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Atenas: esclava de su pasado

La antigua ciudad-estado mira al futuro pero queda eclipsado por su pasado histórico, que se palpa en cada esquina y en cada piedra

27/09/2019 - 

VALÈNCIA.-En mi viaje a Atenas me reencontré con la mitología griega que tanto me fascinó años atrás —exacto,  con Atenea, Zeus, Apolo y el resto de los dioses del Olimpo—. Y lo hice a pesar de la primera sensación que te da la ciudad: caótica, saturada de tráfico y con edificios sin personalidad. Un ambiente que se diluye cuando ves de lejos alguna de las ruinas que salpican la ciudad baja (la puerta de Adriano, el Olimpión, el estadio o el Ágora) y ante la expectación de ver la Acrópolis, situada en lo alto de la colina que domina la capital griega.  

Mis primeros pasos fueron por la ciudad moderna, cuyo epicentro es la plaza Syntagma, donde se encuentra el Parlamento y la tumba al soldado desconocido custodiada por dos ezvones, soldados de la Guardia Presidencial ataviados con un traje tradicional —polainas, falda, boina y zapatones con borla—. El cambio de guardia se realiza en las horas impares pero el más llamativo es el domingo a las 10:45 horas. En él participan más de cien soldados y es bastante curioso de ver por los movimientos que hacen —parece que el pompón y el zueco van a salir volando en cualquier momento— pero si no dispones de mucho tiempo mejor que lo inviertas en otros lugares. 

Uno de ellos es el Museo Arqueológico Nacional, en el que recorrerás más de diez mil años de historia y fascinará al ver una de las joyas que atesora: la máscara de Agamenón. Es también digno de ver el Museo de la Acrópolis, donde podrás admirar, además de las auténticas cariátides del Erecteion —las de la Acrópolis son réplicas— las ruinas milenarias de la ciudad que se extienden bajo sus cimientos y son un testimonio de la vida en Atenas durante milenios.

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Una cotidianidad que hoy se despliega en el barrio de Plaka — significa ‘viejo’ en el dialecto arvanita—, situado a los pies de la Acrópolis, y que representa la Atenas de herencia bizantina y otomana. Lo mejor es dar un paseo sin rumbo por ese laberinto de callejuelas y escaleras, que baja desde la Acrópolis hacia la zona de Monastiraki, la calle Ermou y Vasilisis Amalias. Al margen de las omnipresentes tiendas de recuerdos, Plaka está llena de tavernas donde comer mezedes (raciones) y casitas blancas que recuerdan las típicas estampas de las islas —sí, parecen un pegote—. Sentarse en algunas de sus terrazas para comer o tomar algo es una auténtica gozada. 

De camino a la Acrópolis

Seguramente te pase como a mí y sin darte cuenta llegues al barrio de Monastiraki, donde debes dar una vuelta por el Yusurúm, el famoso mercado de pulgas de Atenas. Aquí encontrarás desde gramófonos y ropa de lo más variopinta hasta un salón con muebles antiguos montado en una plaza y listo para ser entregado. Vamos, un paraíso para los que siempre buscan gangas y antigüedades. Muy cerca de la plaza tienes el Mercado central de Atenas, donde comprar productos frescos de calidad y disfrutar de ese caos de los mercados de antaño, con los vendedores gritando a medio pulmón sus productos mientras la gente se abre paso por los estrechos pasillos con cuidado de no tirar nada. A mí me encantó.

 Antes de subir a la Acrópolis está el Templo de Zeus Olímpico (todavía conserva quince de las 104 impresionantes columnas corintias de 17 metros de altura); el Ágora Romana, construida por el emperador Augusto (entre los años 19 a. C. y 11 a. C.) y que se convirtió en el centro de poder, reunión y negocios del Imperio Romano en la ciudad. Sin olvidar el Ágora Antigua —se conserva muy bien el Templo de Hefesto—, donde se mezclaba la actividad social, política y comercial. Y si te gustan los deportes, en el Estadio Panatenaico (entrada: tres euros), no lo pienses y corre unos metros —tampoco hay que darlo todo— por las pistas que acogieron los primeros Juegos Olímpicos de nuestra era (1896) y remata la visita subiéndote al pódium y simulando que has quedado en el primer puesto —eso sí, sin trofeo, con las gradas vacías y la gente dándote prisa para que bajes y cogerte el puesto—. 

Ahora sí, toca ir a la Acrópolis y dejar volar la imaginación para reconstruir todos esos edificios que fueron destruidos y saqueados a lo largo de su historia. Es cierto que molestan un poco los andamios —siempre están con trabajos de rehabilitación— pero gracias a ellos hoy te puedes hacer una idea de cómo fue la época clásica. Lo mejor es ir a primera hora para evitar colas —si vas en verano es imposible— e ir directamente a lo más alto para disfrutar de las vistas del imponente Partenón sobre la explanada. Luego, deshaz el camino para visitar tranquilamente los otros edificios: la entrada de los Propileos, el Teatro de Dioniso, el Odeón de Herodes Ático, el templo de Erecteion y el de Atenea Niké. Un paseo que dejará tus ropas completamente blancas de la arena —no vayas con tus mejores galas— pero también te dejará un buen recuerdo porque ver con tus propios ojos lo que cientos de veces has visto y estudiado en los libros es algo casi mágico. 

Hacia el ombligo del mundo

Si estás más de tres días en Atenas te recomiendo hacer una excursión para ver la Antigua Delfos (Patrimonio de la Humanidad ) y el Oráculo de Delfos. Después de dos horas de viaje (desde Atenas son 180 km), llegarás a lo que durante muchos años fue el centro del mundo. Tras comprar la entrada (doce euros) y al poco de subir, encontrarás el Ágora Romana, para después empezar a pisar la Vía Sacra, la calle que va ascendiendo por el yacimiento hasta llegar al Templo de Apolo, símbolo de la Antigua Delfos, y el Teatro, con capacidad para cinco mil personas.

En el camino encontrarás la réplica del ónfalo —el original está en el museo—, que marca el punto donde las dos águilas soltadas por Zeus cruzaron sus vuelos sobre la ladera del monte Parnaso para marcar el centro de la tierra. Al final del camino te encontrás el estadio —el mejor conservado de Grecia—, en el que cada ocho años se celebraban los juegos Píticos. Para rematar la visita y tener una idea más clara del lugar entrar en el Museo arqueológico de Delfos.

¿Dónde está el Oráculo en el que se consultaba a los dioses? Pues está a unos 500 metros (hay que cruzar la carretera), en el Santuario de Atenea. Aquí sobresale el tholos (templo circular), con sus veinte columnas, de las cuales tres están restauradas. Y tras su visita puedes regresar a Atenas o seguir de ruta por el interior de Grecia para seguir reconstruyendo la fascinante historia de la antigua Hélade. 

* Este artículo se publicó originalmente en el el número de 59 (septiembre 2019) de la revista Plaza

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