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historias del diseño valenciano (I)

Diseño con ‘V’, de València

La exposición 20 dissenyadors valencians, comisariada en 1994 por Quim Larrea y Juli Capella para el IVAM, colocó el foco sobre los diseñadores, en un momento de efervescencia creati

14/06/2020 - 

VALÈNCIA.- Un artículo publicado en 1993 en Babelia, suplemento cultural de El País, fue la mecha que prendió la exposición clave en la historia contemporánea del diseño valenciano. El texto llegó a manos de Carmen Alborch, por entonces directora del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). Un telefonazo movilizó a los arquitectos catalanes Quim Larrea y Juli Capella, quienes desde comienzos de los ochenta se habían significado como difusores del diseño a través de la revista ARDI o publicaciones extranjeras como Domus o Interni. 

Con ciertas reservas, Larrea y Capella recogieron el guante lanzado desde el IVAM. Como recuerda Juli Capella, «la intención de realizar una exposición de este tipo era interesante por dos motivos. Primero, porque en aquel momento el diseño prácticamente no tenía espacio en el circuito artístico y cultural. Segundo, porque era percibido como frívolo o elitista. Esta decisión permitía superar los tópicos imperantes e integrar el diseño dentro del aparato cultural». Quim Larrea, en cambio, no se mostró demasiado sorprendido por la propuesta, conociendo el «carácter e inquietudes» de Alborch. Para Larrea, «el diseño era la crema que sobresalía en una València cultural que estaba en ebullición». 

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Tras el contacto inicial con Alborch, es Vicent Todolí, responsable de Programación del IVAM, quien asume las riendas de la muestra con el apoyo de Nuria Enguita como coordinadora. Todolí recuerda el contacto continuo entre los diseñadores, «una tribu bien avenida que también se nutría del museo», en unos años en los que el diseño era algo minoritario: «A escala local no cosechaba un éxito comercial amplio pero tenía unas miras internacionales muy importantes». 

En su opinión, el objetivo con esta exposición era «reconocer y dar visibilidad al diseño valenciano, al tiempo que mostrar su compatibilidad con el IVAM». La muestra «reflejaba la alianza natural entre diseño y arte, y reivindicaba no solo al diseñador, sino también a la industria que se encontraba detrás». El espacio escogido sería la, por entonces, sede del IVAM en el Centre del Carme. Para Nuria Enguita, la exposición conseguiría «colocar el diseño dentro de la agenda cultural de València» y actuar como «caldo de cultivo para nuevas exposiciones en torno al diseño valenciano», como una pretendida muestra de carácter histórico que jamás vio la luz.

València-Barcelona, y volver 

La Comunitat Valenciana se erigía a comienzos de los noventa en uno de los polos del diseño español y Larrea y Capella, gracias a sus frecuentes visitas, eran perfectamente conocedores de esta condición. El propio Larrea se mostraba perplejo por la pujanza de la industria valenciana: «el número de empresas, el conocimiento técnico o la capacidad de producción eran realmente sorprendentes». Al factor industria era necesario sumar el papel de la Feria Internacional del Mueble y el apoyo de un organismo clave como el Impiva, que ya había promovido los pioneros Encuentros sobre diseño (Alicante, 1985). «Uno de los nombres clave en el apoyo al diseño desde la Administración es el de Amparo Sena», apunta Capella. 

Esta promoción pública estaba plenamente asumida en Catalunya desde hacía años: «En Catalunya la cultura en torno al diseño se desarrolla antes. Este bagaje es entendido desde la Administración, ya sea con Maragall o Serra. La esfera política comprende que el diseño es una herramienta de transformación social, de modernización del país». A estos factores se suma uno interno; íntimo. «El ego. En aquel momento, el ego de los diseñadores y empresarios catalanes era mucho mayor que en el caso valenciano. En la Comunitat, los diseñadores daban una importancia muy relativa a su trabajo. Se infravaloraban. Esto pasaba incluso en la propia empresa. Los primeros catálogos que recibimos de compañías valencianas eran trabajos internos, sin fotógrafo profesional o dirección de arte», expresa Capella. Para Quim Larrea, la Comunitat siempre ha tenido un problema grande referente al diseño: «El diseño valenciano no tenía quien lo escribiera. Por esto valoro mucho el trabajo desarrollado en València por Manuel Lecuona». 

Larrea insiste en los vínculos que hermanaban València y Barcelona: «Desde Barcelona se percibía y respetaba el momento dulce del diseño valenciano, y en sentido contrario, se valoraba la tradición histórica del diseño catalán». Larrea cita a Javier Mariscal y Fernando Amat (copropietario del mítico local Vinçon en Passeig de Gràcia) como los grandes embajadores en esta conexión.

Por un contexto histórico

Larrea y Capella deseaban que la muestra sirviera como semilla para iniciar una labor de sistematización y archivo documental. Con ese proyecto en mente, contactaron con Manuel Lecuona, Manuel Martínez y Gabriel Songel (IGD, Grup d’Investigació i Gestió del Disseny), con la finalidad de elaborar una perspectiva histórica que ayudara a contextualizar el contenido de la muestra. Los comisarios ya conocían el trabajo realizado por Lecuona en relación con las empresas valencianas. 

«El diseño en la Comunitat se ha realizado históricamente dentro de la empresa», señala Lecuona. «Con motivo de mi tesis, había comenzado a generar un archivo compuesto por material procedente de compañías. Documentos a los que no daban importancia y terminaban en el desván o en el contenedor». Si Aguilera Cerni había establecido una serie de etapas históricas en torno al arte, Lecuona pensó que mantener este paralelismo en el diseño podía funcionar. Ese conocimiento estructurado deviene en la cronología que actuaba como antesala de la exposición, con las etapas reflejadas fielmente.

