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‘Ahorita’, apuntes de Martín Caparrós sobre el fin de la Era del Fuego

Anagrama recoge en sus Nuevos Cuadernos estas reflexiones breves del escritor y periodista argentino sobre nuestra vida presente a lomos del capitalismo que todo lo digiere

24/08/2020 - 

VALÈNCIA. La familiaridad es tal que se ha convertido en un elemento engorroso: los mecheros se exhiben tristes en bandejas de plástico convertidos en el último recurso del inmigrante que vende de forma ambulante en las terrazas de los bares para ganarse la vida, un objeto demasiado común que se canjea con una moneda de un euro, la unidad estándar de la solidaridad desganada. La llama original ha sido producida en serie y encapsulada, revestida de colores chillones, de texturas mate, de banderas y dibujos y acabados metálicos reflectantes. De tan habituales, estas pequeñas centrales flamígeras no se conservan con celo: se prestan, se apoyan sobre una mesa, acaban en bolsillo ajeno, se pierden. Llegan otras nuevas. Muy atrás en los albores de la humanidad quedan el chispazo y el incendio que nos abrieron la puerta a una nueva vida mucho más acogedora y esperanzadora: una vida de luz en las tinieblas, de calor en el que refugiarse en las últimas horas de la jornada. El fuego nos hizo como somos: nuestra prosperidad como especie es la historia del dominio del fuego. Ningún otro animal es capaz de producirlo, de conducirlo, de confinarlo o de liberarlo para desatar su poder devastador. Somos hijas e hijos de la Era del Fuego, del mismo fuego que ha ido desapareciendo de nuestros hogares ante el decidido avance de la velocísima electricidad, pero que se toma la revancha arrasando selvas meridionales y bosques boreales. Los tiempos cambian, con ellos, las necesidades. Dicen que ante la incapacidad de las vitrocerámicas, diseñadas para ser limpias y poco más, ha aumentado la demanda de fogones. La electricidad corre invisible por las paredes de nuestras viviendas dando vida a las máquinas en que delegamos parte de nuestras tareas, pero como un buen fuego para cocinar, no hay nada. Pese a ello, la batalla está perdida: el fuego del hogar se extingue.

El presente es el vehículo en que recorremos la cuarta dimensión, un bólido impreciso que se resiste a ser delimitado, pero que sin embargo, es lo único que tenemos, aunque el escritor y periodista bonaerense Martín Caparrós afirme en Ahorita. Apuntes sobre el fin de la Era del Fuego que no existe, que solo simula que sí. Disponer del presente no es lo mismo que certificar su autenticidad. Sea como sea, en este viaje rumbo al luego las costumbres se ven alteradas: aparecen nuevas maneras de ser, ver o hacer que asumimos sin la extrañeza que merecen. A Caparrós, sin embargo, no le pasan desapercibidas: pensar en ellas —ponerlas del revés— le ha venido ocupando una colección de artículos que ahora publica Anagrama en su sensacional serie de Nuevos Cuadernos y que nos ponen frente a un espejo incómodo cuyo reflejo grotesco, gracias al irónico sentido del humor de Caparrós, nos permite contemplarnos con cierta hilaridad. Vivimos en una cada vez más desenfrenada huida hacia adelante, y hay quien aconseja que ya puestos, tendríamos que pisar el acelerador todavía más, hasta descarrilar. Mientras tanto, cuenta Caparrós, ponemos un pie delante del otro “como amansados, derrotados: como quien sabe que ya no se atreve a la cosa verdadera y se rinde a la sociedad del sucedáneo. Una obsesión de nuestros tiempos: buscar modos de hacer pero no hacer del todo, comer sin grasa, beber sin azúcar, follar sin carne, fumar sin tabaco. La cobardía triunfa”. Añade: “Es signo de los tiempos: estamos preocupados. No conseguimos imaginar un futuro que nos atraiga: esos que supusimos durante un siglo y medio de modernidad se revelaron desastrosos, y estamos sin futuro como un adicto sin droga. Entonces todo nos resulta amenaza: el futuro, sobre todo, es amenaza”.

Las reflexiones de Caparrós ciñen algunas de las características más desconcertantes de nuestra era eléctrica: en el mundo viven mil millones de cerdos, casi mil doscientos millones de ovejas, y mil millones de vacas, pero estos números palidecen ante los treinta mil millones de gallinas que se crían en los infiernos industriales que hemos diseñado para ellas y que se reparten por todo el planeta. Señala el autor que es difícil encontrar un rincón del mapa en el que las poblaciones de gallinas no superen a las de humanos. Hacemos nacer gallinas, las procesamos, las matamos, procesamos sus restos. Nos las comemos, o las tiramos a la basura. También las desposeemos de sus huevos, los freímos en una sartén, los cocemos y los untamos de mayonesa. Preparamos con ellos tortillas. Las hacinamos en mecánicos corrales en condiciones insalubres para regocijo de las diferentes cepas de virus de la gripe aviar, que aprenden en ellos las mejores técnicas genéticas para dar el salto de la gallina-producto al humano-productor. Las factorías en que convertimos aves en dinero nunca duermen. Otra cuestión: parece ser que hemos inventado una original forma de aunar vacaciones e instinto solidario. Hemos convenido en llamarle al híbrido volunturismo: “el volunturismo no es irse un año a trabajar a un hospital en Bangladesh; es engancharse a un viaje organizado para pasarse dos o tres semanas cuidando niños de un orfanato en Nepal o cavando pozos en Haití”. Atención ahora: “El volunturismo ya mueve muchos millones de personas, miles de millones de euros, y crece incontenible [...] Uno de los destinos más habituales de los volunturistas son los orfanatos: cuidar huérfanos pobres es sin duda una aventura meritoria. Para lo cual se necesitan más y más orfanatos [...] Un estudio de Unicef muestra, por ejemplo, cómo en los últimos años en Camboya hubo un crecimiento veloz de esos institutos —y que dos de cada tres huérfanos no eran huérfanos sino niños reclutados de familias pobres [...] En Sri Lanka esos huérfanos con padres son el 92 por ciento; en Indonesia y Liberia, el 97”. Tiene razón Caparrós, que ya en la primera línea de su libro Ahorita nos quiere advertir: siempre es difícil contar el presente.

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