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Oporto, entre fados y vinos

Salpicado de edificios tapizados de azulejos, tranvías y cafés de toda la vida, en Oporto la vida fluye despacio para saborear  sus vinos y su gastronomía

23/06/2022 - 

VALÈNCIA. Por fin estoy aquí, disfrutando in situ de esa imagen de Oporto que tantas veces he visto y soñado con ver. Las dos colinas de la ciudad se muestran claras ante mis ojos: a mi derecha, ese remolino de coloridas y pintorescas casas con tejados rojos en calles empinadas, y a mi izquierda, Vila Nova de Gaia, donde se congregan esas bodegas que tanta fama han dado a la ciudad. A pocos metros, cuando mi vista ya no alcanza más, el río se convierte en mar y, como él, la ciudad fluye hacia un horizonte más amplio que lo aleja de esa mirada melancólica con la que solemos ver a Oporto. Y más ahora, con la puesta de sol. Un pasado vinculado a ese puerto que construyeron los romanos sobre el poblado que los celtas llamaron Calé y que se convirtió en una parada obligatoria en las rutas marítimas de la costa portuguesa. De ahí que pasara a conocerse como Portas Cale, nombre que dio origen al topónimo de Portugal.

Una imagen que tú también disfrutarás si cruzas el puente Don Luis I, uno de los símbolos de Oporto. Al ver su gigantesca estructura de hierro, con su enorme arco, mi mente se va a París y a su Torre Eiffel. No voy desencaminada porque este puente —inaugurado en 1886— fue ideado por Teófilo Seyrig, socio de Gustave Eiffel. Un punto a medio camino de ambas zonas que me plantea una duda: ¿voy a una bodega o me pierdo por la ciudad? No me hace falta echar una moneda al aire porque me ha venido clara la visión: degustar un vino escuchando fados. Además, estoy más cerca de Vila Nova de Gaia, donde se concentra la gran mayoría de las bodegas. Es así por varios factores: el primero, porque hay mejores condiciones para mantener el vino, y el segundo por una cuestión económica, pues antaño los impuestos eran pagados directamente al obispo, quien residía en la ciudad de Oporto y, por tanto, esta zona estaba exenta.

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Estando aquí es imposible no adentrarse en una de esas bodegas. Sandeman, Ramos Pinto, Ferreira, Taylor’s, Croft…Todas ellas con nombres ingleses. Y es que, Inglaterra encontró en Portugal el socio ideal para abastecerse de vino y renunciar a los de Francia y España, a menudo países enemigos. Un largo recorrido que hacía que los vinos no llegaran en perfectas condiciones, problema que los comerciantes ingleses solucionaron añadiendo un poco de brandy —de ahí que tengan un alto porcentaje de alcohol—. De todas ellas visito Cálem, donde primero me explican la historia de la bodega y la tradición y características del vino de Porto (blancos, rosados, tintos estilo Ruby y tintos estilo Tawny) para luego llegar a una sala donde hacemos una cata escuchando fados.

Es un momento especial, íntimo, en el que las letras de esas canciones me calan en el alma aun sin saber portugués. Luego, me acerco hasta WOW, que nació como museo del vino (World of Wine) y hoy es un auténtico distrito cultural y gastronómico con seis museos y nueve restaurantes y bares, su propia fábrica de chocolate, galería de arte y tiendas que rebosan diseño  Made in Portugal. 

* Lea el artículo íntegramente en el número 92 (junio 2022) de la revista Plaza

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