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DÉJATE DE CHORRADAS

Donde acaba el hipsterismo

…y empieza lo de dar de comer

Por | 12/04/2019 | 5 min, 2 seg

VALÈNCIA. La semana pasada quedé para desayunar con una buena amiga por la zona de Botànic. Cerca de su casa han abierto una de esas cafeterías de especialidad, donde prometen desayunos pantagruélicos, que los fines de semana adoptan el nombre de brunch. El local parecía agradable y el mostrador estaba repleto de dulces, so let’s play. Nada más acercarnos a la barra, porque en estos sitios nadie atiende las mesas (hay un solo camarero muy ocupado en limpiar la cafetera), el chico nos informó de que toda la repostería era casera. Ella se pidió un sándwich de aguacate con pavo y yo, un café con tarta de limón. 

Pues bueno, estaba malísma. Muy casera sería, pero se les había olvidado el sabor y la textura resultaba tan gomosa como la de un chicle. Al merengue le tendría que dedicar un párrafo. En el café se intuía lo que alguna vez fue el dibujo de un corazón, un poco chufla y bastante frío. Fui en busca de un tenedor para la tarta (manías que una tiene, comer con cubiertos), pero el camarero no me hizo ni caso, y siguió hablando con un chico de camisa hawaina que claramente era más hipster que yo. Y digo hipster a sabiendas de que es una palabra muy 2010, pero no se me ocurre otra para describir tanta imbecilidad. 

Que sí, que la culpa es mía. Por ir a una bakery tontorrona en vez de al bar de Juan. Allí no tienen aguacates que valga, pero por lo menos el café está caliente. No sé si es de torrefacto, pero no me venden que es de especialidad (3’50 la taza) para luego incurrir en errores tan estúpidos como ignorar al cliente. ¿Soy la única que se ha sentido así?

Hace unos días comentaba la jugada con otro buen amigo que siempre se ríe de Ruzafa y sus moderneces. Él es muy de La Pérgola, pero el fin de semana había terminado comiendo en uno de estos cuquisitios, por aquello de hacerse el moderno ante la novia. “Joder, tía, la comida muy bien, pero el restaurante estaba vacío y tardaron 25 minutos en servirnos”, me contaba. Se ve que los camareros tenían mucho flow, de ese flow de no me agobies, estoy en paz con el Universo, así que converso distraídamente detrás de la barra. Y entonces pensé en el tío de Botànic, y en las camisas hawaianas, y en las barbas muy pobladas.

Me imaginé gafas de montura metálica, bien grandes, para gente que no necesita gafas.

No sé si llego pronto o tarde; lo que sé es que llego. València tuvo un momento de apertura al mundo, que se agradece, y ahí nació lo del hipsterismo. ¿Pero de verdad todo esto sigue siendo guay? ¿Está reñido llevar ropa muy molona y atender bien las mesas? ¿Dónde acaba el envoltorio del restaurante y empieza lo de dar de comer? Que sí, que la experiencia es el todo, que el diseño también cuenta, pero yo tengo hambre y lo que le pido a un restaurante (sobre todo, ante todo) es que me dé de comer. Ni Sublimotion ni chuminadas.

Soy la primera que se pone vestidos de flores para montar en bicicleta. Me gusta la música bonita (así la llamo) y cualquier establecimiento que se preste a la lectura. Si una antigualla se puede restaurar; mejor que un mueble de Ikea; y si algo es creativo, a priori soy fan. He practicado los despertares en pareja en Blackbird y los almuerzos con amigos en Los Picos; me parece estupendo que los reposteros de València se atrevan con la Red Velvet. Creo en el café de especialidad y me gusta probar distintos tipos de cerveza artesana, PERO…

Por encima de todo esto, quiero honestidad, y no necesito que se escriba en inglés (honesty, para los que duermen con calcetines de piñas). Quiero la torrija de Rojas Clemente.

Paso de que la tostada lleve hummus en lugar de jamón; de que la tarta de chocolate levante tres pisos y se cuenten las capas. Que el dueño del establecimiento luzca tatuajes y vista camisa de cuadros me parece estupendo, pero nunca suficiente. Uno de los principios del marketing es que detrás de una buena campaña también debe haber un buen producto. De lo contrario, estás haciendo algo muy, muy antiguo. ¿Sabes el qué? Mentir. 

Son este tipo de momentos los que me reconcilian con lo rancio, con lo casposo.

De repente empiezo a ver con buenos ojos a ese camarero con chaleco y pajarita que te da los buenos días y te suelta “¿Lo de siempre?”. ¿Acaso no molan las formas anticuadas y la barra de madera maciza de Aquarium? Me acuerdo de los domingos con mi padre, en sitios que no eran (ni son) nada cool, pero donde tiran las cañas con la misma soltura que te empujan el plato. Que no me importa pagar más si me van a poner las tapas del Bar Ricardo. Con todo el repelús que me da esa València del ladrillo que pisaba El Bressol.

Y sí, tío, voy a seguir comiéndome los sándwiches de aguacate y pavo. Pero admito que el Súper Bombón de La Pérgola, sobre todo cuando te chorrea por las manos, es más trendy.

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