Un año después del Roig Arena: ¿qué ha cambiado en la escena musical?

Análisis

Música y ópera

Promotoras y salas analizan el impacto de los 12 primeros meses del recinto multiusos

  • El exterior del Roig Arena previo a un concierto en octubre de 2025.
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VALÈNCIA. Hace hoy exactamente un año, el 6 de septiembre de 2025, el Roig Arena abría sus puertas después de años de expectación, titulares grandilocuentes y prometedores, y fechas de eventos salpicadas. Hace tan solo 12 meses, el papel que tendría en la ciudad y su capacidad para atraer artistas y público eran aún una incógnita. Pero no ha hecho falta ni siquiera un año para despejar cualquier duda.

El Roig Arena ha sido la gran noticia cultural del año en València; y los datos hacen indiscutible esa atención mediática. Según datos adelantados por el recinto, ya han pasado 1,5 millones de visitantes (las primeras previsiones apuntaban a un millón) y se han acogido más de 300 eventos, entre conciertos, espectáculos de entretenimiento, partidos del Valencia Basket y eventos corporativos. En su programación musical se han sucedido artistas nacionales e internacionales de perfiles muy distintos, desde La Oreja de Van Gogh hasta Judas Priest, pasando por Joaquín Sabina, Aitana, Raphael, Hans Zimmer, Rod Stewart o Pet Shop Boys. El récord de asistencia registrado hasta ahora, según avanza el propio recinto, ha sido Quevedo, que reunió a más de 19.000 personas en la pista principal.

València entra en el mapa de las grandes giras

Durante décadas, uno de los problemas recurrentes de la escena musical valenciana ha sido la dificultad para acoger determinados espectáculos de gran formato más allá de lo puntual. No tanto por falta de público como por falta de infraestructuras capaces de responder a las necesidades técnicas, de producción y de aforo de determinadas giras. La llegada del Roig Arena ha cambiado de golpe el contexto.

Según apunta en un artículo para el Anuario de la Música Valenciana 2025 Daniel Molina, promotor de Just Life Music y director del Deleste, el estadio había permitido atraer “conciertos y artistas internacionales que antes no contemplaban la ciudad por falta de infraestructuras adecuadas”, además de vincular la respuesta del público a una nueva posición de València como destino emergente de turismo musical.

  • Concierto de Quevedo en el Roig Arena. -

Las giras han multiplicado su logística, y los grandes artistas apuestan por despliegues más complejos en grandes estadios en vez de hacer giras largas. La ciudad que acoge los conciertos consigue, además de imagen, visitantes. En este contexto, Palau Sant Jordi y Movistar Arena (antiguo Wizink Center), se había diferenciado de cualquier otro recinto en España. Ahora los estadios de fútbol se reforman para poder ofrecer grandes conciertos. 

El modelo ha cambiado, y público y promotoras están cambiando los festivales de decenas de artistas por conciertos-experiencia con precios de entrada mucho más altos. Como ejemplo, según datos del Anuario SGAE, hay un 32,3% más de conciertos que antes de la pandemia, un 20,6% más de asistentes, pero sobre todo, un 77,1% más de recaudación.

El Roig Arena no solo es polivalente, también se ha construido especialmente preparado para sonar como necesitan los artistas en 2026. Diferentes fuentes especializadas, incluido un promotor que trabaja en varias ciudades españolas, destacan la calidad de sonido del Roig Arena como un factor diferenciador.

En clave valenciana, también es importante destacar que la llegada del Roig Arena coincide en el tiempo con la mayor crisis de espacios al aire libre para los grandes conciertos y festivales en la ciudad de València. Una situación que no significa, en ningún caso, un equilibrio pero sí abre una ventana de oportunidad a las promotoras valencianas para no perder su línea de negocio.

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Lo que gana València y lo que falta

Para los profesionales de la industria local, el balance no es solo una cuestión de aforos. Rafa Jordán, promotor de Pro21, considera que el “el Roig Arena cuenta con un equipo profesional que está posicionando València en el circuito musical estatal”, lo que ha permitido situar “por primera vez un equipamiento de gestión privada por delante de los auditorios públicos”. 

Jordán señala, además, que aunque el objetivo del recinto sea esencialmente comercial, considera que existe un retorno cultural para la ciudad derivado de una programación  “plural y diversa”. Pro21 es la promotora detrás de la que será uno de los grandes hitos musicales de la temporada, el doble concierto de despedida de La Fúmiga, que reunirá cerca de 40.000 personas en el Roig Arena, cifras inéditas para la música valenciana y en valenciano.

