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a la penumbra de la pantalla grande

Los refugios del cine prohibido en el franquismo que olvidan los libros de historia

5/09/2022 - 

VALÈNCIA. En aquella València en la que los cines se contaban por decenas, la exhibición cinematográfica no acababa ahí. Universidades, colegios mayores o grupos de barrios constituyeron una ventana paralela que funcionaba al margen de las salas con una permisividad sorprendente del régimen franquista. Se trata de los cineclubs, que se organizaban a través de asociaciones, una cultura de cine colectivo que también es determinante para entender la cinefilia de la ciudad durante el tardofranquismo. 

Determinante pero no mediático, ya que poca y muy irregular documentación hay de cada una de ellas, debido a su carácter poco institucionalizado. Así lo cuenta Àlex Gutiérrez Taengua, que realizó el primer estudio de este fenómeno en València en su libro Per a tots els públics. L’exihibició cinematogràfica a València (1957-1975), del que este diario ya se hizo eco. En la segunda parte de esta obra, analiza los cineclubs uno por uno a partir de un registro oficial que crea el gobierno franquista.

Los cineclubs fueron asociaciones que llegaban de ámbitos muy diferentes y con el objetivo de mostrar películas que no llegaban a las salas de exhibición. La legislación les acompañaba, porque la propia ley abría la puerta a que se pudieran proyectar películas que no hubieran pasado por la censura oficial, si bien sí que establecía un marco moral mínimo. La mayoría de cineclubs fueron responsables de ampliar la idea de Arte y Ensayo de algunos cines, y proyectaron títulos de la Nouvelle Vague, o títulos soviéticos, con El Acorazado Potemkin como gran referente. Para burlar la censura, el título lo publicitaban con eufemismos, como “la película más famosa de Sergei M. Eisenstein” o “una película de Sergei M. Eisenstein, director de El Acorazado Potemkin”.

En todo caso, los cineclubs muestran una realidad como la ciudad misma: se trata de un movimiento asociativo potente, pero muy heterogéneo. Àlex Gutiérrez se permite clasificarlos por el ámbito de origen, diferenciando entre colegios profesionales, universitarios, escolares y de antiguos alumnos, parroquiales y religiosos, vecinales, del partido, y otros. Cada organización tuvo su vida, más corta o más larga, más o menos intensa. Algunos tenían hasta asistente religioso, mientras sobre otros se redactaban informes de la Brigada Político Social, en los que se reconocía que la junta directiva la formaban miembros de la CNT. Muchos cineclubs sirvieron para burlar el estrecho margen de maniobra que tenían entonces las salas de cine.

Gutiérrez destaca la diferencia documental, de cada estatuto y programación y naturaleza de cada uno, pero lo destaca como un movimiento inédito y fascinante que ha quedado relegado en los libros de historia del cine, y en esa postal romantizada de la València con un cine en cada calle.

De los cineclubs acabarían incluso saliendo salas. Ernesto Sebastián fundó varios cineclubs, y el último acabaría canibalizando la programación de los Xerea. Fue el principio de lo que luego serían el Acteón o el Aragó. O el cineclub Studio, que acabarían formando una empresa para comprar el cine Valencia y abrir una sala en la que también programarían conciertos de Raimon y Oviid Montllor o representaciones teatrales a las puertas de la muerte del dictador.

La historia de los cineclubs amplían la historia de la València cinéfila. A las sesiones del Ateneo llegaron a ir a algunas sesiones hasta 1000 personas. Otras asociaciones inscritas llegaron a tener más de 400 miembros, a la vez que otros muchos nunca llegaron a funcionar, naciendo como una extensión de las actividades que ya organizaba un ente más amplio.

Los cineclubs hoy

El fin de la censura, el cambio de modelo de distribución cinematográfica y la aparición de las plataformas finalmente dejan una radiografía extraña de lo que fue aquel fenómeno. La València de los cines murió y con ella también la de la extensa red de cineclubs de la que se hace eco el libro.

El Aula de Cinema de la Universitat de València se organizó durante años como antaño, con una especie de asamblea abierta que decidía y presentaba las mismas películas. Lo hacían a través de la Asociación L’Atalante, y tras un episodio de duros enfrentamientos con la UV en 2018, la entidad disolvió la programación y la asumió como propia, si bien no se ha vuelto a recuperar el ritmo de una película semanal.

De sus cenizas fueron surgiendo cine-clubs privados, que funcionan como extensión de la programación de las mismas salas de cine. Ocurre en Babel y en los Lys. Pero poco tiene que ver con el espíritu asociativo que, de alguna manera, regía el mapa dibujado por Àlex Gutiérrez en la segunda mitad del siglo XX.

Fuera de València destaca el Cineclub Utiye, de Ontinyent, que lleva 55 años funcionando. Sin censura, la programación se ha acabado convirtiendo en una especie de sala de reestreno de films que se pasan por salas. 

Y si nos alejamos del concepto más puro de cineclub, muchas asociaciones ciudadanas y asambleas de barrios han acabado promoviendo festivales de cine de nicho, propios, para poder programar en València películas inéditas o poder ver en pantalla grande títulos con una carga política importante. Construint Malilla o CSOA L’Horta tienen una programación irregular pero presente; Mostra la Ploma, Humans Fest, o Cinema Ciutadà Compromés organizan todos los años propuestas que han acabado siendo muy potentes. El cine de vanguardia se muestra ahora en galería o museos, con la iniciativa ciudadana Cineporvenir como punta de lanza de la vanguardia en la exhibición. 

El final de la censura acabaría con el morbo de la brecha de programación con las salas. La cinefilia más periférica se refugia ahora en las casas particulares, en una pantalla de ordenador, en un enlace perdido, en una lista de Letterboxd.

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