Mediocridad artesanal

Opinión

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CHURRAS CON MENINAS
Publicado: 26/10/2026 · 06:00
Actualizado: 26/10/2026 · 06:00
  • Ilustración de Mari Sánchez.
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VALÈNCIA. Hoy escribo sobre la mediocridad. Y, además, a favor. ¿Pero esta persona qué ha desayunado?, estaréis pensando. Un café solo y un melocotón, gracias por preguntar. Me remonto, que dirían las chicas Almodóvar. Me puso B. el otro día el móvil en la cara para enseñarme el tráiler de una película. Yo no entendí su euforia, la verdad, la secuencia me dejó frío. Además, estábamos en una cafetería y no sabéis el apuro que me da molestar a los vecinos con el soniquete del teléfono, así que estaba contando los segundos para que terminara. Pero eso a B. le daba igual, estaba emocionadísima.

¿No ves nada raro?, me preguntó. Qué pesadita estás, B. No, nada me parecía extraño en esos treinta segundos, más allá de su exagerado entusiasmo por una película de persecuciones, tiroteos y mucha testosterona. ¡Está hecho con Inteligencia Artificial!¡Todo! Ni existe la película, ni nada. Todo es mentira. Vomitó la frase con la rapidez de quien tiene un secreto que le quema la lengua. Entonces me di cuenta: a B. no le había emocionado la fake movie, sino haberme engañado. 

Desde luego la herramienta está entrenada de más y yo de menos. Minipunto para B.

Pocos días después, algún ilustrador al que sigo la pista en Instagram —no recuerdo quién, perdón— compartía un puñado de carteles de fiestas patronales y negocios cortados por el mismo prompt, con tipografías y dibujos de estilo idéntico. Bien de brochazos y colores saturados. Con alguna erratilla, sí, pero daban el pego. En esta ocasión no hubo lugar para el engaño, la publicación ya venía con spoiler, aunque sí me pregunté si habría caído en la trampa de habérmelo enseñado B. con la misma malicia con la que me puso el tráiler de aquello que parecía una película pero no era una película.

Quizá no habría colado; quizá sí. No lo sé. Lo que sí sé es que me había dejado igual de frío que aquel intento de Misión imposible. Más allá de los debates éticos en torno a la IA, que los conozco y darían para una serie, lo cierto es que esta supuesta máquina de pensar no ha logrado hacer nada creativo que me interese. Jamás. Y eso que ya se intuyen por ahí canciones, textos y novelas que han recibido una ayudita de Chat GPT. ¡Hasta el prestigiosísimo Premio Goncourt parece que no se libra!

Cuando digo que nada hecho con Inteligencia Artificial me ha interesado quiero decir que nada me ha parecido de calidad, me ha emocionado, me ha hecho cuestionarme el mundo, me ha pellizcado o todas esas cosas que uno espera del encuentro con la creatividad. Ni siquiera me ha horrorizado, siendo honestos. Lo he visto, me ha parecido cutre, perezoso, y poco más. 

Es cierto, hay imágenes, vídeos o carteles que ya son capaces de imitar la mano humana y colar el contenido —qué palabra— como algo “real” en un primer golpe de vista, pero es, en todo caso, una realidad mediocre. Usar y tirar.

Y, como de mediocridad vamos sobrados, yo elijo quedarme con la natural, la de toda la vida, la de los humanos, que es mucho más interesante, plural y colorida, dónde va a parar. Ya que estamos, prefiero preguntarme cómo ha llegado tal actor, director o escritor a hacer ese bodrio y, si puede ser, comentarlo en una larga sobremesa. Cerrar la conversación con un simple “es IA” es demasiado aburrido, estaréis conmigo. Dadme errores, proyectos fallidos y mal gusto. Bienvenida sea la mediocridad creativa si esa mediocridad es artesanal y, al menos, me dice algo de quien la ha ejecutado.

Este artículo, por cierto, está escrito por un ser humano, que soy yo mismo, Carlos Garsán, e ilustrado por otra humana, Mari Sánchez. Por mi parte, lo intentaré hacer mejor la próxima vez, aunque no prometo nada.

 

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