Júlia Poquet tiene 30 años y en febrero de 2025 abrió Cal Curret: una micropanadería en su pueblo, Alcalalí, en la comarca de la Marina Alta alicantina. Estudió Psicología en Valencia pero en segundo tuvo una crisis. Quería ser cocinera. Su madre le animó a terminar la carrera. Mientras tanto, trabajó en restaurantes y en cafeterías especializadas en brunch. En una de ellas, su jefa le costeó un curso de panadería en el Basque Culinary Center. Aquello fue un punto de inflexión. Fue entonces, en 2021, cuando le comenzó a fascinar el mundo de la masa madre. Ella ya había hecho masas de coca, pero nada más.
“Yo quería ser como esas señoras americanas que hacen pan de masa madre dos días a la semana y lo venden en la puerta de su casa”, explica a Guía Hedonista. En aquella época también descubrió el universo de las micropanaderías. Su inspiración fue PanHabla, así que vio todos sus vídeos en YouTube para empaparse de su filosofía. Finalmente, creó un híbrido entre ambos conceptos. Cuando decidió que iba a abrir la panadería, hizo varios cursos en el Gremio de Panaderos de València: de iniciación a la panadería y de barras de pan artesanas.
Desde hace un año y medio, la joven alcalalina elabora y vende panes de masa madre de trigo, espelta o trigo sarraceno. Y por la demanda de la clientela, también comenzó a hacer barras, aunque no era su idea inicial. Tampoco quería hacer pan blanco, porque no es algo que ella consuma y no lo considera saludable, pero tuvo que rendirse a la evidencia: sus clientes se lo pedían. Lo llama “classic”, porque es una palabra que se entiende tanto en valenciano como en castellano y también en inglés, porque la mayoría de sus clientes son extranjeros. En la fachada, en una pizarra se puede leer una miscelánea de los idiomas predominantes en la zona: “Sourdough bakery, massa mare, forn artesá”.

- - Rafa Molina
“El pan de masa madre es un gusto adquirido”, reflexiona. “Aquí la gente no está acostumbrada a ese sabor. En esta zona se consume un pan súper seco y aireado. Lo contrario a mis panes, que tienen mucha hidratación”. Júlia intenta hacer las cosas que a ella le gustan y tiene claro que no quiere competir con las panaderías de toda la vida. Aclara que Cal Curret no es un horno tradicional, pero sí artesano: “no hago pastissets u otros dulces tradicionales porque yo no los consumo ni los sé hacer, no vengo de familia de panaderos”, explica.
Influenciada por las tendencias más cosmopolitas de la urbe, ya que vivió 12 años en Valencia ciudad, también elabora rollos de canela. Su deseo era escapar de la ciudad y le parecía más fácil emprender en su pueblo. “Si no llego a tener este espacio, que es la casa familiar, y no me ayuda mi padre con la obra, esto no hubiera sido posible”, nos cuenta. Todos sus ahorros, lo que ha ido atesorando desde su adolescencia, están invertidos ahora en este proyecto tan personal. En Cal Curret tiene la maquinaria justa: “no tengo fermentadora, el horno es semiprofesional pero no es giratorio ni tiene inyección de vapor”, confiesa. Sus productos los elabora con las harinas de Molí de Picó (Torrent, Valencia). Quería trabajar con harinas ecológicas, “pero no deja de ser un sello, así que me centré en que fueran de proximidad, sin conservantes, sin aditivos y en el trato que me dio Ana, con quien congenié muy bien”.



- - Rafa Molina
Un año y medio después de emprender, admite que está muy contenta. “Tenía miedo porque nunca había sido autónoma y no entraba en mis planes. Aunque hay días malos, puedo vivir de ello, a la gente le gustan las cosas que hago y eso me sube la moral”, nos explica. Mientras charlamos, llega un cliente en coche. Júlia le sirve su pedido al estilo McAuto. Al principio solamente quería trabajar por encargo, pero ha comprobado que la gente no se acostumbra. Antes de ir, te recomendamos que encargues tus panes con 48 horas de antelación. Si pasas por allí de forma espontánea, puedes encontrarte con que a las 11 de la mañana ya ha vendido todo. Hoy es viernes y, aunque es la una y media de la tarde y está a punto de cerrar, le quedan tres barras, tres cocas, un rollo de canela y un pan integral de espelta. Yo me llevo los dos últimos. “Lo peor es gestionar lo que sobra. Aunque con el pan blanco sobrante hago picatostes o tostaditas, intento no tirar nada”. Hoy ha vendido 18 panes. Un día malo, seis. También elabora granola artesana. Y tiene una cafetera, por si quien viene a comprar el pan quiere tomarse un café. La vida moderna, pero la vida de pueblo al fin y al cabo.
¿Por qué Cal Curret? Era el “malnom” (apodo) de su abuelo, que era pastor y tenía un brazo que no era funcional. Lo que en valenciano se conoce como un brazo “curro”. El logo de su panadería lo plasma a la perfección. En la misma calle, que se llama Carrer del Forn, estaba Forn Vicens, que ya no existe. “El horno ha estado ahí toda la vida, pero hace más de una década que la persona que lo gestionaba falleció y lo cerraron”, nos cuenta Júlia. Ella es quien ha vuelto a honrar el nombre de la calle, donde tradicionalmente siempre ha estado el horno de Alcalalí. Para que no muera, o al menos no del todo, la esencia de su pueblo.