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¿salud o moda?

Verdades y mentiras sobre la alimentación ecológica

Un movimiento en pos de la nutrición, el medioambiente y la justicia social al que muchos han sabido sacarle filón comercial

21/08/2016 - 

VALENCIA. Un litro de leche de vaca entera (1,75 euros), una docena de huevos (5,80€), medio kilo de arroz integral (2,10€), café orgánico instantáneo (8,24€), té natural a granel (6,40€), una bolsa de lentejas (2,80€), un lata de atún en aceite de oliva (6,90€), pan de centeno (2,55€), espagueti de mijo (3,36€), un kilo de manzanas (3,38€) y cien gramos de anacardos (3,60€). Una lista de la compra sana, equilibrada y, sobre todo, ecológica, que asciende a 46,88 euros. La misma relación de alimentos en una cadena de supermercados de corte tradicional apenas alcanzaría los 25.

El furor por la nutrición saludable ha alcanzado a las sociedades modernas. Por doquier proliferan supermercados ‘eco’, los comercios incorporan líneas de productos ‘bio’, mientras los restaurantes ofrecen comida orgánica adaptada a las exigencias del comensal. ¿Despierta una nueva sensibilidad social? ¿O se trata de un mero reclamo comercial para inflar la cuenta? Hay opiniones enfrentadas en torno a la denominada agricultura ecológica, o lo que es lo mismo, aquélla que respeta criterios ambientales y de bienestar animal establecidos por la normativa europea. La discusión se centra en tres niveles: el impacto sobre la salud, sus beneficios sobre el medio ambiente y la búsqueda de una industria justa con el productor local.

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«Todo sector va para abajo en la agricultura, excepto el ecológico. Esto nos indica la tendencia», manifiesta Enric Navarro, productor de la huerta valenciana, creador de la empresa Terra i Xufa y miembro de Mercavalencia. Ha recibido formación específica en el extranjero y considera que el modelo actual de industria alimentaria «no es sostenible». En el lado contrario se posiciona José Miguel Mulet, profesor en biotecnología de la UPV. Para él, «todo esto es más un tema fi losófico, sentimental, con poca base científica. El día que vaya a Mercadona y lo vea todo ecológico, me lo creeré».

A nivel nutricional, más allá de consideraciones como el mayor sabor o la intensidad del color, ningún informe ha puesto de relieve hasta la fecha que de forma general el comer ecológico sea más favorable para la salud. Así lo defiende el nutricionista Juan Revenga, quien además recuerda que la mayoría de alertas de seguridad alimentaria «que han provocado algún daño o supuesto algún riesgo real para la salud» provienen de productos ecológicos.

Sin ir más lejos, la crisis por la bacteria E.coli que hizo saltar todas las alarmas en Europa (la mal llamada crisis de los pepinos) se debió en realidad a un cultivo ecológico de fenogreco de una empresa alemana. «A mí la normativa de productos ecológicos no me convence nada», señala el experto, por lo que su apuesta se centra en la sostenibilidad pero «sin impedimentos de pesticidas o fertilizantes autorizados y por supuesto con productos de cercanía».

Tema distinto es el del medio ambiente. La ganadería intensiva es una de las principales causas del calentamiento global, hasta el punto de generar un 18% de los gases de efecto invernadero. Así lo demuestran informes tan demoledores como La larga sombra del ganado, respaldado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). La carne ecológica se produce no sólo con piensos naturales y la ausencia de hormonas, sino también a través de una crianza más respetuosa con los ciclos animales y la naturaleza. Su implantación reduciría la producción, y por tanto el consumo, algo que no suena descabellado.

Revenga: «El marco europeo que tenemos sobre etiquetado ecológico es demencial, deberíamos tirarlo a la basura y empezar de cero»

El movimiento Slow Food, fundado en Italia hace treinta años y con delegaciones por todo el mundo, habla de los alimentos «buenos, limpios y justos». No necesariamente ‘eco’. «Nunca será lo mismo una barra de pan de 20 céntimos que una hogaza del panadero de toda la vida», explica Irene Zibert Van-Gricken, portavoz de la asociación. Para ellos, la clave está en la manera de producir: «No es lo mismo a fuego lento que de manera acelerada en un invernadero». Su argumento, por tanto, se basa en la «gastronomía artesanal». Hace hincapié en la figura del agricultor local y en la defensa de las variedades autóctonas desfavorecidas por la gran industria.

