LA LIBRERÍA

'Pureza', un retrato XXL de Jonathan Franzen sobre la identidad, la verdad y las filtraciones

El autor al que la revista Time etiquetó como Gran Novelista Americano vuelve a las estanterías con una voluminosa historia repleta de tramas, subtramas y secretos familiares

15/02/2016 - 

VALENCIA. Pip Tyler sufre una vida anodina que orbita alrededor de un turbio misterio familiar que su madre, Anabel, una mujer temerosa que pasa sus días aislada del mundo, se niega a revelarle. Pip solo desea saber quién es su padre, y de paso -si es posible-, pedirle algo de ayuda económica para pagar el préstamo de sus estudios, que asciende a ciento treinta mil dólares, una montaña de dinero imposible de coronar con sus escasos recursos. A Pip todo le parece gris, vacío y hostil; no tiene demasiadas amistades, comparte casa okupa de Oakland con el hombre al que desea y también con su mujer, se relaciona ocasionalmente con tipos que no la satisfacen y mantiene un contacto de baja intensidad con sus compañeros de piso. Con veinticuatro años ve su futuro como un horizonte sin posibilidades. Sin embargo, todo cambia cuando un hombre inquietante y seductor aparece en su vida con una propuesta que trastornará por completo su rutinaria existencia. 

Andreas Wolf se libró de la Stasi una y otra vez antes de la caída del Muro. Antes de caer en desgracia con su familia y tener que retirarse al sótano de una iglesia en la que desempeñaría su labor como orientador para jóvenes con problemas, fue un prometedor estudiante de la RDA. Su madre, una bellísima e inteligente mujer con episodios de fuga mental, le había ofrecido sus amplios conocimientos, de los que se había empapado como una devota esponja en aquellos años en que aún era su pequeño. Aquellos años en que todavía no sabía eso, aquellos años en los que todavía no había tenido tiempo para analizar a su madre en perspectiva y reinterpretar determinados acontecimientos que en su ingenuidad infantil, había tomado por normales. La vida de Wolf, ahora convertido en una celebridad internacional en el campo de las filtraciones de la talla de Snowden y Assange -puede que incluso de mayor envergadura-, se había ido rompiendo por varios puntos: cuando se publicaron ciertos poemas subversivos que le alejaron de su familia, cuando sucedió todo aquello del asesinato. Lesiones graves que todavía no han terminado de soldar.

Charles, Leila y Tom son los tres vértices de un triángulo amoroso dañino y marcado por la dependencia. Charles es el gran novelista del momento o debiera serlo, un hombre intenso y egocéntrico con el peso de las expectativas de toda una nación a sus espaldas. Leila, periodista, investigadora y madre vocacional, ha sabido resistir numerosos vendavales emocionales de Charles, el gran escritor, el profesor de universidad, el nombre en el lomo de los libros más vendidos. Pero ahora necesita algo que él no puede darle y que Tom, también periodista y fundador de una nueva agencia, sí parece poder. Pero Tom, al igual que todos los personajes de esta extensa novela, tiene un pasado que no muchos conocen, uno en el que planean varias sombras de gran tamaño y oscuridad.

De Jonathan Franzen se ha dicho que es el gran novelista americano, una figura que a estas alturas produce un poco de risa por lo grandilocuente y por ser una etiqueta que cambia de manos tanto como un cinturón de campeón de la WWE. La Gran Novela Americana, por otra parte, título que ya de por sí resulta irritante por el hecho de referirse en realidad a la Gran Novela Estadounidense -a lo sumo se podría incluir al vecino canadiense-, que obvia que grandes novelas americanas ya se han firmado en distintos países del continente, es una especie de monstruo criptozoológico, un ser que muchos afirman haber visto -en este caso leído- y que otros todavía esperan con fe judaica. La Gran Novela Americana es como el milenarismo, va a llegar. De hecho, llega constantemente. Se parece a ese concepto tan de moda en los departamentos de marketing de las editoriales, “el fenómeno editorial del año”, que se imprime en casi cualquier libro capaz de vender unos cientos de ejemplares. 

El problema es que si el sambenito de Great American Novelist te lo cuelga la revista Time en portada, ya puedes esforzarte para estar a la altura, porque de lo contrario corres el riesgo de convertirte en the Great American Failure, y eso puede tirar por tierra la carrera del más pintado. La GNA exige volumen, complejidad, horas y horas de lectura; la GNA será big size, o no será. El mismo Franzen reflexiona en torno a esto en Pureza, su última novela: “Cuando Charles dio por terminadas sus diversas lunas de miel, se sentó a escribir «el gran libro», la novela que iba a garantizarle un lugar en el canon moderno de Norteamérica. En otros tiempos habría bastado con escribir El ruido y la furia o Fiesta. En cambio, en su época, la magnitud era esencial. El grosor, el tamaño”. Para estar en el pódium, el tamaño sí importa.

¿Está el Franzen de Pureza a la altura de lo que se espera de él? Desde luego, cada uno pone el listón donde quiere. Podemos medir las virtudes de este libro en función de la trayectoria del autor, al estilo de esos profesores que esperaban más de ti y por eso te pusieron una nota inferior a la que merecías, o podemos valorarlo atendiendo a lo que nos ofrece. Si lo valoramos así, por sus propios méritos literarios, podemos hablar de unos personajes que son más personas que personajes por el detalle con el que se han construido; unos personajes sobre los que se puede hacer zoom más allá de lo habitual. También podemos hablar de la habilidad de Franzen para describir un valle boliviano de tal manera que casi creemos estar captando todos esos aromas que entran por la nariz de Pip y la llevan al éxtasis, o podemos mencionar las acertadísimas y precisas reflexiones sobre nuestras costumbres -algunas ocupando páginas y páginas, otras como un oportuno matiz- que pueblan el libro. Independientemente de si es o no esa bestia mitológica de la que hablábamos antes, lo cual no es relevante, Pureza es una gran novela. En muchos sentidos.