las series y la vida

La ley, el orden y las series policiales

30/03/2019 - 

VALÈNCIA. Sean ustedes tan amables de echarle un vistazo a esta promo:

Gracias. ¿Han pillado el eslogan? “Hay que saltarse la ley para hacer justicia”. ¿Cómo se quedan? Es bueno. Muy resultón. Y terrible. Repetimos: hay que saltarse la ley para hacer justicia. Porque los que se saltan la ley, atención, son los policías. Chicago PD es una serie policíaca procedimental (capítulos con casos que empiezan y acaban en cada capítulo) que cuenta la vida diaria de un grupo de policías de la unidad de inteligencia criminal asignada al Distrito 21 del Departamento de Policía de Chicago. Esto es, son, o deberían ser, los garantes de la ley.

En la promo leemos: asalto, invasión de la intimidad y abuso de poder sobre imágenes de los policías protagonistas haciendo todas esas cosas. En la serie hacen eso y cosas peores, como torturar y maltratar a los detenidos, ciscarse en los derechos civiles e incluso matar a sangre fría a alguien que consideren culpable, como el supuesto asesino del hijo del protagonista, el sargento Hank Voight, director de la unidad.

¿Qué no conocen a Hank Voight, el policía más duro de Chicago y, si me apuran, de la televisión? Oh, sí le conocen, aunque no hayan visto la serie. Es fácil. Está moldeado según los muy antiguos aunque efectivos clichés del duro policía capaz de enfrentarse a cualquiera, sobre todo al poder; es el que solo se fía de su instinto y por tanto tiene su propio modo de cumplir y hacer cumplir la ley. Ese tipo de personajes es un destilado muy poco sutil y sin matices de los Philip Marlowe y Sam Spade que encandilaron y dieron carta de naturaleza al género negro y su retrato desencantado de los fallos del sistema.

Hank es un Harry el Sucio un poco de andar por casa y con menos carisma. Yo soy la ley y la justicia y blablabla. Todo muy machirulo y tirando a fascistoide. Es capaz de decirle a un miembro de su equipo que ha llevado a su hermano adolescente a declarar contra un jefe de una banda que no lo haga, que no se trata de hacer lo correcto (!), sino de proteger a su familia, que eso es lo primero.

Llegados a este punto, aclaro que esto no es The wire, ni de lejos. Por más que juega al realismo sucio, aquí no hay incomodidad ninguna a la hora de presentar la realidad y los casos. Siempre estamos del lado de los policías, convertidos en héroes, aunque se comporten a veces como delincuentes. La ambigüedad moral acaba no siendo tal, puesto que Hank y los suyos siempre tienen razón y están del lado de los débiles, lo que justifica cualquier acción. Si de vez en cuando se pasan, es porque son humanos y arrastran grandes dramas vitales, por supuesto.

Otras encarnaciones del cliché son Hawaii 5.0 y Magnum, versiones desenfadadas aunque igual de testosterónicas. Y añadiendo el componente militar como modelo de comportamiento y guía en la vida. ¿Qué tendrá Hawai que los creadores de series se empeñan en que vayan a parar allí tantos militares heroicos reconvertidos en detectives? Con esas playas y esa naturaleza.

Chicago PD y otras muchas series forman parte de una tradición a veces envidiable de la cultura USA: la capacidad para criticar sin tapujos las instituciones y el sistema. Digo envidiable porque aquí, en nuestro cine y en nuestras series, hemos tardado muchísimo en mostrar cosas así, jueces o policías corruptos o las injerencias del poder político. Y todavía lo mostramos muy poco

(Cierto es que el cine negro o las intrigas policiales tenían pocas posibilidades de desarrollarse en un contexto de dictadura que establecía por ley que en España no había problemas. Imposible hacer ficciones diciendo que la justicia no funciona o que la policía no es eficaz o que existe la corrupción. Aun así se hizo algún cine policíaco eficaz pero muy blanco, sin poner en cuestión jamás el funcionamiento del sistema. Con la llegada de la democracia algunas de estas cosas empezaron a contarse y ahora mucho más, pero carecemos de una tradición cultural propia a la que agarrarnos. Pero esa es otra historia).

