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Moscas que salvan el mundo

Se pueden matar a cañonazos, cazarlas con miel y, además, no entran en las bocas cerradas. Sin embargo, lo que es más desconocido es que las moscas —puñeteras o no— son una herramienta indispensable para el avance científico y para salvar millones de vidas. Y además, viajan al espacio

9/10/2021 - 

VALÈNCIA.- Un hombre entra en una cabina de teletransporte, pero una mosca está con él. Cuando sale de la máquina todo parece normal, pero el joven empieza a consumir azúcar sin parar y a sufrir cambios físicos extremos. Finalmente se convierte en una mosca gigante y monstruosa que intenta comerse a su novia. Este es el argumento de la película La mosca (1986, David Cronenberg), y aunque los científicos no planean crear monstruos con alas, el parecido genético de los humanos con estos insectos es tan grande que los utilizan para buscar aplicaciones médicas. Esta es la historia de cómo las moscas iniciaron la genética moderna y de por qué el futuro de la humanidad podría estar en sus manos pretarsales.

Estela Selma es investigadora de la Universitat de València. Esta doctora en Biomedicina lleva años trabajando con moscas, y muchas veces le preguntan por qué utiliza estos insectos, si son tan diferentes a los humanos. Ella responde que «las moscas de la fruta (Drosophila melanogaster) comparten el 70% de los genes humanos que son causantes de enfermedades genéticas. Además, son organismos de fácil manipulación, tienen un ciclo de vida corto, tienen mucha descendencia y es barato trabajar con ellas. Si utilizáramos otros modelos, por ejemplo ratones, todo sería más lento, más caro y presentaría problemas éticos».

Además, se les pueden hacer cosas que serían imposibles en humanos.  «Otra de las ventajas de utilizarlas es que existen muchas herramientas genéticas que permiten editar sus genes», explica Selma. Así, se pueden modificar a cientos de moscas en cuestión de semanas para que presenten una enfermedad humana e intentar encontrar una cura. Pero ¿cómo empezó todo esto de utilizar moscas en los laboratorios?

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Mutantes y un premio Nobel

En 1910 un hombre miraba un frasco lleno de moscas de la fruta. Se llamaba Thomas Hunt Morgan y estaba a punto de fundar la genética moderna. Aquella mañana encontró un molesto díptero de ojos blancos mirándole desde dentro de la probeta. Y como las moscas de la fruta tienen los ojos rojos, se dio cuenta de que estaba frente a un mutante. En realidad, él y Fernandus Payne habían sometido a los insectos a radiaciones y productos químicos. Querían ver si podían producirles mutaciones, y lo más importante, entender cómo esos cambios se transmitían de padres a hijos.

* Lea el artículo íntegramente en el número 84 (octubre 2021) de la revista Plaza

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