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Viena, el lado más modernista de la capital austríaca

Gustav Klimt, Otto Wagner o Schiele trazan el viaje por la Viena más modernista, aquella que muchas veces está nublada por la emperatriz Sissi

14/08/2020 - 

VALÈNCIA.-Es momento de retomar aquellos planes que se quedaron en el aire por la crisis sanitaria que llevó a cerrar las fronteras. Por fin cojo el avión que me lleva directa a visitar una ciudad a la que tenía muchas ganas de ir: Viena. Strauss, Mozart o Beethoven ponen la banda sonora a mi viaje pero Gustav Klimt y Egon Schiele trazan los pasos por los que me voy a mover, alejada de los palacios imperialistas y las magnas bibliotecas. Otto Wagner me llevará de un sitio a otro e incluso me dará cobijo en un café. La emperatriz Sissi queda para otra ocasión porque en este viaje el Modernismo y la Secesión vienesa son los protagonistas. 

Nublada por mi interés en ver una de las colecciones más importantes de Gustav Klimt, me dirijo al Palacio de Belvedere. Lo hago prácticamente después de dejar la maleta en el hotel. En el tranvía recuerdo la historia de Adele Bloch-Bauer, sus tardes en el estudio de Klimt y el impulso que le dio a esa Viena modernista que deseo conocer. No veré su retrato, La dama de oro, pero sí algunas de sus obras más emblemáticas. Al llegar me invaden unas ganas locas de fotografiar el Palacio Belvedere, construido como residencia de verano para el príncipe Eugenio de Saboya, y recorrer su magnífico jardín. Lo haré más tarde porque el tiempo juega en mi contra: cierra a las 18:00 horas. 

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Subo por las imponentes escaleras y llego a la sala de mármol, en la que se firmó el Tratado Internacional Austriaco, por el cual se devolvía la independencia a Austria. Al entrar en la sala contigua siento como si una mirada seductora me penetrara y desafiara. Es el cuadro de Judith I. Me quedo atrapada mirándola como si su poder se clavara en mí —y haciéndome una idea de lo que pensaron al ver las representaciones de la Jurisprudencia, la Filosofía y la Medicina que Klimt realizó, tomándolas por pornográficas—. Con ese pensamiento llego a otra sala y ahí está: El beso. Mantengo la mirada en cada detalle, admirando cada trazo y dejándome llevar por los pensamientos que me evoca. Estoy sola y siento esa pasión y ternura que me transmite ese abrazo. Jamás olvidaré este instante. 

* Lea el artículo completo en el número de agosto de la revista Plaza

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