Es un secreto a voces que no profeso especial pasión ni por las croquetas, ni por la tortilla, ni por la ensaladilla. Tal vez porque soy muy exigente con los clásicos populares: en un resto-bar deben ser ejemplares, imposibles de reproducir en casa. Y esta lo es.
La ensaladilla de Cocleque juega —y gana— gracias a un ingrediente que mantienen en secreto. Un gesto inteligente: el comensal adivina, debate, vuelve a probar. Ese detalle convierte una receta doméstica en algo extraordinario. Es, sin exagerar, la mejor ensaladilla que he probado nunca.
Cocleque se presta a ese juego goloso. Aquí las culturas se mezclan con naturalidad, el umami aparece en salsas que dialogan con nuestros productos y todo tiene un punto lúdico. Una ensaladilla es el terreno perfecto para jugar: parece sencilla, pero no lo es.
Y cuando un restaurante consigue que un clásico te sorprenda, el mérito es doble. Aquí, lo cotidiano se vuelve adictivo. Y eso no pasa todos los días.