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el sumiller se confiesa

Los vinos (de la vida) de Alberto Redrado

L´Escaleta, al fin, puede presumir de su segunda Estrella Michelin. Lo que no necesita es el aplauso del verdadero aficionado al vino: lo tiene desde hace años

Por | 23/12/2016 | 0 seg

Hablo con Alberto. Le pido (¡le exijo!) los tres vinos de su vida —sé que es una elección imposible, pero ante uno de los mejores sumilleres que he conocido nunca (Pitu, Jose Antonio Navarrete, Alberto Redrado, Juan Ruiz Henestrosa e Ismael Álvarez) solo cabe pedir lo imposible: nos puede la curiosidad. Y Alberto entra al trapo, estos son los vinos que más huella le han dejado:

Tras dedicarle un mas que considerable tiempo de reflexión, he descartado los vinos degustados en el restaurante mientras trabajaba al no ser vinos realmente disfrutados por mí, pese a que a una importantísima parte de las mejores botellas abiertas en L’ Escaleta las podríamos calificar como vinos y momentos compartidos. Del mismo modo que me he auto impuesto el no tener en cuenta los vinos degustados en bodega, cosa que a la postre he incumplido en uno de los vinos, ya que siempre he detestado ese tipo de comentarios en los que los vinos e incluso el anfitrión pasan a un segundo plano al erigirse como protagonista el narrador de la historia, revestido a partes iguales de cierta melancolía y de falsa modestia. 

Con esta selección, no pretendo decir que sean los mejores vinos que he disfrutado, ni que sean ni mucho menos los mejores productores, ni incluso las mejores añadas de estos mismo vinos, etc ... Solo son tres vinos importantes para mi, en la medida que representan momentos vividos. El orden es absolutamente cronológico:

En 1995: Viña Magaña Merlot 1987

Este es un vino del que mantengo un recuerdo imborrable, yo contaba por aquel entonces con 17 años y como es fácil de comprender esa es una época, dicen que por cosas de las hormonas y demás, en las que somos muy impresionables y hay muchas cosas que te acaban marcando, pero este vino reúne además algunas cosas más. 

Recuerdo desde siempre ver una botella en la mesa a la hora de comer, era habitual, de hecho todavía lo es, ver una botella de vino abierta sobre la mesa en la comida de “familia” del restaurante. Y como no, yo por aquel entonces ya había tomado en Navidad alguna copita de vino. Pero aquello fue diferente, no fue en una fiesta ni nada semejante, fue en una cena familiar como cualquier otra de domingo noche. Mi padre acaba de comprar unas cajas de los vinos de Juan Magaña y trajo algunas botellas para cenar de lo que en aquel tiempo era considerado por nosotros un vino caro. Por aquel entonces los grandes vinos eran los delgados y extremadamente maderizados clásicos riojanos de finales de los 80 y primeros 90, y aquel Magaña me causó un verdadero impacto. Era un vino opulento, de una riqueza extrema, con un dulcísimo tanino de fruta, muy denso no solo para el registro de aquel entonces sino incluso para los de ahora. Sin rastro de madera, largo, con un bouquet de confitura de frutos negros, de ciruelas secas y con el misterioso aroma de la trufa negra. Un vino decadente, masivo, enorme. No había probado nada igual, de hecho, tardé en reencontrarme con ese registro muchos años, sin duda más de los deseados. Aviva el recuerdo, la imposibilidad de haberlo vuelto a degustar de nuevo. 

En 2001: Gutiérrez de la Vega Fondillón 1996

Es el año en el que abandoné mis estudios para reincorporarme al restaurante como Sumiller. A lo largo de todo el tiempo que duró el curso de Sumiller tomé por costumbre, práctica que he mantenido hasta hoy, el compatibilizar trabajo y estudios con visitas constantes a diferentes zonas y productores de vinos.

Recuerdo con claridad dos visitas de aquel año, la primera que realicé fuera de la provincia, Mas Martinet Viticultors, y la primera que realicé por mi cuenta, ya que si había visitado antes otras bodegas con mis padres, Bodegas Gutiérrez de la Vega. De aquella visita guardo un mas que entrañable recuerdo, pero sobre todo dos cosas, mi primer encuentro con un productor “Triple AAA” y en segundo lugar su Fondillón 1996. 

En la visita de Felipe sobrevolaban muchas cosas al tiempo, no hablaba exclusivamente de suelos, de variedades, de viticultura o de enología, no se hablaba solo del terruño, que odiosa palabra. Como en las grandes cocinas, ni la materia prima ni la técnica es nada si no transciende el hecho cultural, el artesano que a partir de una idea transforma sus materias primas y transmite con ello sus valores. La figura del agricultor que es a la vez artesano y artista, y como no, el vino. 

Un Fondillón todavía en proceso de crianza, alejado del rancio carácter de los fondillones del Vinalopó, un vino tinto dulce realmente evocador. Los aromas de frutos confitados y monte bajo, se entremezclaban de forma sorprendente con los cálidos aromas del higo, el dátil y la algarroba, completaban la paleta aromática los provenientes de la degradación de alcoholes y la larga crianza. En boca el peso justo, una ligera astringencia, el equilibrio del dulzor de la fruta en sazón y una remarcable persistencia. Con el tiempo descubrí otros grandes dulces del mundo, pero sin duda, este fue el primero.    

En 2004: Petrus 2000

En realidad podía haber escogido cualquier otra de las botellas de aquella noche de Enero de 2004 en el Celler de Can Roca. Tras mi primer viaje por tierras galas, unos pocos días en los que fuimos de Bandol a Borgoña, una vuelta a toda prisa de forma imprevista desde Chassagne para llegar a tiempo a cenar al Celler. 

Ese Petrus simboliza un gran momento de felicidad compartida en torno a la mesa, el primero de verdad fuera de mi círculo familiar, con dos de los grandes amigos a los que he tenido la suerte de conocer gracias a esta pasión enfermiza por el vino, sus tierras y sus gentes. Unas horas en las que todo pasó a un segundo plano, creo que podría afirmar sin equivocarme que todos recordamos un par de cosas de aquella noche con claridad, los vinos, todos espléndidos, a cual mejor, y la maliciosa sonrisa de Josep que le hacía partícipe de todo ello desde el centro de la sala. Pero somos incapaces de recordar ni uno solo de los platos del menú de Joan de aquella noche.

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