ALGUNES NOTES SOBRE ART CONTEMPORANI

Alberto Feijóo: interrumpir un proceso para hacerlo visible

26/06/2021 - 

VALÈNCIA. La ventana del Word cubre una foto de Alberto Feijóo. El recuadro del programa se sobrepone a un bodegón. Mientras se escribe el artículo, el previsualizador de imágenes muestra un rectángulo de mortadela. El ratón busca la flecha para pasar a la siguiente foto. La acción trae al frente la imagen y el artículo se queda en segundo plano. En pantalla: FEIJOO_3.jpg, una toma de la exposición Display Me en la que se ve una obra de Alberto Feijóo. 

Se acaba la lista de Spotify, Alt Tabulador, el reproductor copa toda la pantalla, play en xXXi_wuv_nvrstøp_ÜXXx (Remix) [feat. Tommy Cash & Hannah Diammond] de 100 gecs. Alt Tabulador, vuelve la foto de la exposición, el Word y suena la voz de Hanna Diammond. Como procastino demasiado vuelvo a saltar de una ventana a otra. Se abre Chrome: www.instagram.com, chequeo mensajes, vuelvo al artículo y a la foto. Paso de imagen: FEIJOO_5.jpg, Alberto Feijóo en el suelo habla con la modelo a la que fotografiaría momentos después.

- La última foto que he hecho es un yunque del herrero al que voy a soldar las piezas. Ese yunque para mí es un objeto de culto. Un objeto muy atractivo que he fotografiado tras semanas de ir, verlo y pensar cómo retratarlo - comenta Alberto desde Skype-. Con los y las modelos hago lo mismo, los busco antes, selecciono, intento conocerlos y generar una relación. No me gusta la fotografía paracaídas. Intento establecer una relación y a partir de los lazos de unión y puntos en común encontrar la foto. Pero al final lo que sale es pura superficie, que es, lo que es la fotografía.

La fotografía vive en la presión de ser documento de aquello fotografiado. Una tensión que puede acabar escondiendo la experiencia de quien toma la foto. Como en trabajos de Wolfgang Tillmans en los que en las imágenes se hace muy patente la relación que el fotógrafo entabla con lo retratado, el yunque del que hablaba Alberto Feijóo tiene esta potencia. Un yunque random para el espectador, que genera una ambigüedad que le da la vuelta al calcetín. Al final, la imagen desde la potencialidad de lo aleatorio produce una escena que se vuelve cercana, que tiene algo del azar espontáneo de los gestos cotidianos.

- Tengo una relación íntima con lo que fotografío. En mi primer proyecto que trataba sobre la juventud, sus objetos, estados y sensaciones, lo que fotografiaba eran paisajes de alrededor de mi casa- dice Alberto-. En mis trabajos intento ligar, o hacer paralelismos entre una historia que está documentada, que está institucionalizada, y mi propia historia y mis vivencias. Eso es algo que también hago como recolector. A parte de la fotografía también colecciono objetos, imágenes, historias. Coleccionar es algo muy visceral, que pones en práctica todos los días y que configura el espacio que te rodea. 

Alberto concibe el coleccionismo como un proceso abierto. Su colección se construye de imágenes y objetos, con los que entabla un relación personal. Esa acumulación coleccionista acaba repartiéndose por las mesas de su estudio, su casa o su habitación. Del contacto con esos objetos y las historias que atesoran salen sus trabajos. Para el artista la pulsión coleccionista tiene la capacidad de resignificar los objetos, esta manera de operar resuena también en su trabajo fotográfico. 

A Alberto le gusta entender que cuando él encuadra con su cámara un objeto, construye una fuga de su historia. Una manera de abrir el código y explicitar que la fotografía es un mirada personal y subjetiva. “La fotografía como técnica deja muchos significados abiertos, es muy polisémica”. Tanto, que a veces se necesita texto para que se cierre la imagen. En el caso de su obra eso se da con el título de las fotos, pero por otro lado el fotógrafo quiere dejar espacio para que la espectadora saque sus propias conclusiones. Por esta razón sus títulos se mueven más en la sugerencia que en la descripción.

- Los fotógrafos más tradicionales intentan dar un relato muy cerrado, ya sea ficción o documental. Intentan generar una justificación, yo no intento hacer eso porque no me creo esas narraciones herméticas, prefiero la interpretación personal o la empatía subjetiva. En mi trabajo opera la duda, el misterio o las sombras, más que la luz que yo pueda arrojar sobre un tema. 

La fotografía se inventa bajo la necesidad de tener una tecnología de descripción objetiva de la realidad. Un lenguaje que construye un documento que acredita que algo era así. Tal vez esta sea una de las grandes ficciones de la fotografía. Los proyectos de Alberto Feijóo ponen en crisis esa ficción fotográfica. Hace unos años el fotógrafo presentaba unas piezas en el open call de Luis Adelantado, las obras expuestas generaban una incertidumbre placentera. En ellas unos bodegones con frutas en los que aparecían naranjas azules. Cuando observabas las imágenes había algo que te hacía cuestionar que estabas mirando. Aunque supieses, por la precisión representativa de la foto, que lo que estabas mirando eran naranjas, había una sensación de extrañamiento que te hacía interrogar al objeto.

