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València a tota virolla

Hay un nuevo lugar en el Carmen que ha abierto para que nadie haga nada

Esto merece una explicación. Así es Antevasin’s, el proyecto espacio de la artista joyera Azahara Santoro

29/08/2020 - 

VALÈNCIA. A la altura de la calle Palomar, con la plaza Viriato dando volantines, en un entorno donde la escala humana es la medida de todas las cosas (cuando esa escala se pierde, es que tenemos un problema) Azahara Santoro ha abierto apenas hace unos días un proyecto que nació fruto de una apendicitis evolucionada a peritonitis. El proyecto espacio se llama Antevasin’s y está en el número 9 de la calle. Pero antes, algunas explicaciones.

Santoro es artista joyera, estudió en la EASD, fue llamada a consultas bien pronto por la galería Basílica de Barcelona, especializada en joyería. Y, quizá, el dato más importante: a su padre, que hacía macramé y lo vendía en la calle, le enseñó a soldar para que mejorara sus piezas. Se trasladó un año a la escuela de joyería contemporánea Alchimia, de Florencia. “¡Me dieron hostias por todos lados!”, cuenta ella al borde de las 10 de la mañana, antes de recibir en su espacio a los primeros frecuentadores. “Yo hacía una joyería muy personal, que contaba historias. Por ejemplo quería que las piezas relataran cómo los hidalgos, en plena decadencia, se guardaban trozos de pan duro y se echaban las migas por encima del cuerpo antes de salir. Tallaba pan muy duro para que la pieza estuviera viva, una joya que desprendía migas o a la que le podía llegar a salir moho. Pero en Alchimia el mensaje era otro: no me cuenten historias, ve a la técnica”. Influenciada, en parte por esa experiencia, terminó enrolándose en lo ajeno. Convirtiéndose en directora de tiendas textiles. Y entonces, una vida de vértigo en marcha.

“Todo iba deprisa. Márgenes, equipos que se descomponían demasiado pronto, ansiedad, teléfonos que no paran de sonar, todo a punto de explotar”. Justo hace un año, un vuelco. A mitad de agosto una apendicitis giró en peritonitis. Semanas en cama. Caminos en corto. Azahara Santoro, ante esa sensación de vacío que te suspende sobre el abismo, comenzó a escribir al despertarse varias páginas buscando solidificar aquello que de verdad pensaba. “Luego me leía y decía… no quiero esto, ¿qué estoy haciendo? Tengo 30 años, cómo puede ser”. Vivía y vive en la plaza que homenajea a Viriato, el líder lusitano cuyo nombre podría venir del ibérico y significar ‘pulsera’, ‘brazalete’. A Santoro le gustaban, y le gustan, las joyas, las plantas, la cerámica, los libros, la astrología. “Empecé a escribir diciéndome que sería feliz teniendo una floristería, una librería, una panadería…”.

Foto: KIKE TABERNER

Quizá deberías pedir un crédito, a ver si…, le decían a Santoro. Fue a pedir un crédito y sí, se lo dieron. ¿Ahora qué hago? En esos días recuperándose de la enfermedad en los que apenas podía pasear a paso de tortuga, dibujar y escribir, se había dicho que no quería tener su propia marca de joyería, ni hacerse ilustradora como algún pálpito le señalaba, tampoco montar una tienda de plantas. Aunque, en realidad, quería tener un poco de todo ello. “Lo único que necesito es un espacio”, se contó.

Prendido el mecanismo de desaceleración, vio este espacio que era simplemente un viejo almacén de obra olvidado entre la intrascendencia. Cuando Azahara Santoro le presentó a la propietaria su proyecto, ella no entendió nada y le dio largas. Un tiempo después algo había cambiado y le dijo que le apasionaba lo que proponía: ¡fírmese! Se firmó el último 23 de diciembre, cuando Azahara cumple años.

Abrió el viejo almacén. Imagino que aquí, donde este tragaluz un poco industrial, iría el taller cerámico y de joyería, con unas mesas grandes y el horno. Las paredes, los techos, tal como estaban, con apenas una capa fina de yeso. “Sabía que donde le iba a dar el carácter iba a ser en el producto y el mobiliario. Entonces lo llenó de productos, sus productos, en una tienda taller donde “vender todo lo que puede interesar a una persona con intereses creativos”, que ejerce de gabinete de gustos propios.

Antes de que dos clientas entren para encargar unos colgantes hechos con turmalina, Santoro desencripta el nombre del espacio: Antevasin’s, en el sánscrito coloquial, significa algo así como ‘aquel que se muda a la frontera’. Como derivada, su espacio se balancea entre el pueblo -esto es, la conexión con el entorno, con el comercio, con la proximidad- y el bosque, donde la calma remota.

El bosque está encarnado por una sala de meditación de acceso abierto y gratuito. “Bueno, pero antes que me escriban por Whatsapp o por Instagram, así intento no hacer ruido”. Es la estancia donde, como a ella le gusta interpretar, no hay que hacer nada. “No hay lugares a los que vas a no hacer nada… pues que éste sea uno de ellos. No era nada espiritual, pero meditar me ayudaba mucho a parar”. Planteado como un ‘servicio a la comunidad’, tuvo que explicarle a su arquitecto que no, que no estaba desaprovechando metros, que necesitaba un espacio vacío justo para esto.

Alguno de los primeros asistentes, después de ir a por el pan, entran en la sala de meditación, se están un rato… “¡y salen con otra cara!”. Quizá se trate de eso, de por fin ir a no hacer nada.

Entre tanto augurio de persianas bajadas, la señal de Azahara Santoro, subiendo la suya, es un mensaje a favor de la versatilidad, de reinterpretar el comercio. “Si vamos hacia unos tiempos difíciles -pensé-, entonces deberemos hacer lo que de verdad queremos”.

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