«El propósito era que el público entendiera que los diseñadores incluidos en la muestra no surgieron por generación espontánea. Existían unos antecedentes que la gente reconocía como propios porque los había vivido. Diseños desconocidos pero con un gran valor emocional que fomentaban la autoestima de los valencianos», añade Lecuona.

Confeccionar la lista

La intención de Larrea y Capella a través de esta exposición era sacar al diseño valenciano —mejor dicho, al diseñador— del anonimato. «Para ello la clave fue centrar la exposición en la persona», subraya Capella. El título de la muestra hace referencia a este deseo. «Queríamos potenciar al autor, porque no hay diseño sin diseñador. Transmitía un mensaje directo a las empresas y a la Administración». En cuanto a la selección, «cuatro diseñadores fueron posteriormente Premio Nacional (Nebot, Mariscal, Lavernia y Gallén), así que, con humildad, creo que no nos equivocamos demasiado». Nuria Enguita coincide en lo acertado de la selección: «dentro de la subjetividad, se trataba de una representación ajustada de los modos, tipologías, aproximaciones y sensibilidades presentes en el diseño valenciano». 

Larrea recuerda con especial cariño la asistencia de los padres del diseñador Pedro Miralles, ya fallecido, a la inauguración de la muestra (febrero de 1994), ya bajo el mando del nuevo director del IVAM, José Francisco Yvars

Uno de los diseñadores que vivió más de cerca aquella exposición fue Ximo Roca. Roca compartió espacio con Pedro Miralles y recuerda a la perfección las estancias de Larrea en València, dedicadas a la preparación de la muestra. Noches en Casa Guillermo, chiringuitos de la Malvarrosa y vuelta a casa del valenciano. «En el año 94 la visibilidad del diseño en València era bastante baja —recuerda Roca—, aunque un determinado ámbito lo diferenciaba y valoraba. Hice una labor de evangelización con el propósito de que diferentes empresarios de la Comunitat Valenciana del mueble visitaran la muestra. Faltó una mayor repercusión a escala empresarial». 

Para Roca, la exposición pretendía transmitir a la sociedad «el espíritu renovador de los diseñadores, pese a que el significado del diseño no llegara al común de la gente». Roca destaca especialmente el entendimiento entre el colectivo: «Existía un sentimiento de hermandad. La muestra fue un punto álgido de una unión que posteriormente se ha ido desvaneciendo. De los seleccionados, lo mejor que se puede decir es que continuamos aguantando el tipo más de dos décadas después, y eso es mucho decir».

Marisa Gallén, otra de las profesionales seleccionadas, matiza: «El interés mediático por el diseño propició su boom en los ochenta, pero estos mismos medios aplicaron el término diseño de forma tan equívoca que todo era diseño y, por tanto, todo el mundo era diseñador. La consecuencia fue una alta visibilidad sin un resultado concreto. Pocos empresarios entendían entonces las bondades del diseño. Hoy, cualquier empresa solvente entiende que el diseño es imprescindible en su ADN». A Gallén tampoco le sorprendió en exceso la apuesta del IVAM ya que consideraba a Carmen Alborch «una abanderada del diseño», perteneciente a esa generación de políticos que lo percibieron como herramienta de modernización del país.

Como un guante

El Centre del Carme acogía propuestas algo más alejadas de las líneas maestras de la sede Julio González. La peculiar arquitectura interior vino de perlas a los comisarios a la hora de plantear la división del espacio, como recuerda Capella: «Decidimos otorgar a cada diseñador una burbuja, una cápsula propia, y trabajamos con ellos la selección de piezas, donde las sugerencias corrían en ambos sentidos. La configuración del Centre ayudó a proporcionar esta autonomía a cada diseñador». Marisa Gallén recuerda igualmente la «libertad» que dieron los comisarios a la hora de escoger los proyectos que mejor representaran al diseñador. 

José Juan Belda, también presente en la exposición, fue el responsable de dar forma al espacio interno. Quim Larrea mantiene un recuerdo impecable, profesional y personal, sobre Belda: «uno de los mejores diseñadores que ha dado la Comunitat Valenciana y al mismo tiempo uno de los más humildes. Posee una trayectoria impecable y creo que nunca ha recibido el suficiente reconocimiento». La sala Ferreres-Goerlich quedó reservada para la aproximación histórica desarrollada por IGD y representada en mesas en plano oblicuo que atravesaban este espacio central, mientras las capillas laterales mostraban el trabajo de los diseñadores. «No se percibía una cacofonía estridente entre los diferentes espacios —afirma Belda—; la muestra presentó un aspecto visual uniforme». 

20 dissenyadors valencians contó con colaboradores de excepción como Paco Bascuñán en la parte gráfica o Luis González —«un diseñador absolutamente brillante», en palabras del propio Belda—, responsable de los pictogramas. Larrea destaca por último la colaboración activa de Nacho Laver

Casi un cuarto de siglo después, Quim Larrea reconoce que 20 dissenyadors valencians marcó «un antes y un después» en el diseño de la Comunitat Valenciana. En su opinión, tuvo consecuencias incluso para el grupo La Nave: «creo que sus componentes se dieron cuenta que podían tener un vuelo más amplio fuera del paraguas del grupo». Su compañero, Juli Capella, se queda con el previo a la exposición: «fue una muestra que no se preparó desde un despacho cerrado sino gracias al contacto directo, visitando estudios, charlando con diseñadores, tomando copas en el barrio del Carmen. Una exposición manufacturada más por la noche que durante el día». Sin duda, una de las claves de su éxito. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 68 (junio 2020) de la revista Plaza

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