'LA CIUDAD Y SUS VICIOS'

Un señor apellidado Capilla: el soñador que estuvo a punto de dar el pelotazo con el coche a la valenciana

El increíble caso del industrial que quiso adelantarse al 600 y motorizar a toda España desde la calle Sagunto

25/06/2016 - 

VALENCIA. De haber caído en este tiempo José Capilla merecería hagiografías a pares, le llamarían emprendedor y su empresa sería una startup con un logo fresquito y una web tela de responsive. De haber sido un hombre de ahora el local donde ponía a prueba sus límites, en la calle Sagunto 37 de Valencia, sería un garaje venerado y lo sacarían en foto en la Forbes. Hoy en cambio en esa ubicación hay una carnicería-charcutería-pollería y no queda ni rastro de unos pequeños prototipos muy sexys que intentaron ser los coches de la España gris de los cincuenta, los coches valencianos de una era.

Ese señor del que usted me habla y que se apellidaba Capilla reinaba sobre la Valencia de la posguerra encargándose de la forja, las alcantarillas y la cerrajería artística de la ciutat. Talleres La Belga era su enseña y si uno se fija en trapas y otros microelementos urbanos su nombre sigue ahí, impreso a lo largo de la ciudad, imperecedero. Son muchos los edificios históricos que mantienen el sello de su fundición. 

El hombre de las trapas quería ser algo más que eso. Nace el visionario. Capilla, por otra parte un personaje ensombrecido por la no consecución de su sueño, piensa en coches. España motorizándose y desde su fuerte de la calle Sagunto este tipo avanzado ve claro que el país pide a gritos pequeños coches utilitarios con los que sentirse la mar de cool. 

Capilla le desvela a los suyos sus pretensiones y como en un capítulo de Cuéntame aquellos debieron decir: pero éste a dónde va… Iba a crear los coches para los españoles. El NODO le entrega su minuto de gloria en el año 1953 mostrando los prototipos del coche turismo, la camioneta y el triciclo que había patentado y creado en la garita de la calle Sagunto, entre trapa y trapa. 

La vocecita irritante del NODO describe una imagen muy Made Men (pero en lúgubre) donde el marido poderoso cierra el capó del vehículo ante la atenta mirada de su señora, sentada en el asiento del copiloto ajena a menudencias mecánicas. Y narra: “el motor funciona perfectamente. Ahora un paseo en cochecillo”.

¿Cochecillo?, ¿cómo que cochecillo? Aquellos utilitarios y valencianos, previos al estallido de los 600, como si Capilla supiera bien lo que estaba a punto de venir, pretendían invadir las carreteras de la Península. Por ello nuestro hombre buscó a su socio francés (o viceversa). Era Alex Kover, fabricante de los Kover en Francia. De su acuerdo a pachas nació Kover-Capilla. Preparados para vencer. Una idea adelantada a su tiempo, una buena alianza… ¿qué podía fallar?

Presentaron sus coches inicialmente en Valencia con cierto aspecto a completamento de pin y pon. Posteriormente en El Retiro de Madrid. Lanzaron las campanas al vuelo deslizando que los Kover-Capilla ya tenían petición para fabricarse desde Filipinas a Inglaterra porque a fin de cuentas era más moderno y práctico que cualquier coche.

El capilleta, como debería haber sido bautizado de haberse consagrado al éxito, era un turismo menudo con las ruedas traseras muy pegadas, llegaba a los 90 por hora y consumía cerca de cinco litros a los 100.

El fotógrafo Tono Giménez, descendiente del fundador de Kover-Capilla por vía familiar política recuerda su caso: “estaba muy en su época, un vehículo pequeño, bajo consumo, al servicio de una clase media emergente, para el servicio del pequeño comercio y de la industria artesanal. El 600 acabó con todos los intentos”.

El señor apellidado Capilla murió en pleno trance, con España motorizándose. Su sueño se quebró en el intento y en el punto neurálgico de su pequeña industria automovilística todo rastro fue difuminado. No quedó apenas legado ni memoria de su sueño entre la familia. Valencia no se acuerda de él ni para las migajas. 

El cronista del ABC Pérez Buendía se deshacía en loas tras ver el cochecito. Era el 53. “Llevar la posibilidad del coche propio, a los españoles, se me antoja extraordinario. Nunca como ahora se ha dado un paso tan firme en este camino. Este constructor, de la capital del Turia, va directo a la cuestión. (...) El resultado es un éxito. Las pruebas lo han confirmado. Y la solicitud de vehículos robustece lo precedente. Ya era hora de acertar, así plenamente, con esta considerable satisfacción. El abaratamiento del automóvil ya es un hecho. Tenemos el prototipo español con más posibilidades de lograrlo”. 

Aunque mi parte favorita de la crónica es la siguiente: “La limpia y graciosa elegancia de líneas del del nuevo coche español, turismo dos plazas, hacen honor a la cuna donde ha nacido, Valencia, patria de arte, de genios creadores y de industria magnífica”.

Continúa Pérez Buendía: “Sobran los motivos para felicitar a don José Capilla Hurtado (...) El triunfo lo tienen asegurado”.

La falta de capacidad para la producción, el alza excesiva en las expectativas, la falta de capitalización… No hubo triunfo y solo queda testimonio suyo en un sinfín de alcantarillas. Los capilletas se quedaron sin circular por las calles del mundo. Una historia triste.