Más cultura

VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

El psicólogo que explica por qué el inmovilismo en las Fallas quizá no sea un problema fallero

Una posible explicación al motivo por el cual las grandes comisiones ofrecen la misma fórmula de éxito un año tras año

  • Un ninot embalado, durante la Plantà de 2025.
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VALÈNCIA. El artista Paco Torres anunciaba estos días su renuncia a seguir plantando en las principales categorías de las Fallas. Autor de la Falla del Pilar desde hace años, su comunicado expresaba enorme cariño por las comisiones de las que ha sido referente así como por la fiesta. Dentro de su carta, en cambio, había una frase que contenía un gran mensaje implícito: “la actual deriva de las secciones de máxima competitividad me obliga a tomar distancia”.

El de Torres el enésimo síntoma de un sistema creativo congelado. Ajeno al riesgo y necesitado de cumplir con unos corsés excesivos para poder competir. En una especie de rueda de hámster infinita que impide cambiar, plantear soluciones diferentes. Siempre bajo el pretexto de que ‘las fallas son así’ y por tanto no cabe la disrupción formal. Hace unos meses ya hablé de esa trampa: las fallas nunca han sido así, nunca han sido de una manera; la vigencia de su tradición ha tenido que ver con su capacidad inmensa para adaptarse a contextos diversos. Reducirlas a un modelo único es simplificar su complejidad y por tanto hacerlas menos resistentes al tiempo. La cumbre de ese comportamiento es que una fiesta de carácter experimental por esencia recluya la experimentación en un bloque aparte, como una nota a pie de página.  

¿Pero es esa ‘deriva’ algo propio de las Fallas?, ¿son las Fallas las que explican su nueva aversión al cambio de sus monumentos? Más bien las Fallas podrían estar participando de una dinámica que inunda el consumo cultural actual. La preponderancia de las sagas en el cine, la facilidad mayor de un artista musical para triunfar solo si ya triunfó o la concentración del éxito cultural en referencias menos diversas que antes, tienen que ver con la misma condición que proyecta unas fallas demasiado similares a sus ediciones precedentes.

Adam Mastroianni es psicólogo pero sobre todo uno de los divulgadores más importantes del momento, capaz de combinar investigaciones en Nature con hilos influyentes a través de su Substack ‘Experimental History’. Mastroianni lleva un tiempo buscando comprender por qué vivimos en el tiempo de la saga y el blockbuster. En su trabajo analiza cómo la evolución de éxitos culturales muestra una dificultad enorme para que entre aire nuevo en un ocio sometido a algo parecido a una asfixia. 

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Después de analizar los 20 videojuegos más vendidos de cada año, desde 1995, comprobó una línea ascendente a partir de 2005: si antes de ese año las sagas y franquicias ocupaban menos del 75% entre lo más vendido, desde 2005 superan siempre ese porcentaje. En el cine, hasta el año 2000, las películas más taquilleras que pertenecían a la categoría de precuelas, secuelas, remakes o similares representaban el 25% de pelis con más ingresos; desde 2010 fue superando el 50% cada año; en los últimos años es difícil que baje del 100%. 

Pero incluso en el mercado del libro, visto a priori como de una diversidad inconmensurable (la barrera de entrada es baja e individual), hay algunas pistas: Mastroianni usó la lista LiteraryHub con los 10 libros más vendidos desde 1919. Se fijó en cómo había cambiado la aparición de libros en el top 10 escritos por autores con otro libro en el mismo top 10. Si históricamente era una anomalía que un autor tuviera en un mismo año otro bestseller en la misma lista, desde 1990 no ha dejado de suceder casi cada año. En 1998, por ejemplo, por primera vez un autor -la escritora Danielle Steel- tuvo tres libros entre los 10 más vendidos. En 2011 hasta tres autores -Grisham, Stockett y Larsson- tenían dos libros en la lista. El porcentaje de autores que aparecen en el top 10 habiéndolo estado ya previamente no dejó de escalar: si en los cincuenta la tendencia se situaba en el 50%, ha ido subiendo peldaños hasta acercarse al 75%. 

En el Billboard Hot 100 que define los éxitos musicales, los hitmakers (aquellos artistas que previamente habían colocado más de diez canciones en la lista), han pasado de copar en el 2000 hasta el 40% de canciones en la lista y el 10% en el top10, hasta representar en los años recientes el 60% de las canciones y hasta el 40% del top10. Entre tanto, la aparición de artistas nuevos en la lista (sin apariciones previas) ha pasado del 60% en los años sesenta hasta el 30% actual. Una mayor tendencia social a premiar a quien ya tuvo éxito, a valorar que repita su misma fórmulas.

Cuando cuestiones tan macro se bajan al territorio micro, los paralelismos con la querencia de las grandes fallas por repetir hasta la extenuación sus fórmulas, encuentra similitudes.

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¿Pero por qué sucede?, ¿por qué premiamos más hacer lo mismo en un momento en el que tenemos más opciones que nunca, más facilidad para encontrar infinidad de influencias? El propio Adam Mastroianni aporta una posible explicación: “A medida que las opciones se multiplican, elegir se vuelve más difícil. No puedes evaluarlo todo, así que empiezas a fiarte de señales como “esta película tiene a Tom Hanks” o “me gustó Red Dead Redemption, así que probablemente me guste Red Dead Redemption II”, lo que te hace cada vez menos propenso a elegir algo desconocido. Otra forma de pensarlo: más oportunidades implican mayores costes de oportunidad, lo que puede reducir la tolerancia al riesgo. Cuando la única forma de ver una película es elegir una de las siete que ponen en tu cine local, puede que te arriesgues con algo nuevo. Pero cuando tienes un millón de películas entre las que elegir, optar por algo seguro y familiar parece más sensato que apostar por una original. Esto podría estar ocurriendo en toda la cultura a la vez”.

También Mastroianni advierte del posible resultado de no innovar y apelar siempre a lo conocido: “Es como comer macarrones con queso todas las noches para siempre: puede ser cómodo, pero al final acabarás con escorbuto”. 

Las Fallas necesitan opciones distintas en su menú para hacerlas más apetitosas. 

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