Objetiva y subjetiva. Extraña y conocida. Aleatoria y pensada. La fotografía de Alberto Feijóo se mueve en estas idas y venidas. Movida por la dualidad entro lo concluso y abierto, la estética del artista, crea una duda ante los significantes producidos por una tecnología de la objetividad. “Mis trabajos habitualmente están sin definir y abiertos. Porque es el trabajo de estudio y lo que me voy encontrando ahí, lo que se va acumulando, que para mí es un archivo o una colección, es lo que suelo presentar”.

-Me interesa plantear el trabajo de una manera muy inacabada porque, en realidad, no tengo ninguna certeza en cuanto a nada. Ni en cuanto a mi futuro, ni a las cosas que me han dicho. Obviamente, a la academia tampoco me la creo. Entonces es como una especie de incertidumbre, escepticismo hacia la imposición de una forma, de unos tiempos o de un acabado. 

En su última exposición, 2020 en la galería Punto, el artista repartía sus obras entre la pared, unas mesas o almohadas. El trabajo fotográfico se expande también a los soportes, a partir de los cuales pone en cuestión una serie de imposturas. “Hemos construido la convención de que una foto enmarcada tiene un rango superior a una imagen que está sobre la pared o sobre una mesa, a mí me interesa darle la vuelta a esto. Entiendo que todas las fotos tienen el mismo valor estén impresas en una taza, en un papel o con un marco metálico”.

-Trabajar el soporte es una herramienta en la que puedo dar pie a visibilizar el trabajo de estudio, donde se acumulan las imágenes. Yo, por ejemplo, utilizo la mesa como un elemento muy importante como una especie de objeto para pensar, editar o descartar. Me gusta poner ese mueble en la sala para que se active su lectura de objeto del proceso. Me interesa esa interrupción poniéndola y que se presente tal cual está en el estudio -explica el artista-. Traslado al espacio expositivo ese trabajo abierto, en el que la imagen va cambiando de posición. A veces cobra más importancia una imagen pequeña o otra que esta en un eje de más alto. A veces una imagen tapa otra, algo así como si fuesen imágenes vivas”.

La fotografía se inventa bajo la necesidad de tener una tecnología de descripción objetiva de la realidad. Un lenguaje que construye un documento que acredita que algo era así. Tal vez esta sea una de las grandes ficciones de la fotografía. Los proyectos de Alberto Feijóo ponen en crisis esa ficción fotográfica. Hace unos años el fotógrafo presentaba unas piezas en el open call de Luis Adelantado, las obras expuestas generaban una incertidumbre placentera. En ellas unos bodegones con frutas en los que aparecían naranjas azules. Cuando observabas las imágenes había algo que te hacía cuestionar que estabas mirando. Aunque supieses, por la precisión representativa de la foto, que lo que estabas mirando eran naranjas, había una sensación de extrañamiento que te hacía interrogar al objeto.

Objetiva y subjetiva. Extraña y conocida. Aleatoria y pensada. La fotografía de Alberto Feijóo se mueve en estas idas y venidas. Movida por la dualidad entro lo concluso y abierto, la estética del artista, crea una duda ante los significantes producidos por una tecnología de la objetividad. “Mis trabajos habitualmente están sin definir y abiertos. Porque es el trabajo de estudio y lo que me voy encontrando ahí, lo que se va acumulando, que para mí es un archivo o una colección, es lo que suelo presentar”.

-Me interesa plantear el trabajo de una manera muy inacabada porque, en realidad, no tengo ninguna certeza en cuanto a nada. Ni en cuanto a mi futuro, ni a las cosas que me han dicho. Obviamente, a la academia tampoco me la creo. Entonces es como una especie de incertidumbre, escepticismo hacia la imposición de una forma, de unos tiempos o de un acabado. 

En su última exposición, 2020 en la galería Punto, el artista repartía sus obras entre la pared, unas mesas o almohadas. El trabajo fotográfico se expande también a los soportes, a partir de los cuales pone en cuestión una serie de imposturas. “Hemos construido la convención de que una foto enmarcada tiene un rango superior a una imagen que está sobre la pared o sobre una mesa, a mí me interesa darle la vuelta a esto. Entiendo que todas las fotos tienen el mismo valor estén impresas en una taza, en un papel o con un marco metálico”.

-Trabajar el soporte es una herramienta en la que puedo dar pie a visibilizar el trabajo de estudio, donde se acumulan las imágenes. Yo, por ejemplo, utilizo la mesa como un elemento muy importante como una especie de objeto para pensar, editar o descartar. Me gusta poner ese mueble en la sala para que se active su lectura de objeto del proceso. Me interesa esa interrupción poniéndola y que se presente tal cual está en el estudio -explica el artista-. Traslado al espacio expositivo ese trabajo abierto, en el que la imagen va cambiando de posición. A veces cobra más importancia una imagen pequeña o otra que esta en un eje de más alto. A veces una imagen tapa otra, algo así como si fuesen imágenes vivas”.