En Valencia abogan por la recuperación del arròs sénia, el cacau del collaret o la gallina de Chulilla. Y es que no basta con prescindir de pesticidas o de optar por el estiércol natural; la clave está en la proximidad, en el kilómetro cero. Enric Navarro así lo constata: «Es esencial que el producto sea ecológico, pero también local. No me sirve de nada que venga de la otra parte del planeta». Ahora bien, en el mercado español es posible encontrar ‘eco’ manzanas de Italia y ‘bio’ piñas de Brasil.

«Intentan decir que la producción ecológica es la local, la del agricultor de toda la vida, pero no es así», reivindica Mulet. En su opinión, todo esto responde «a una miscelánea de discursos». «La agricultura convencional es la más ecológica, ya que se está modernizando y apostando por sistemas de riego cada vez más eficientes», defiende, al tiempo que critica su «demonización».

En cualquier caso, los datos del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (Magrama) revelan una tendencia al alza de la agricultura ecológica. «El problema no es tanto que haya producción suficiente, sino que sea sostenible. El precio es tan alto que la gente no podría pagarla», matiza Mulet.

¿Están justificados los ‘bioprecios’?

Sólo el necio confunde valor y precio, decía Antonio Machado. Así responden los militantes ‘eco’ al ser inquiridos por los elevados precios. «También habría que preguntarse por qué otros productos son más baratos», afirma Enric Navarro, quien añade: «Hasta la fecha todo esto depende de empresas pequeñas, de agricultores locales, así que la producción y comercialización resulta más difícil». Una visión coinciden te con la de Irene Zibert Van-Gricken: «Sencillamente, no estás comprando el mismo producto, así es más justo para las dos partes. En Carrefour, Alcampo, ni qué decir de Mercadona, no hay respeto por la figura del agricultor», asevera. Pero no siempre hablamos del pequeño comerciante cuando nos referimos a productos ecológicos.

La cadena valenciana Herbolarios Navarro factura 14 millones de euros anuales y prevé llegar a los 24 puntos de venta en 2016, entre Valencia, Madrid y Baleares. Su producto estrella es el ecológico y defienden que tenga un precio superior. «Tiene un valor añadido, en tanto que nos nutre, que es sano,

con un sabor distinto, que sabe a lo que debe saber...», explica Rosana Sospedra, responsable de Alimentación de la tienda central. «Habrá quien lo verá caro, pero se gastará más en ropa o en coches. Otros preferimos invertir en alimentación, porque luego te sientes mejor, estás menos enfermo. A mí ahora me duran los resfriados dos días», comenta.

El halo de naturismo

Otra cuestión que favorece poco al movimiento ecológico es el halo de naturismo. Herbolarios Navarro cuenta con una amplia sección de fitoterapia. «Tenemos un montón de gente que trata sus enfermedades con hierbas, equinácea para el constipado, Omega-3 para el colesterol... Aquí les atienden y aconsejan biólogos o farmacéuticos», precisan, pese a tratarse de una pseudoterapia curativa. También venden Flores de Bach y, hasta hace unos años, remedios homeopáticos. Herboristería y cosmética están presentes también en Ecorganic, cadena del sector que pronto sumará cinco establecimientos en la Comunitat y otro en Bilbao. Asegura que entre el 80% y 90% de sus frutas y verduras son de kilómetro cero. «Apostamos por pequeños productores certificados con sello ecológico.

Lo esencial para nosotros es que, desde su inicio, los alimentos se hayan producido sin pesticidas, ni fertilizantes, ni ninguna técnica agresiva», comenta su responsable de prensa, Mercedes Morales. Pero si el producto es local, con el consiguiente ahorro en transporte, además de la ausencia de intermediarios, ¿por qué cuesta más el kilo de manzanas? «No tiene por qué ser más caro», argumenta Enric Navarro, «el problema es que aún es pronto para equiparar precios. La igualdad llegará cuando haya más producción que la de ahora, cuando los alimentos circulen más y las redes comerciales sean mejores».

