MEMORIAS DE ANTICUARIO  

¿Hay futuro para las ferias de arte y antigüedades?

7/04/2019 - 

VALÈNCIA. Muchos de los que leen este artículo habrán participado en más de una ocasión en agotadoras ferias que reúnen a profesionales y empresas de su sector. Lo que ello supone de preparación meses antes, del montaje, largos días de tensión, dolor de pies, afianzar y conocer nuevos compañeros y hacer contactos con clientes, darle vueltas a la cabeza sobre los aciertos y fallos… y finalmente hacer balance de los resultados obtenidos.

Estos días se celebra en Madrid la feria Almoneda, dedicada al arte y antigüedades y la más importante de nuestro país, al menos en lo que respecta al número de participantes. Un certamen que con el tiempo ha ido ganando en calidad del producto y presencia expositiva. Estas reuniones sirven, además de para hacer negocio, para tomar el pulso a la situación española relacionada con el sector en cuestión. En el caso de Almoneda son nueve días de feria en los que hay lugar para todo. Los corrillos, las comidas, son momentos para evocar otros tiempos, contar anécdotas, quejarse o lanzar mensajes de optimismo ante un futuro que, como en todo hoy día esta plagado de incertidumbres y porqué no, retos y oportunidades. En unos tiempos en que el mundo virtual está demasiado presente en nuestras vidas, las ferias son un regreso al pasado puesto que, como el libro como objeto de uso y disfrute, no han cambiado prácticamente su configuración desde que estas se iniciaran allá por el siglo XIX: los profesionales traen fisicamente su producto para que el cliente acuda al recinto a verlo personalmente, tocarlo, conocer a las personas que hay detrás y, en su caso, adquirirlo. Las ferias en general viven unos tiempos turbulentos precisamente por esa batalla con la virtualidad que nos invade y que se empeña en cambiar nuestras vidas. Hay “otras ferias” que las tenemos a nuestra disposición en todo momento en nuestros dispositivos digitales.

Las ferias no son una inversión barata: alquiler y montaje de espacios en los recintos feriales, iluminación, transporte, alojamientos, mil y un detalles que suponen un importante desembolso para profesionales que, en definitiva, al menos en mi sector son pequeñas empresas tanto en el ámbito de galerías como de anticuarios. Muchas horas al día que dan para pensar en que el futuro de las ferias dependerá de la forma que se adapten a los tiempos (vale, es una obviedad), y pienso que es un riesgo de cara al más próximo futuro, que poco o nada ha cambiado desde aquellas ferias de las últimas décadas del siglo XX y las actuales cuando ahí fuera todo ha sufrido una evolución que no hace falta detallar. Pienso que es preciso, sin cambiar el modelo de fondo, emplear las herramientas que hoy ponen a nuestra disposición las redes sociales y los canales de influencia digitales para atraer nuevos públicos que sin duda están ahí fuera. Para estas cosas, en la gastronomía es un sector en el que me suelo fijar. 

¿Qué ha sucedido en València?

Hubo un tiempo en que en nuestra ciudad se celebraban hasta dos ferias de antigüedades y una de arte atrayendo a profesionales de todo el país e incluso internacionales. Allí acudía mucha gente ávida de hallar tesoros en unos certámenes que llegaron a ser importantes en número de expositores y calidad de las piezas. Todo aquello acabó, cómo bien se sabe. Las sucesivas crisis económicas y los nuevos modelos comerciales, a parte de causas propias únicamente aplicables a nuestro entorno valenciano y que son difíciles de concretar, pero que merecerían debatirse, fueron haciendo mella paulatinamente. La bajada del número de expositores de fuera, a los de aquí el público ya los conocía, hizo que el cliente potencial mostrara menos interés en desplazarse a un entorno ferial mastodóntico, desangelado y fuera de la ciudad, que no invitaba. En la actualidad, es triste decirlo, no se celebra en Valencia ninguna feria dedicada al sector del arte y las antigüedades y ni siquiera se llevan a cabo “desembalajes” de fin de semana que sí se pueden visitar en otras ciudades de España. Tampoco hay visos de que suceda. Se ha intentado en alguna ocasión pero no ha cristalizado la idea. Las causas darían para varios artículos. Hoy, no obstante, sí que pueden visitarse ferias y desembalajes en Madrid y Barcelona, obviamente, pero también en ciudades más pequeñas como Zaragoza, Sevilla, Bilbao, Santander y otras muchas a lo largo y ancho del año. Para esto, como para otras cosas, una vez más València es diferente.

Las ferias, no sólo las dedicadas a este sector, han entrado en un terreno un tanto desconocido, no exento de incertidumbre, no tanto por el presente como por el futuro próximo. Los tiempos venideros respecto a las ferias de antigüedades y arte, sin embargo, pienso que deberían abordarse más que como un reto o un problema, como una oportunidad. En un mundo que pienso que ha llegado, al menos para parte de la población, a una cota de saturación, hastío y cada vez menos novedad, en lo que respecta al empleo de lo virtual en su vida diaria para relacionarse con lo que sucede más allá de su terminal móvil, las ferias deberán ser un lugar de encuentro, un remanso de realidad, de fisicidad que tanto necesitamos como personas, y por tanto de un contacto diferente (que no deja de ser el contacto de siempre) entre profesionales y coleccionistas o aficionados.

Me cuesta comprender a aquellos que teniendo una afición, la del coleccionismo, tan pegada a lo físico, al encanto del pasado y sus técnicas artísticas, se han refugiado en lo virtual para su modus vivendi como buscadores de tesoros (con los riesgos que tiene frente a tener la pieza en nuestras manos), rehuyendo del contacto personal, la visita en vivo y directa con sus proveedores, que al final en muchas ocasiones se convierten en personas con las que estrechan vínculos, incluso de amistad. Entiendo este mundo como un reducto, de los últimos que quedan, en el que lo físico es su esencia misma. Las herramientas que nos proporcionan la informática son, por supuesto, importantes y no hay que obviarlas pero no deberían ser el ecosistema exclusivo en el que se entiendan y se relacionen clientes y profesionales. En ese sentido las ferias son guardianas de un pasado a reivindicar. En este mundo tan particular precisamente el camino es lo fascinante y casi tan importante como la meta entendiendo esta como el hecho de la adquisición del buscado y anhelado tesoro.

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