EL PASPARTÚ

Dubuffet libre en València: ‘Art Brut’ para saciarse

Sí, tienen razón, en pocos días se ha escrito mucho acerca de la exposición de Dubuffet en el IVAM. Y no es para menos. No desconfíen esta vez del epíteto «la muestra del año» y vayan a regalarse las ideas y los sentidos por ustedes mismos. Podemos asegurarles que saldrán exhaustos, sí, pero con ánimos renovados, con ganas de tomar los pinceles nuevamente y de ciscarse en todo lo que creíamos aprendido. ¿Qué es eso del Art Brut?, ¿dónde rastrear sus huellas hoy en día en València?, ¿podría pintar un cuadro así un crío de cuatro años? ¡Busquen a un crío de cuatro años!

22/10/2019 - 

VALÈNCIA. En una charla que puede encontrarse en Youtube, el ilustrador y diseñador Puño cuenta que cuando alguien le pregunta cuándo empezó a dibujar siempre responde con un «¿pero cuándo dejasteis de hacerlo vosotros?». Resulta absurdo –continua– que alguien asegure que no sabe dibujar. Nadie diría no saber cocinar por no ser un chef reputado o no saber escribir por el hecho de no tener una caligrafía excelsa. «¡Todo el mundo es pintor!», aseguraba en esa línea Dubuffet —que de provocaciones y de dibujos sabía un rato— al reflexionar sobre la actividad artística como algo esencialmente antropológico, inherente a la especie humana.

Jean Dubuffet (1901-1985), el artista al que el IVAM dedica una magnífica exposición desde hace unos días, fue sin duda uno de esos niños que no dejó nunca de dibujar; a quien no le importó o no tuvo cerca en su infancia a ningún mayor que le dijera «tu dibujo no se parece a la realidad», «te has salido de la línea», «eso está mal» o «el sol es amarillo, no marrón». Se lo dirá, sí, años después, la crítica más rancia que le acusa jocosamente de tener a sueldo a niños de jardín de infancia; pero ahí nuestro (anti)héroe es ya un adulto con ganas de discutir al que resulta difícil hacer tambalear en sus convicciones y en sus contradicciones. Tampoco le ocasionó grandes problemas el hecho de ser prácticamente autodidacta, provenir de un oficio extra-artístico –había sido comerciante de vino hasta cumplidos los cuarenta– o cualquier otro convencionalismo pequeñoburgués por el que pudiera ser atacado.

Apartándose de la pompa y de las ínfulas, reivindicaba el arte de los márgenes; la creación nacida de una pulsión primordial de la mano y de la mente; como una proyección pura del individuo. Frente a los rígidos valores de la cultura occidental —como por ejemplo el concepto de buen gusto— bendecidos y perpetuados por academias y universidades, oponía la invención y la subversión de lo culturalmente establecido como verdadero acto creativo. 

Gran opositor de la concepción eurocéntrica, positivista y evolucionista del arte primitivo —un arte menor, burdo y un exotismo simpático por debajo del gran arte occidental— estudió y defendió sin descanso y con una enorme capacidad y perseverancia las alteridades artísticas –es decir, los diferentes puntos de vista con respecto a la creación de otras regiones y comunidades de personas distintos a los de su cultura propia— que va a buscar en lugares como África u Oceanía, en los países colonizados, en los dibujos de los niños, los prisioneros, los pacientes de psiquiátrico, el arte popular o folklórico, los graffiti, el entorno rural, el mundo obrero… creaciones realizadas por personas «indemnes a la cultura artística» o sin lo que entendemos por maestría o pericia técnica y cuyos trabajos poseían más fuerza, frescura, instintividad e invención que muchas de las obras que colgaban en los museos.

En una Europa sumida en la desazón y en la reconstrucción literal y metafórica tras la Segunda Guerra Mundial, consideraba que había llegado el momento de la humildad, de la modestia y de valorizar las particularidades de las personas y todo cuanto tuvieran que expresar. En contra de la idea del artista como un ser superior, heróico, estrafalario e infalible y encaramado a un pedestal, Dubuffet estudiaba, creaba, exaltaba y se dirigía al hombre común; una figura fantasmática que, en su caso, alude a tres aspectos: a él como autor, al tema principal de su pintura y al público al que se dirige. Los temas banales de la vida cotidiana devienen en grandes pretextos para sus obras, convencido de que los lugares deben ser poco interesantes, pues son donde ocurre la vida de la gente común.

Pero, además de su propia creación artística —desarrollada a lo largo de sesenta años, entre 1923 y 1984— en la que adopta un lenguaje personalísimo, en bruto y de apariencia infantil o demencial, tratando de desembarazarse en lo posible de todos los condicionantes y valores culturales occidentales y decidido a subvertirlos —llegando a poner en duda, incluso el propio lenguaje y el nombre las cosas—, su gran aportación a la cultura del siglo XX fue su labor ingente como estudioso, a la manera de un etnólogo diletante, de esas creaciones elaboradas fuera del sistema del arte oficial. 

En 1945, durante un viaje a Suiza —en el que visita el Musée d’ethnographie de Ginebra y estudia los dibujos de los pacientes priquiátricos de la clínica Bel-Air en el pequeño Musée de la folie del doctor Charles Ladame— acuña el término Art Brut o arte marginal para intentar aglutinar esas alteridades artísticas que le interesan y que hasta entonces habían sido escasamente atendidas. Unos pocos años depués, fundará la Compagnie de l’Art Brut junto a Jean Paulhan y André Breton, entre otros, como un colectivo dedicado a la investigación —más precisamente a la prospección—, el coleccionismo y la divulgación de este tipo de obras. Una colección que coneguirá reunir con los años más de 4.000 piezas que acabaría donando a la ciudad suiza de Lausana en 1971 y en donde puede ser visitada en el castillo de Beaulieu, que la ha aumentado hasta las 70.000 piezas que atesora en la actualidad.

