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‘Big Little Lies’: la violencia doméstica no entiende de clases

La miniserie de HBO sobre el maltrato doméstico y diversas tipologías de abusos en un entorno social de gente acomodada, es una de las mejores producciones del año de HBO, que sitúa a Nicole Kidman como firme candidata a llevarse todos los premios por su interpretación

13/05/2017 - 

VALÈNCIA. Violencia dentro de la pareja, abusos sexuales, bullying, engaños sentimentales… El maltrato físico, psicológico y/o económico puede aparecer en cualquier entorno. Ni la educación académica ni el poder adquisitivo frenan una lacra que no entiende de clases sociales. Mujeres y niños habitualmente son los grupos más débiles, pero bien es cierto que las víctimas podrían ser hombres, personas de la tercera edad, o incluso animales domésticos. Las frustraciones mal gestionadas, materializadas en golpes hacia el otro.

En Big Little Lies, la joya de la temporada de HBO, estamos en Monterrey, una localidad costera en California, aunque podríamos estar perfectamente en una zona residencial de alto poder adquisitivo de cualquier otra ciudad o país occidental. El mar hace de espectador y de metáfora, en estos tiempos seriéfilos en los que la localización ha recobrado tanto valor simbólico. El mar: salvaje, impredecible, violento y bello. Como la vida, puede ser tan idílica como una postal de vacaciones, pero por debajo contener el horror.

La fotografía de Big Little Lies es oscura, pese a tratarse de la soleada California. Nubarrones, escenas casi siempre en sombra, melancolía en las miradas... Hay un toque noir en el tono y la estética que adelanta la tragedia. Bien podríamos estar viendo Broadchurch o cualquier serie nórdica como Forbrydelsen o Bron. Y no solo porque se haya cometido un crimen, como nos engañan en el primer episodio: por el montaje que nos presentan, pretenden hacernos creer que se trata de un whodunit.  Y en absoluto lo es. Es un drama descarnado y brutal. Como cualquier buen noir.

Acompaña al relato una excelente banda sonora con música norteamericana de diversas épocas y estilos, desde blues, rock al soul: Elvis, Jefferson Airplaine, PJ Harvey, Neil Young, Fleetwood Mac, Janis Joplin, Ottis Redding... Una delicia sonora y visual. Como último aspecto que resalta del producto está el uso de las miradas, las escenas sin apenas diálogos, que sin embargo dicen tanto, y demuestran la genialidad de la serie, de sus creadores y del trabajo de sus actores. La dirección corre a cargo de Jean-Marc Vallée, director de Dallas Buyers Club.

Cinco mujeres impresionantemente guapas y sofisticadas, madres de familia, llevan una vida aparentemente tranquila. Son Madeline (Reese Witherspoon), Celeste (Nicole Kidman), Jane (Shailene), Renata (Laura Dern) y Bonnie (Zoë Kravitz). Entre los hombres, como atractivo pero temible marido de Celeste, el impactante Alexander Skarsgård, conocido por su papel de peligroso vampiro en True Blood.

La vida de estas mujeres consiste en llevar a los niños al colegio, charlar con las amigas, cuidar su aspecto y sentir cierto desazón porque, o bien han renunciado a sus carreras profesionales, o ni siquiera pudieron tenerla, o bien al revés, trabajan tanto que alguien puede pensar que no son lo suficientemente buenas madres. Conflictos clásicos de las mujeres de hoy en día que hemos podido ver en otras series y que, de nuevo, pretenden engañar al espectador en sus primeros compases.

En el primer episodio nos cuentan que se ha cometido un crimen, como decíamos. Después nos vamos, en flashback, a la presentación de sus vidas cotidianas, apacibles pero insatisfechas. No estamos viendo más que la superficie, la punta del iceberg. Seguramente, en este punto, más de uno se haya llevado una idea equivocada. Irremediablemente en el primer episodio nos hacen creer que estamos delante de Mujeres desesperadas, o de Sexo en Nueva York versión barrio residencial para ricos. Craso error. En el fondo es más American Crime que las anteriores, pero sin conflictos raciales ni problemas económicos.

Radiografía del abuso doméstico

Escrita por David. E. Kelley, creador de Ally McBeal (otra razón para prejuzgar la serie demasiado pronto), y basada en el libro de Liane Moriarty, destaca, entre el resto de tramas, la protagonizada por Nicole Kidman y su marido. ¿Qué es lo que tiene de especial? A los largo de los 7 episodios somos testigos de la evolución en la relación entre Celeste y su marido. De cómo pasan de tener unas relaciones sexuales de alto voltaje, a la obsesión de él por dominarla en todos los aspectos de su vida, controlarla en exceso, hasta estar convencido de que ella que forma parte de una de sus posesiones. 

Y cuando llegan los momentos de frustración, cada vez que ella intenta recuperar algo de independencia, surgen los golpes, las palizas, en una relación violenta que aumenta de forma progresiva. Nadie de su entorno se da cuenta, el maquillaje tapa los moratones. Sin embargo, por mucho que pretendan ocultarlo, surgen los daños colaterales: los niños. El impacto psicológico en los diminutos individuos que conviven con ellos, que escuchan los gritos, y ven como normal la obsesión del padre por dominarla a ella.

Entra en escena un personaje revelador: una terapeuta de pareja, que ayuda a Celeste a que abra los ojos y admita la situación, porque el bloqueo le ha llevado a creerse que lo que le pasa es por su culpa y justifica, por tanto, a su marido. Un maltrato de libro. Una lección de vida que debería verse como material obligatorio en todos los institutos del país, porque muestra con toda su crueldad que el abuso no entiende de clases ni de educación.