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Meteora, los monasterios suspendidos del cielo

Al norte de Grecia, en Tesalia, la naturaleza ha moldeado rocas gigantescas en cuyas cumbres se elevan monasterios de hasta siete siglos de antigüedad

18/04/2020 - 

VALÈNCIA.-Existen lugares que hay que ver con los propios ojos porque parecen escapar de toda lógica. Incluso te los frotas bien porque crees que estás alucinando y que no puede ser real. Me ocurrió cuando llegué a Meteora, al ver ese paisaje de enormes estacas de roca que parecen que han sido lanzadas desde el mismo cielo. No me extraña que los antiguos griegos creyeran que esas rocas «habían sido enviadas por el cielo a la tierra» porque hasta yo misma lo pensé… ¿cómo es posible que exista un lugar como este? Sí, la erosión y el paso del tiempo han ido moldeado esas rocas gigantes pero aún así te quedas sin palabras.

Reconozco que el paisaje ya de por sí asombra pero cuando te fijas que en la cima de cada una de esas rocas de más de 600 metros de altura se divisan unos monasterios, te quedas con la boca abierta y sabes que la paliza del coche —son 358 kilómetros desde Atenas— ha merecido la pena, ¡y mucho! Además, si prestas atención a los recovecos de la montaña se intuyen las cuevas (adaptadas para dormir y pequeñas capillas) en las que vivían los monjes ortodoxos más ascéticos, que solo salían los domingos para celebrar misa y recoger los alimentos que les donaban los habitantes de Kastraki y Kalambaka, las poblaciones más cercanas a Meteora, que significa «monasterios suspendidos del cielo».

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Y observando cada detalle empecé a elucubrar teorías de cómo construyeron los monasterios —incluidos extraterrestres, por supuesto—. La explicación más aceptada es que fueron edificados empleando cometas porque, no hay que olvidar, que por aquel entonces la única manera de ascender a los templos era mediante telesillas y cuerdas con poleas. El artífice de este enigmático lugar fue Athanasios Koinovitis quien, tras ser expulsado de su monasterio en 1344, dio con este rincón y fundó junto a un grupo de seguidores el monasterio de Meteoron. Durante un tiempo fue el único del lugar pero en el siglo XIV otros monjes descubrieron el enclave y decidieron asentarse en busca de refugio. En total hubo veinticuatro monasterios —hoy en día se conservan trece—.

Eso sí, cada uno de ellos se alzaba en una de las cimas de esos colosos de piedra y tenían una escalera de cuerda para subir. Cuando el último de los monjes accedía al monasterio quitaba la escalera para que nadie les pudiera molestar. Por cierto, esa escalera solo la sustituían cuando «Dios dejaba que se rompiera».

Desgraciadamente, durante la Segunda Guerra Mundial las tropas alemanas atacaron los edificios donde los monjes protegían a partisanos de la resistencia griega y algunos de los monasterios fueron destruidos por completo. Olvidados por el paso del tiempo, en algunas cumbres se divisan los restos de lo que en su día fue el refugio de algunos monjes. 

La visita a los monasterios 

Por suerte, todavía están en pie trece monasterios, de los cuales seis están abiertos al público: el Gran Meteoro, el monasterio de la Santísima Trinidad, el monasterio de Varlaam, el de Roussanou, el de San Esteban y el monasterio de San Nikolaos Anapfsas. El precio de la entrada es de tres euros cada uno (no hay entrada conjunta). 

Y ahora la gran pregunta... ¿cuáles de ellos hay que visitar? Es cierto que cada uno tiene su encanto pero si el tiempo apremia, debes visitar el Gran Meteoro, el más antiguo de todos (siglo XIV) y uno de los más grandes. Eso sí, es el más concurrido así que, si como yo vas en coche, seguramente tengas que aparcar bien lejos del monasterio. Además, son muy estrictos con la vestimenta así que, si eres mujer, vístete con una falda larga porque si llevas pantalones (cortos o largos) te tendrás que poner un pañuelo que te dan a la entrada, y a saber cuándo fue la última vez que lo lavaron.

Además, ya seas hombre o mujer, tus hombros deben estar tapados. Llévate también algo para picar y agua porque para visitar el Gran Meteoro hay que subir más de trescientos escalones —menos mal que en el siglo XX sustituyeron las escaleras de cuerda— bajo un sol que no da tregua. En la subida, detente a ver las vistas porque son increíbles, sobre todo en un punto en el que se ve el monasterio de Varlaam al fondo.  

Una vez en el interior del Gran Meteoro se puede visitar el patio con vistas a los alrededores, su impresionante iglesia de la Transfiguración (una de las más hermosas de Grecia), con los frescos absidales de la Sagrada Comunión o la imagen de Athanasios. Además, puedes hacerte una idea de la vida monástica a través de las distintas dependencias, con objetos auténticos, como la cocina del monasterio, la bodega restaurada y el antiguo taller de carpintería. De todas las estancias, las que más me llamaron la atención fueron el museo (antiguo hospital-geriátrico del Monasterio), de reliquias y objetos sagrados de época bizantina, el museo Folklórico y el pequeño osario que se oculta tras una antigua puerta de madera y en el que solo puedes asomar la cabeza. Eso sí, impresiona ver las calaveras de algunos de los monjes de la orden que vivieron allí. 

Si tienes tiempo, visita también los monasterios de la Santísima Trinidad y Varlaam porque realmente merecen la pena. Y antes de regresar a tu alojamiento, da una vuelta por los alrededores para admirar la puesta de sol desde cualquiera de sus miradores. Mi visita a Meteora fue únicamente de un día, pero he de confesar que es un lugar en el que estar, por lo menos, dos porque me quedaron algunas cosas en el tintero que espero hacer pronto. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 66 (abril 2020) de la revista Plaza

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