Restorán de la semana

Marghè bottega italiana

Alessandro y Daylen han levantado un pedazo de la Italia más auténtica en un barrio donde no sobran propuestas gastronómicas de esta calidad. Necesitamos más sitios como Marghè en Valencia.

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Marghè es un oasis en mitad de un barrio en construcción como es la nueva Malilla. Muy cerca de la Fe, a los pies de uno de esos edificios cebra –tan asépticos y faltos de personalidad– que han colonizado el crecimiento de la ciudad, te encuentras, sin previo aviso, con una luz cálida y un local que desde lejos llama. Allí, la pareja formada por Alessandro Menin, italiano originario del Piamonte, y Daylen Márquez, cubana afincada en España, han construido en solo un año un espacio donde confluyen una bottega o salumería en la que puedes comprar quesos, vino y embutidos italianos y un espacio donde degustarlos, a lo que añaden una propuesta de pasta fresca elaborada por ellos, además de otros platos tradicionales que hacen de Marghè un sitio especial. Todo los productos que ofrecen aquí comparten una particularidad: no los vas a encontrar con facilidad en ningún otro lugar de la ciudad, ni probablemente en toda la Comunidad.  

Nada en su propuesta es accesorio. Cada uno de los quesos que ofrecen ha sido seleccionado personalmente por Alessandro –un auténtico loco del mundo láctico– de pequeños productores. El italiano conoce el nombre y apellidos de cada una de las personas que están detrás, la historia de cómo se elabora  y hasta los animales que los producen –hay auténticas joyas para los de fanáticos del queso–. Pasa lo mismo con la bressaola, la coppa, la mortadela o la pancetta alpina –una auténtica barbaridad–.  “Somo trabajamos con pequeños productores que hemos seleccionado nosotros y con productos que hemos probado y que hablan de la tierra, de las raíces, de los animales, del conocimiento, no se mueven por dinero. Vamos a verles y nos emocionamos con quien ama la tierra, la uva, la tradición”, afirma. Para Alessandro es algo natural: “vengo del campo, conozco bien y tengo acceso al producto. Para mí es fácil trabajar con ellos”.

 

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Ahora mismo cuentan con 45 tipos de queso, 35 embutidos y el mismo número de etiquetas en vinos.  La pasión de Alessandro se desborda en cuanto empieza a explicarte cómo se elabora el Straccheggio, el Castelmagno o esa mantequilla que solo saca a los que sabe que no se asustan con los sabores de granja. Esa manera de contarlo eleva todavía más una propuesta que convence desde que te sientas.  La pareja, además, importa y distribuye sus productos, y son proveedores de algunos de los mejores restaurantes italianos de la Comunidad Valenciana –varios con estrella Michelin– como Casa Bernardi, Orobianco, Nomada o Toy, en Dénia.  

 

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Dice Alessandro que lo que a él le entusiasma de verdad son los quesos, pero cuando le escuchas hablar de vinos, sabes que ese delirio es compartido por lo que da la viña.  De nuevo, bodegas italianas con escasa producción y difícil acceso, que la pareja conoce al dedillo.  Barolo o Franciacorta entre los reyes de la corona, esos que a todos los no iniciados nos suenan, pero en Marghè se pueden descubrir y descorchar vinos pocos conocidos que conectan con la tierra y hablan del carácter de donde se originan. Si te interesa el vino, desde luego este es un buen lugar para dejarse llevar. Organizan de vez en cuando catas para explorar ese inabarcable universo y se traen de Italia nombres y bodegueros muchas veces aquí desconocidos que son referentes en su país de origen.

En Marghè también hay cocina. Alessandro se formó entre Italia, España y Francia en restaurantes de alta cocina con unas cuentas estrellas detrás.  En Marghè preparan varios platos de pasta fresca elaborada por ellos que pueden variar según el día y que, otra vez, se salen de lo establecido: una especie de tortellino con relleno de cebolla roja y vino tinto y coronados por una salsa de gorgonzola y aceituna negra deshidratada, o unos ravioli caseros de remolacha rellenos de ciervo. Me quedo con ganas de probar los spaguetto con salsa de azafrán y gamba roja y la lasagna tradicional que me aseguran es un espectáculo. También los postres –no me quedaba hueco–  Tienen también alguna carnes que traen del Piamonte –solomillo de ciervo, ossobuco a la milanesa–, platos de temporada fuera de carta –como la ensalada de tomates que les trae Berzas- y un menú a mediodía con antipasto a elegir –ensalada, burratina, tabla de quesos y embutidos–, pasta o risotto que varía cada semana, y postre o fruta, además de agua por 20 euros.

 

 
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Estoy convencida, de que a pesar de la excelencia de sus productos y de la propuesta gastronómica de enorme calidad, lo que acaba de atrapar de este pequeño restaurante es la hospitalidad que desprenden quienes lo defienden. La vajilla antigua que utilizan –cada plato comprado en mercadillos italianos por la madre de Alessandro– y la madera envuelve todo el local también suman, pero es el cariño por los detalles, la apuesta firme por una forma de producir –pequeña y cuidada– que es pura declaración de intenciones y la pasión de la pareja y el resto del equipo lo que hacen de Marghè un sitio único. 



 

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