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La nave de los locos / OPINIÓN

¿Acaso soy un fascista?

La palabra fascista, pese a tener un siglo a sus espaldas, goza de muy buena salud. Desde que te levantas hasta que te acuestas la oyes en el bar, en el trabajo, en el metro, en la televisión. Quienes hacen más uso de ella son los políticos y periodistas de izquierda. Fascista es todo aquel que no piensa como ellos

27/03/2017 - 

Una mañana de domingo, al salir del museo del Patriarca de Valencia, oí una voz enfurecida y ronca a mis espaldas. Me giré y vi a un hombre de rostro desencajado, aspecto desaliñado y ojos de loco. Me señaló con el índice, como si fuera culpable de sus desdichas, y me espetó:

—¡Eh, tú, fascista!

Quise no darme por aludido.

—¿Es a mí?

—¿A quién si no? ¡Fascista de mierda!

Sus gritos destemplados me contrariaron, esa es la verdad. La situación era desagradable, embarazosa para mí. Había niños correteando por la plaza. Cuando oyeron el insulto que ese hombre me había dirigido, dejaron de jugar pero por poco tiempo. Como son muy listos, se dieron cuenta enseguida de que no estaba en sus cabales y siguieron a lo suyo. Uno de ellos se acercó a avisar a sus padres sobre lo sucedido. La madre, una mujer atractiva y delgada de unos cuarenta años, que escondía sus ojos tras unas gafas de sol de marca, lo tranquilizó:

—Si se mete con contigo o con tu hermanito se lo dices a papá y va y le pega a ese señor.

—¡Vale, mami!

Esta pareja estaba sentada en una terraza en las que todas las mesas eran ocupadas por clientes que respondían a un mismo patrón: gente bien, o sea, hijos de la clases acomodadas y criminales de la ciudad sin otra preocupación existencial que elegir el destino de vacaciones en Semana Santa. Unos consultaban sus móviles, ajenos a la escena desagradable que yo había vivido, y otros conversaban sobre trivialidades, entre sorbitos a sus cervecitas, acompañadas de aceitunitas que endulzaban sus finos paladares.

El hombre que me había insultado se dio la vuelta. Mientras caminaba calle abajo en dirección al Parterre, iba rumiando toda clase de exabruptos, quién sabe si dirigidos también contra mí.

En verdad, ¿era yo un fascista? ¿Había sido un improperio carente de toda lógica o ha había algo de razón en ello? Me miré en los espejos de Loewe, ya en Poeta Querol, y repasé mi aspecto de pequeñoburgués (en todo pequeñoburgués puede anidar un fascista). ¿Me había llamado fascista por ir correctamente afeitado, por llevar el pelo bien peinado con la raya a la izquierda, por haberme puesto corbata? ¿O me lo había llamado tal vez por salir de un museo católico?

Fascistas son también los toreros y los taurinos; los que hablan castellano pudiendo hablar valenciano; los que siguen comiendo carne y los que van a misa los domingos

Estas dudas, estas preguntas sin respuesta me acompañaron hasta que llegué a casa. En la biblioteca familiar busqué unos libros que me había regalado mi tío falangista Narciso. Quería dar con pistas sobre mi hipotética condición de fascista. Ese domingo por la tarde me lo pasé leyendo a Pareto, Mosca y Ernst Jünger; hojeé la biografía de Ian Kershaw sobre Hitler y comencé la de Joan Maria Thomàs sobre José Antonio. Me empapé del fascismo en todas sus manifestaciones pero fui incapaz de llegar a una conclusión satisfactoria. Después de tanto leer, aún ignoraba si yo era un perro fascista.

A la mañana siguiente, un lunes cruel como todos los lunes, me percaté de que la palabra fascista era muy repetida en la calle y en las tertulias de las televisiones y las radios. Quienes hacían más uso de ella eran los políticos y periodistas de las izquierdas, singularmente la comunista. A falta de defender sus teorías con argumentos razonables y creíbles, fascista era todo aquel que no pensaba como ellos.

Fascistas son los millones de votantes del PP

Fascistas eran —y siguen siendo— los millones de votantes del PP y Ciudadanos; los que van a misa los domingos o la ven por la televisión pública; los que se oponen al aborto; los que no aplauden la fiesta del Orgullo Gay; fascista es el alemán Ratzinger pero no así el Papa Francisco, admirado por todos los ateos progresistas; fascistas eran, como es sabido, el Cid, Cristóbal Colón y Hernán Cortés; fascistas son los toreros y los taurinos; los que hablan castellano pudiendo hablar valenciano; los que siguen comiendo carne; fascista es aquel que nunca comienza un discurso diciendo “ciudadanas y ciudadanos”. Como mínimo, la mitad de la población es fascista a juicio de la otra mitad. Todos esos millones de fascistas son merecedores del escarnio público. Si hubiera campos de reeducación al estilo maoísta, habría que mandarlos allí para que se desprendiesen de sus ideas reaccionarias.

Convendréis conmigo en que el término fascista, pese a tener un siglo a sus espaldas, goza de muy buena salud. Desde que uno se levanta hasta que se acuesta lo oye en el bar, en el trabajo, en el metro, en los vestuarios del gimnasio. En nuestro vocabulario menguante que nos acerca poco a poco al de los gorilas del Bioparc, la palabra fascista tiene muy pocos pero poderosos competidores. Citaría, entre ellos, el verbo “interactuar”, el sustantivo “empatía” y el adjetivo “complicado”. Esta pobreza en el lenguaje en un reflejo de la escasa calidad de nuestro pensamiento. Este pensamiento exánime explica que veamos fascistas por todas partes y en cualquier momento del día, como ese empresario jubilado que lee tranquilamente el Abc en Viveros mientras su nieto da de comer a las palomas en una mañana soleada de marzo.  

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