Es para mí uno de los grandes misterios de la vida. Cómo un plato tan aparentemente sencillo, tan arraigado en la cocina de los hogares, tan popular en los bares, y tan exento de secretos en su elaboración, cómo, me pregunto, puede haber sido así de maltratado a lo largo de la historia de la cocina. Una tortilla de patatas bien hecha es un regalo de las diosas que poco tiene que envidiar a otros manjares de origen más noble. Es la definición del placer más absoluto. La circunferencia perfecta.
Yo, que presumo de pocas cosas, siempre he alardeado de preparar una de las mejores tortilla de patatas. Con el reposo que dan los años y la experiencia, ahora reconozco que he probado varias tortillas en ciertos bares de Valencia que la superan. No tantas, pero sí algunas. La última vez que me tuve que doblegar a la evidencia fue hace un par de meses cuando probé la que preparan en Adicto y Adicta. Tiene ese punto que siempre persigo en casa en el que convergen el punto exacto de la patata con la cremosidad del huevo, una comunión perfecta que deriva en la tortilla definitiva. Esta lo es, y hasta le perdono que lleve cebolla –en realidad le da un toque aún más rico–. Tienen otra de patata coronada por bacon y trufa, que hace que todos mis prejuicios se derrumben y me pase un buen rato tratando de decidir cuál de las dos me gusta más. Un dilema todavía sin resolver.
A casa te la traen Glovo y Uber Eats. Si la quieres in situ, tienes que pasarte por su cafetería de Micer Mascó. Prueben ambas y luego hablamos.