En otro apunte de Daniel Molina en el Anuario de la música valenciana 2025, el promotor coincide en la importancia de la infraestructura, pero introduce una advertencia que atraviesa buena parte del debate: el éxito del Roig Arena no debería ocultar que València continúa teniendo un problema de recintos. El nuevo pabellón ha solucionado la ausencia de un espacio para determinados formatos, pero no necesariamente la falta de una red de salas suficientemente amplia y bien gestionada.

La distinción es importante porque el impacto del Roig Arena puede medirse de dos maneras distintas. Por un lado, ha elevado el techo de la ciudad: permite recibir artistas y espectáculos que requieren grandes aforos. Por otro, no ha modificado necesariamente el suelo de la escena: las salas pequeñas y medianas siguen teniendo que sostener buena parte del tejido cotidiano de músicos, promotores y público. Y esto se puede leer en clave positiva y negativa.

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En positivo, las salas de conciertos no se han visto afectadas para nada por la agenda de Roig Arena, a diferencia del impacto que sí tuvo en su día la estacionalización de los macrofestivales. Según explica Lorenzo Melero, de Loco Club, salas y estadios no compiten por el mismo público ni por el mismo tipo de espectáculo. Añade, de hecho, que se trata de un nuevo eslabón que tiene la ciudad en la cadena de la industria musical: “local de ensayo, sala pequeña, sala mediana, sala grande, y finalmente, estadio”.

La aparición de esa infraestructura, por tanto, no tiene está siendo una amenaza para el resto del ecosistema. Tampoco para la escena underground, que vive aún más ajena a las propuestas de miles de personas y no arrastra nuevos problemas más allá de los que ya proponía la ciudad desde hace años. 

En negativo, València tiene ahora una infraestructura capaz de atraer a artistas internacionales de primer nivel, pero continúa sin disponer de una red suficiente de espacios intermedios. “En Valencia, faltan salas de todos los tamaños, sobre todo salas entre 100 y 300/400 personas”, advierte  también Lorenzo Melero.

Daniel Molina apunta en una dirección similar. El entusiasmo generado por la nueva arena no debería esconder “un problema estructural que la ciudad arrastra desde hace años”: la carencia de recintos suficientes y bien gestionados para acoger eventos de gran formato. Más aún con las circunstancias actuales.

Tanto este como Rafa Jordán ponen Conciertos de Viveros como un caso paradigmático. Durante años, el ciclo ha sido una de las principales referencias musicales del verano valenciano y llegó a convertirse en un ejemplo de colaboración público-privada con capacidad para situarse en el radar de los programadores nacionales. Sin embargo, “el modelo actual muestra signos de agotamiento, debido a la lentitud institucional, las dificultades para cerrar fechas y la ausencia de una dirección artística sólida”. A esto se le suma el problema del sonido. Roig Arena y otras iniciativas privadas  como FAR amortiguan, puede no absorber el 100% de la agenda musical internacional, por lo que determinados artistas siguen descartando València en sus giras. 

  • Imagen de archivo del Auditorio del Roig Arena. -

Para el promotor Rafa Jordán, el año brillante del Roig Arena ha servido para poner de manifiesto “una debilidad estructural”: buena parte de las grandes giras dependen de promotoras externas y multinacionales que controlan los principales venues europeos. El reto, por tanto, sería aprovechar el tirón de la nueva infraestructura para construir un ecosistema local que no se limite a recibir las giras, sino que sea capaz de generar industria alrededor de ellas. Su propuesta pasa por una “lanzadera musical” que permita compensar esas carencias estratégicas. Es, en el fondo, una reclamación de política cultural: el éxito de un recinto no puede sustituir la planificación de una escena completa.

La radiografía del primer año del Roig Arena, según las fuentes consultadas, es unánime: el recinto ha cambiado el techo de la música en directo en València, ha permitido que la ciudad aspire a recibir espectáculos que antes no tenían espacio para instalarse, ha demostrado que existe público para ellos y ha introducido a la capital valenciana en conversaciones y circuitos internacionales de los que estaba más alejada. Todo eso en tan solo un año. Es precisamente este impacto el que enseña aún más las costuras de una music city con problemas estructurales serios, arrastrados en el tiempo, y sin una respuesta institucional.

La escena musical de una ciudad no es un conjunto de grupos de músicos. Son también público, promotoras, personal técnico, empresas, festivales y políticas culturales. El Roig Arena parece resolver una gran pieza de ese puzzle. València tiene que ser capaz de construir las demás.

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