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CUANDO HABÍA UHF

Starsky & Hutch, con ellos llegó un nuevo hombre

Atractivos, irreverentes y sin miedo al contacto físico entre ellos, los agentes Starsky y Hutch hicieron historia combatiendo el crimen a pie o en su indestructible coche

28/01/2020 - 

VALÈNCIA.-Por regla general, hablamos poco de símbolos sexuales masculinos al referirnos a las teleseries. Lo cual no significa que no los hubiera. Especialmente en España, país en el que, dadas las circunstancias sociales y políticas, el sexo era algo que solo podía llegar por la vía televisiva de una manera muy velada. Feo, calvo y con un chupachups en la boca, el teniente Kojak (Telly Savalas) impuso un nuevo tipo de erotismo masculino. También estaba Chad Everett, un galán en el sentido clásico que conmovió al público femenino en masa al convertirse en el Doctor Gannon de Centro médico. Y no olvidemos al Sancho Gracia de Curro Jiménez, máximo estandarte del macho ibérico en una época en la que el macho ibérico era el modelo de varón aceptable en este triste país de aquellos años setenta. Pero quienes de verdad instauraron una nueva era a ese nivel fueron la pareja de detectives californianos conocidos como Dave Starky y Ken Hutchinson, Starsky & Hutch para el gran público. 

Estrenada en 1975, la serie, además de cosechar un gran éxito, fue revolucionaria en varios aspectos, todos ellos relacionados con un único asunto: el rol masculino en la teleserie. Tras la gestación del proyecto estaba Aaron Spelling, lince dorado de la ficción televisiva, que tenía clarísimas las claves del éxito en la pequeña pantalla. Para muchos quizá no fuese más que el padre de la actriz Tori Spelling, pero la historia le recordará sobre todo por títulos como Vacaciones en el mar, Dinastía, Los ángeles de Charlie, Sensación de vivir o la serie que ahora nos ocupa. Otro factor importante en el desarrollo y éxito de las aventuras de esta singular pareja de polis fue Michael Mann.

El realizador dio sus primeros pasos rodando episodios de Starsky & Hutch, pero el golpe maestro lo dio unos años después, con Corrupción en Miami. Los detectives Sonny Crockett y Ricardo Tubbs le deben muchísimo a sus predecesores californianos: la consolidación del dúo masculino como eje protagonista, la combinación de identidades distintas que se complementan entre sí, la proyección de una masculinidad diferente y una estética global —basada sobre todo en la moda y el estilo de vida— que define la década de los ochenta con tanta fuerza como Starsky & Hutch sirvió para reflejar el segundo tramo de los setenta.

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De lo que no cabe duda alguna es que los actores elegidos para encarnar a Starsky y a Hutch fueron fundamentales a la hora de potenciar el éxito de la serie. Tanto David Soul como Paul Michael Glaser eran prácticamente dos desconocidos hasta que el espabilado Spelling decidió hacerlos protagonistas de la serie. Fue todo un acierto. Ambos actores eran poseedores de un atractivo que la pequeña pantalla supo potenciar y explotar. Soul —rubio, de ojos azules— era el policía más reflexivo y sofisticado, con un punto más intelectual. Glaser —moreno, de pelo en pecho y melena rizada— era más impulsivo, por no decir que ligeramente más bruto.

La ropa que ambos vestían dejaba la personalidad de ambos más que niquelada. Hutch (Soul) destacaba por una cazadora de piel marrón y vaqueros acampanados; pero también causaba furor si se ponía chaqueta universitaria. En cuanto a Starsky (Glaser), lucía una inconfundible chaqueta de lana y calzaba zapatillas deportivas, una imagen que se proyectó con tanta fuerza que hoy sería considerado como un indiscutible icono de estilo. A mediados de los setenta, vestirse como Starsky estaba de moda. Aunque el guapo que enamoraba a las adolescentes por millares era Soul, cuya imagen dio pie a pósteres, pegatinas, portadas de revistas y clubes de fans por doquier. Su condición de estrella aumentó todavía más cuando se metió a cantante pop. La canción Silver Lady fue uno de los hits de la era discotequera.

Pero volviendo a los detectives Starsky y Hutchinson, no hay que olvidar otro elemento clave de su carisma: su coche. El sufrido Ford Gran Torino de Starsky era el tercer protagonista de cada capítulo. De color rojo y con un rayo blanco —no, en 1975, la etapa glam de Bowie todavía no tenía tanta influencia, y menos en Estados Unidos—, el coche protagonizaba infinidad de persecuciones por las calles de Bay City, una ciudad californiana que solamente existía en la ficción.

El Ford se marcaba carreras de las que no dejan puesto de mercado en pie, ni luna de escaparate intacta. Eso sí, el Ford terminaba inmaculado a pesar del desenfreno al que era sometido. Alguien del equipo, que estaba de broma, bautizó al coche como ‘el tomate con rayas’. El chiste acabó trascendiendo y llegó al público, que se apropió del mote. Además del coche, la pareja tenía un confidente que les daba vidilla a nivel guión. Interpretado por Antonio Vargas, el personaje de Huggy Bear era un festín visual cuyo look —sombreros, solapas, botas, chalecos, gafas de sol— sintetizaba de golpe toda la cultura visual de la música discotequera.

Ninguna serie de policías está completa sin un jefe que se pase los capítulos enfurruñado por culpa de los métodos poco ortodoxos de sus agentes estrella. En este caso era el actor Bernie Hamilton quien daba vida al capitán Dobey, que junto con Huggy Bear, ofrecía el contrapunto necesario para generar situaciones cómicas. Porque hay que destacar que el sentido del humor era una de las bazas del dúo. La otra, una que sin duda rompió moldes, fue la relación que ambos mantenían entre sí. Gracias a Starsky y Hutch, el mundo entendió que dos compañeros de trabajo podían ser casi como hermanos del alma. Dos codiciados solteros que mantenían una especial camaradería que, vista desde el prisma actual, haría pensar a más de uno si no había algo más en aquella relación. No lo había. Starsky y Hutch eran masculinos pero vulnerables, molones pero con calle, y sobre todo, sin miedo al contacto físico entre ellos.

Lo que, en cierto modo, nos estaban enseñando estos dos es que había otras maneras de ser hombre. Esto no les sirvió de mucho en el mundo real. Las constantes quejas de Glaser, porque no le gustaba cómo evolucionaba su personaje, pusieron a este en peligro. Los guionistas llegaron a pensar en un hermano para que le sustituyera en caso de que el actor fuese despedido. Soul tampoco era un actor manejable y daba problemas constantemente. Los guionistas tuvieron que reducir la violencia de las tramas a partir de la segunda temporada y centrarlas en aspectos más humanos de los protas. La mezcla de todos estos factores acabó con la serie, que dejó de emitirse en 1979. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 63 (enero 2020) de la revista Plaza

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