ATRACÓN DE PANTALLAS 

‘Marie Kondo’: cómo pasar del síndrome de Diógenes al trastorno obsesivo compulsivo

La it-girl japonesa convence a familias hiperconsumistas norteamericanas a ordenar y tirar. Un planteamiento que choca con la conciencia ecológica y la cultura del reciclaje

25/01/2019 - 

VALÈNCIA. “Ordena tu espacio, transforma tu vida”. Es el lema de Marie Kondo, la gurú japonesa que, a través de un programa de televisión y un par de libros, enseña a ordenar armarios y cajones a los occidentales. Gracias a su programa de coaching, disponible en Netflix, ayuda a diversas familias estadounidenses a tirar cantidades ingentes de porquería que acumulan en sus casas, algunos desde hace más de cuatro décadas. La geisha del orden les enreda con su espíritu zen para deshacerse de, digámoslo sin rodeos, cientos de kilos de mierda. El noble objetivo por el que Marie Kondo se cruza medio mundo.

El caso más flagrante es el de Wendy y Ron, un matrimonio de jubilados que, según dicen, se llevan muy bien porque no se dirigen la palabra. Ron, al que le importa tres pepinos la limpieza y el orden, colecciona desde joven cromos de beisbol. Su antigua afición ahora acumula polvo apilada de mala manera en cajas que forman un muro infranqueable en la habitación conyugal. Mientras, Wendy confiesa sentirse muy feliz y relajada yéndose de compras, un pasatiempo tan habitual que ha llenado, literalmente, la casa de prendas de ropa, algunas con la etiqueta todavía puesta. El porche del jardín ofrece como vistas un cúmulo de cajas esperando mojarse en futuras lluvias, mientras que los tres salones del hogar sirven de reposo para una incalculable cantidad de figuritas y adornos. Una auténtica pesadilla con cara de Diógenes.

Ante ese panorama tan estimulante aparece en escena Marie Kondo, sosegada, sonriente, curiosa, metódica. Como buena maniática del orden, hurga en toda la casa, abre cajones y armarios, y convence al matrimonio a deshacerse o reordenar cada pertenencia, una por una: primero categorizada por temas, después distribuida por tamaños, y por último, ordenada por colores. Los abuelos, con montañas de cajas, objetos y ropa a su alrededor, sudan la gota gorda para intentar avanzar. Wendy, bloqueada, es incapaz de desembarazarse de ninguna prenda porque, sencillamente, no quiere hacerlo. Aquí es donde el programa, gracias a los cortes de edición, resuelve el conflicto en un santiamén: por arte de magia surgen decenas de bolsas de basura con ropa, que quedan almacenadas en un dormitorio apartado. El síndrome de Diógenes ha cambiado de cuarto. No importa, ya han superado la prueba de Marie Kondo.

Nadie es profeta en su tierra

La filosofía de esta coach japonesa no es tan extraordinaria si ponemos en perspectiva sus orígenes: Japón. Es bien sabido que en ciudades como Tokio, con una alta densidad de población, el 70% de sus habitantes viven en apartamentos minúsculos. Para sobrevivir en las grandes ciudades, tener pocas pertenencias es una necesidad si no quieres pagar una gran cantidad de dinero de alquiler solo por acumular cosas. Como mucho se tienen tres pares de zapatos, situados en la entrada del hogar (genkan), y cada noche se sitúa la cama en el suelo de la habitación  principal, que se recoge después de dormir y se guarda en un armario. El verdadero reto del programa de Netflix debería ser, por tanto, el de ver en acción a esta experta en organización en un apartamento de 16 metros cuadrados en el que viven centenares de miles de personas en su país, como en la siguiente foto ¿Dónde dices que coloquemos la colección de cromos, Marie?

En segundo lugar está el problema de los terremotos, que hace que lo nipones se replanteen seriamente la idea de poseer muchos objetos en casa. En 2011, un seísmo de magnitud 9 junto con un tsunami aniquilaron a más de 18.000 personas. Según los análisis posteriores, el 50% de las lesiones que se produjeron fueron debidas a la caída de objetos en el hogar. Imagínense a Wendy y Ron en un terremoto japonés con su colección de cromos y sus figuritas. No salen vivos.

Por otra parte, las reglas de Marie Kondo no son más que pautas derivadas de la decoración minimalista japonesa, que a su vez son una influencia del budismo zen. Ahí llegamos a lo verdaderamente importante, algo que en ningún momento se plantea en el programa de Netflix. El budismo zen rechaza el consumismo implacable. Marie Kondo viaja hasta los Estados Unidos, el kilómetro cero del consumo, para visitar a 8 familias que compran de forma compulsiva, que viven en casas de grandes dimensiones, y que tienen garajes o habitaciones solo para guardar y guardar. La gurú pasa por encima del problema sin llegar al fondo de la cuestión. Únicamente les pone una tirita: tira a la basura un poco de allí, reordena un poco por allá, mientras les habla de ser más felices deshaciéndose de cosas que no importan. Pero si no importan, ¿por qué las compran? ¿no deberían dejar de comprar de esa forma?

Marie Kondo no se posiciona sobre el asunto verdaderamente crucial. No manifiesta ninguna crítica o recomendación al hecho de que compren sin parar. Pero claro, decir en Norteamérica, en un programa de Netflix, que, debido al capitalismo en vena, la dependencia por las posesiones se ha vuelto una adicción, y que dejen de comprar, sería un acto casi terrorista.

Efectos colaterales: el planeta

Por último están los daños colaterales: el consumo desenfrenado nos lleva a la contaminación sin control, tanto debido a la producción de cada artículo, como por su destino final: ser un residuo. Según Greenpeace, mientras que el 30% de los jóvenes ya compran de manera compulsiva, y Amazon hizo record de ventas el pasado Black Friday, este año se esperan 50 millones de toneladas de residuos electrónicos.

“¿Por qué compramos cosas innecesarias solo para que ocupen espacio físico y mental?”, se preguntan en la conocida ONG. “Lo que necesitamos en cambio es un cambio cultural en el que valoremos verdaderamente nuestros bienes y los conservemos el mayor tiempo posible”. Una recomendación que necesitaría un nuevo programa de coaching, probablemente con un gurú holandés o sueco que nos enseñase a reparar, reciclar y reutilizar, y no solo a tirar y ordenar. Tal vez esto nos haría más felices, o al menos más concienciados.

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