En la producción audiovisual USA siempre nos ha asombrado cómo cualquier serie procedimental del montón es capaz de mostrar la corrupción de la justicia o la política, las carencias endémicas de los servicios sociales, el problema del uso de armas por parte de particulares o los abusos policiales. Los hemos visto mil veces en películas y series: el padre que denuncia que su hijo no puede recibir tratamiento médico porque no tiene dinero, la abogada quijote que debe luchar contra el sistema de justicia porque solo favorece a los ricos, el afroamericano que sufre los rigores de un sistema claramente racista, etc.

Recuerdo un capítulo de Crossing Jordan (2001-2007), una de esas series que pillas sin querer una tarde tonta cuando no sabes qué mirar y te quedas con un procedimental, que son muy cómodos de ver porque no requieren continuidad y te da igual la historia previa, en el que a uno de los forenses protagonistas, pakistaní, le detienen por error en el aeropuerto y le aplican la tremenda legislación antiterrorista, la que se inició poco después de los atentados del 11S. Me quedé clavada en la butaca asombrada de cómo era posible que en una serie de chicha y nabo estuvieran haciendo semejante denuncia de los abusos de la ley y del racismo en aquellos momentos.

Y lo que sorprende más es cómo estos retratos policiales, sean el modelo violento Hank-yo-soy-la-justicia o uno más reflexivo estilo CSI-Grissom, muestran todos los fallos del sistema al mismo tiempo que lo apuntalan en el imaginario colectivo y convierten a los servidores de la ley y el orden en ejemplos a seguir. Se enfrentan al sistema al mismo tiempo que se defiende. No es difícil aventurar que es una muestra más del individualismo acendrado que ha caracterizado el relato de la Historia de los Estados Unidos y su sociedad, capaz de asumir todas esas contradicciones.

Un buen ejemplo es Ley y orden: Unidad de Víctimas Especiales, que ya va nada menos que por su temporada número veinte. La muy veterana serie huye un poco del estereotipo del policía rudo e individualista y apuesta por la acción del grupo. Con el tiempo, el equipo ha acabado dirigido por una mujer, el personaje de Mariska Hargitay, el único que se ha mantenido las veinte temporadas y al que hemos seguido en toda su compleja evolución.

La especialización en los crímenes sexuales de la UVE (que existe en la realidad) ha llevado a la serie a muchos sitios: al morbo en no pocas ocasiones, al tremendismo y la truculencia, pero también a la denuncia permanente y a veces muy dura de un sistema clasista, racista y machista del que estos crímenes son prueba. Ambas series son obra del mismo creador, Dick Wolf, que explota al máximo el concepto. Existe Chicago PD (desde 2014), los bomberos de Chicago Fire (2012), los médicos y doctoras de Chicago Med (2015) y las abogadas y jueces de Chicago Justice (2017), del mismo modo que han existido Ley y orden (1990-2010), Ley y orden: acción criminal (2001-2011) y Ley y orden: Unidad de Víctimas Especiales.

Volviendo a esta última, la particular estructura de los episodios, que muestran primero el trabajo policial y luego el judicial (la ley y el orden), y el hecho de estar bastante pegados a la realidad, permiten muchos matices. Aquí sí, al contrario que en Chicago PD, que es una serie de mucha más acción y violencia, los conflictos morales, la complejidad del comportamiento humano y la dificultad o la insuficiencia de la ley para tratar algunas cosas acaban creando un malestar real en el espectador. Muchos capítulos te dejan en un dilema, pensando cosas que a veces no apetece pensar.

En esta etapa de profusión de series variadas y más o menos originales, tendemos a olvidarnos de los procedimentales, pero ahí siguen, con muchísima audiencia y mostrando también, a veces de forma consciente y otras a su pesar, la complejidad de una sociedad llena de contradicciones y violencia y las grietas de un sistema muy imperfecto.

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