaza de las Aulas. Allí, cuando ocupo un trozo de piedra, pienso siempre que lo hago sintiendo de cerca la presencia de Paco Cabanes en esa emblemática mano de pelotari que creara Manuel Boix.

Su mano, sus manos, esos dedos maltrechos, esas manos enormes, cálidas. Manos que abrazaban fuerte y constantemente, que se movían al tiempo que su mirada y que su eterna, su bella e imperiosa sonrisa. Como bien escribía en redes sociales estos días el estimado Josep Pérez continuarem  veient les teues mans esculpides en bronze en tantes places i llocs públics, en tants i tants i llocs on artistes com Manuel Boix ens han deixat la teua petjada per a sempre

El Genovés ha emprendido el vuelo que nadie deseaba, que nadie esperaba. Pienso en él, porque, además, el equipo pilotari de Gavarda, en la Ribera Alta, conseguía el título autonómico de Raspall de la Diputación de València, en Càrcer, el domingo 25 de julio. Un orgullo de tradición y cultura del deporte autóctono por excelencia, el deporte del pueblo, de la calle, de la gente corriente.

La pilota, esa cita dominical, o de sábados, que es sagrada en las calles de muchos pueblos. En Gavarda lo era y lo es. Paco Cabanes Pastor, nacido en la calle La Font del Genovés, en la Costera, hijo pequeño de la tía Carme y de Josep el Tauler, ha sido uno de los que recuperaron esta tradición que intentaron cargarse en tiempos del franquismo.  Es el más grande. Gracias a mi querida amiga y colega Tona Catalá, a mi estimado Toni Mollà, a quienes acompaño en estos duros momentos, he podido compartir historias e instantes inolvidables con El Genovés que, además, entre tantas otras emociones, era un ídolo de la adolescencia, era -siempre lo ha sido- muy guapo, atractivo, y un magistral pilotari que perseguíamos por la comarca. Era una gran persona, cercano, cálido y uno de los mejores emblemas de este país valenciano que ha ido perdiendo señales de identidad. 

La muerte de Paco, el Xiquet del Genovés, ha revuelto el alma de amigas y amigos cercanos, de muchas personas que lo han admirado. El luto oficial de este domingo se ha extendido por todo este pequeño país mediterráneo. Ha recibido numerosos homenajes, reconocimientos, obituarios. El artículo de Fernando Miñana en Valencia Plaza es conmovedor, bellísimo, demoledor. Ha llegado el día. El maldito día. La muerte no pide turno y, aunque le habían ingresado hace dos o tres días tras recaer del cáncer, a la mayoría nos pilló a traición. Era fanático de los Rolling Stones, como lo éramos en Gavarda, y de Serrat y de Raimon. Una persona con quien nos identificamos una generación entera y las siguientes generaciones.

Mi querido colega Txema Rodríguez ha sido autor de las mejores fotografías de las manos de Paco, de su vida y sus emociones. Muchas y muchos lo han fotografiado, pero el blanco y negro de Rodríguez es único, sobre todo porque, además, escribe magistralmente. En 2015 Txema Rodríguez realizó una serie de fotografías de Paco Cabanes, deteniéndose en sus manos y en la rutina de una partida, de una oficina vestuario, de las emociones de un público que iban desde una pequeña niña, de su familia, María Luisa y José Genovés II, hasta la gente mayor que le abrazaba emocionada. Hay cosas sobre las que resulta imposible escribir, historias cuyo peso abruma de modo que las palabras pelean por huir, incapaces de ser fieles a la realidad. Comenzando por el intento de explicar quién es Paco Cabanes, Genovés, y de contar aquella mítica partida jugada hace veinte años contra Álvaro y considerada, sin eufemismos, la del siglo. Y por la cruel enfermedad de Empar, su nieta, afectada por el síndrome de Treacher Collins… http://www.txemarodriguez.es/de-heroes-y-ninos/ . 

Era el pilotari del pueblo, de mi pueblo familiar valenciano y el de otros muchos lugares de esta autonomía que ama grandiosamente, -afortunadamente-, y sin medida la pasión, las raíces y las señas de un deporte que viene de abajo. Un deporte que ya se practicaba en tiempos ancestrales, porque la necesidad de expresar identidad, movimiento, luchas y creencias surge siempre entre la gente la calle, desde la calle. En el país valenciano y en la historia de muchas civilizaciones, desde aztecas, romanos, griegos… la calle brinda la vida, la estima, la identidad y la hermandad. Y la vida es la calle. 

Las manos de El Genovés son las manos de quien ha luchado, ha amado y ha jugado intensamente para mantener una cultura que se iba diluyendo. Son las mismas manos de quienes cultivan la tierra, de quienes han mantenido desde hace decenas y centenares de años la huerta de este paisaje tan nuestro. Las mismas manos que han sembrado el arroz, recogido la naranja, las almendras, las alcachofas… o quienes han plantado los mejores tomates que ahora gozamos en agosto en todos los pueblos desde el norte hasta el sur.

Siempre me han obsesionado las manos. Las manos de unas abuelas que trabajan desde el amanecer hasta la medianoche, trabajando en el campo, recolectando, cocinando, cosiendo, fregando, retorciendo la ropa en el lavadero público… Manos ásperas que transmitían un amor infinito, que se envolvían en el aroma del sostenible y saludable jabón casero. Las manos de un abuelo y unos tíos conquenses que trabajan el campo, que pastoreaban con las ovejas, como lo hizo mi enfermizo padre hasta que le tocó un servicio militar que le llevó a València y luego a Madrid. Un exilio que no parecía gustarle, pero que le proporcionó aprender a leer y escribir y, lo más excitante, cambiar una cuerda de pita por un cinturón, por no hablar de poseer unas botas y unos zapatos. También le proporcionó crear una familia, unas hijas y un hijo, que amó profundamente y a quienes transmitió una memoria imprescindible para crecer y ser buenas personas.

Siempre me han obsesionado las manos. Estas articulaciones que movemos y nos sirven, por ejemplo, para escribir como ahora escribo. Mi padre se avergonzaba de sus manos cuando nos reuníamos la familia en torno a mis abuelos, en aquella Posada de peones camineros que regentaban en Reillo, un pequeño pueblo de la serranía conquense. Mi padre no tenía cicatrices externas, las suyas iban anímicamente por dentro. No tenía callos en los dedos ni uñas rotas, ni dedos atacados por el exceso de trabajo en el campo. Sus manos eran finas, y amorosas, manos que acariciaron a sus hijos y al único nieto que conoció, pero le producían el dolor de quien siente que abandonó su tierra, a sus padres y hermanos, todo aquello que era su mundo de infancia y adolescencia.

El mestizaje, mezcla de culturas e identidades, se revela como el movimiento de las manos de miles de personas. Mi padre guardó sus manos hasta su muerte, y regresó, para seguir allí, en su pueblo, junto a los suyos, en un cementerio sencillo, en medio de un paisaje inigualable, una llanura muy bella. Naces, creces y tu vida se aleja de la cuna de nacimiento. Creces y la vida te obliga a emprender interminables viajes. Vives y entiendes que el sol y la luna tienen diferentes colores en la tierra que amas y en la tierra que te toca vivir por necesidad, y que acabas estimando. Porque vamos dejando semillas a nuestro paso. Semillas que han florecido y han emprendido su camino. Entiendes y amas todas las tierras. El Genovés, y sus manos, y sus abrazos, y otras muchas otras personas, y otras manos, otras miradas, me enseñaron a amar todas las tierras, culturas e identidades de quienes nos incluyen, de quienes preservan su memoria y , ahí, precisamente, es donde quiero vivir. 

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