En su opinión, tenemos que buscar «el precio justo» para que la agricultura pueda vivir dignamente y el comprador no pague tanto, como ha sucedido en otros países. Se refiere a Alemania, donde hay yo gures biológicos más baratos que los normales y, por lo general, las diferencias del desembolso no sobrepasan el 10%. En España rondan el 20%, según datos del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Agrícolas de Alicante (Coitagra).

Europa nos pone verdes

Al final, que un producto sea ecológico o no, sólo depende de una cuestión: la ley. En concreto, el reglamento (CE) 834/2007 del Consejo Europeo sobre producción y etiquetado de los productos ecológicos establece un marco jurídico vigente desde 2009. El texto regula productos, piensos, semillas, levaduras y producción ganadera, además de prohibir tajantemente los transgénicos (organismos modificados genéticamente).

A Mulet, gran defensor de las bondades de la probeta, esto le parece «una barbaridad» y «poco ecológico». Además, introduce las normas de etiquetado (‘eco’ o ‘bio’ indistintamente) y explica que debe estar fácilmente visible en el envase, con una referencia inequívoca al organismo de control que certifica ese producto.

Y es que para garantizar el cumplimiento de la normativa europea existen diferentes entidades de certificación ecológica autorizadas e independientes, cuya función es realizar controles y constatar que se cumplen los mínimos de calidad. En España, concretamente hay 17, entre las que se incluye el Comité de Agricultura Ecológica de la Comunidad Valenciana (ES-ECO-020-CV). No hay que confundir este tipo de etiquetado con otros que interesadamente se encuentran en los comercios. Por ejemplo, existe el sello de agricultura biodinámica, que poco tiene que ver: es una disciplina basada en el cultivo sostenible, pero en función de los movimientos astrales.

«El problema no es tanto que haya producción suficiente, sino que sea sostenible. Es tan cara que la gente no podría pagarla», matiza Mulet

«El marco europeo que tenemos sobre etiquetado ecológico es demencial. Deberíamos tirarlo a la basura y empezar de cero», asegura Revenga de forma tajante, y se muestra de acuerdo con Mulet: «Autoriza cosas naturales muy contaminantes como el cobre, pero luego descarta insecticidas muy específicos y la huella de carbono ni siquiera aparece mencionada. Por no hablar de los transgénicos, que serían una solución segura y sostenible». Enric Navarro admite que la normativa podría ser mejor, «no todo funciona bien». Sin embargo, entiende que es «una cuestión de lógica, de personas, de recursos... No se le ha prestado el caso que se le ha tenido que prestar».

Hasta la fecha, al Estado le cuesta dinero la agricultura ecológica. No es fácil que los agricultores se decanten por ella, ya que supone un incremento en los gastos de producción y tres años de espera hasta obtener la certificación. Es por ello que se incentiva mediante subvenciones, el mayor atractivo junto al precio de venta. Las ayudas se conceden de forma desigual dependiendo de la autonomía: frente a los 451,5 millones invertidos por la Junta de Andalucía, especial mente en Almería, o los 50 millones con los que se ha dotado a la huerta de Murcia, «en Valencia no se pasa de 20». Así lo lamenta Enric Navarro quien, sin embargo, se muestra confiado en que la nueva Administración «se lo tome de otra manera, porque tiene una sensibilidad distinta».

Los retos de futuro, en su opinión, son dos y claros. Por un lado, reconvertir todo un sector, la industria agroalimentaria, ni más ni menos. «No detenernos sólo en comercializar el producto fresco, sino dar un paso más y ajustar precios para ser competitivos», añade. Por otra parte, habla de la especialización y profesionalización. «Sin una generación joven que tome conciencia de ello, que se prepare y entre en las grandes empresas, poco vamos a hacer. Tenemos una población juvenil con un paro del 50%, así que yo no lo veo tan descabellado», asegura Navarro.

Habla de volver al campo, de despegarse de las ciudades, de recuperar lo que un día fue nuestro. Y, en especial, lo considera clave para la sostenibilidad del territorio de la Comunitat. «A los valencianos no nos queda otra: jamás podremos competir por cantidad, sólo por calidad», concluye el ‘eco’ defensor.

(Este artículo se publicó originalmente en el número de abril de Plaza)

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