La exposición que se exhibe estos días en el IVAM, Jean Dubuffet. Un bárbaro en Europa, resulta una extraordinaria ocasión para acercarse a la obra y el pensamiento del autor francés. Una exposición comisariada por Baptiste Brun e Isabelle Marquette que, como buenos historiadores del arte de su tiempo, plantean un recorrido muy didáctico y sugerente que, como la propia definición del Art Brut, no consiste en una yuxtaposición cronológica sino en un caos organizado por conceptos y temáticas en el que las cerca de doscientas obras de diferentes períodos se confrontan y se ordenan ellas mismas evidenciando tanto la perseverancia como las contradicciones de un autor que trató siempre de poner la invención y la subversión por encima de todo, incluso en detrimento de esa supuesta necesaria coherencia que tantas veces exigimos a los artistas —«no hay que encerrarse en una sola manera de pintar, aun a riesgo de parecer contradictorio»—. Un montaje espectacular —con la colaboración del escenógrafo Maciej Fiszer— que resulta especialmente sobrecogedor en la sala dedicada a la prospección etnólogica —que nos recuerda al Musée du Quai Branly, de París— en donde nos recibe una imponente estela euroasiática llamada Kamenaia Baba capaz de producirnos un stendhalazo que nos haga enmudecer.

Un mapeo a vuelapluma del Art Brut en València (y alrededores)

Pero si alguien con apetito voraz desea ir más allá de exposición del IVAM y seguir la senda de algunos de los postulados de Dubuffet en nuestro entorno, proponemos a continuación algunos ejemplos cercanos que, de una manera u otra, son deudores de esa búsqueda por escuchar y poner un altavoz a esas otras miradas que se expresan a través de la creación gráfica.

La población reclusa

Las artistas valencianas Patricia Gómez y María Jesús González desarrollan desde hace más de una década una particular prospección arqueológica que consiste en rastrear las huellas de la memoria en las paredes de diferentes lugares registrando el paso del tiempo a través de las expresiones gráficas que las personas que ocupaban esos espacios ya abandonados han ido escribiendo y dibujando a través de los años. Un registro que se materializa en la estampación de los muros sobre grandes piezas de tela y su documentación en fotografía y vídeo. De entre sus diferentes proyectos, destacamos aquí los realizados en diferentes prisiones como La Modelo de València, la prisión de Holmesburg de Philadelphia o el C.I.E. (Centro de Internamiento de Extranjeros) de Fuerteventura.

Makun (No llores). Dibujos en un C.I.E. es un mediometraje documental de animación que trata sobre la vulneración de los derechos humanos en los C.I.E.s españoles, dirigido por el valenciano Emilio Martí en 2018. La película —que ha sido preseleccionada en los Premios Goya de 2020— nace a partir de la visita de su director al C.I.E. de El Matorral de Fuerteventura –invitado precisamente a colaborar con Patricia Gómez y María Jesús González– en donde descubre una infinidad de dibujos y escritos en sus muros realizados por las personas migrantes allí confinadas a lo largo del tiempo y que han sido animados por un equipo de profesionales, rescatando todos esos mensajes y llevándolos a la gran pantalla como denuncia de la terrible situación que atraviesan quienes solo buscan una vida mejor y son privados de libertad sin haber cometido ningún delito.

Las personas con capacidades diversas

La Casa de Carlota & friends es una compañía de comunicación y estudio de diseño creado en Barcelona —y actualmente con sedes también en Medellín, Sao Paolo y Sevilla— que cuenta entre sus creativos con personas con diversidad intelectual, síndrome de Down y autismo, que trabajan codo con codo con otras personas con etiquetas tan absurdas como las de «diseñadores profesionales, artistas, estudiantes de escuelas de diseño, una holandesa, un mariachi y un par de vegetarianos». Su principal valor, a parte de su apabullante creatividad, la diversidad de su mirada y su capacidad de invención al margen de las reglas del diseño, es el de no ser una ONG ni un taller ocupacional sino un estudio de diseño profesional en el que todos cobran por su trabajo y en el que confían clientes y marcas como Nestlé, Danone o el Ajuntament de Barcelona.

A modo de apunte, el pedagogo y conservador de museos Carlos Pérez, fallecido en 2013 —y a quien el Centre del Carme dedicó el nombre de una de sus salas en 2018—, creó en la València de los años ochenta el Taller de l’Infant, en donde trabajaban personas con discapacidad elaborando materiales didácticos y juguetes inspirados en los artistas de las vanguardias del siglo XX. Si bien es cierto que no se trataba de materiales clasificables como Art Brut, lo destacamos aquí en homenaje póstumo a su empeño por la labor pedagógica y social, por la supresión de las barreras entre las concepciones de alta y baja cultura, y por el hecho —común con La Casa de Carlota & friends— de considerar a las personas de su taller como trabajadores con capacidades diferentes a los que remunerar económicamente por su trabajo.

Los dibujos de los niños y niñas

Oaxaca es un libro editado en 2017 por la editorial valenciana Media Vaca —seguramente la más prestigiosa editorial española de libro ilustrado— dentro de su colección Mi hermosa ciudad. Un libro compuesto por noventa y nueve sueños de niños y niñas de la localidad mexicana de Oaxaca, escritos e ilustrados por ellos mismos y recopilados por Roger Omar —editor, a su vez, de la microeditorial Elmonstruodecoloresnotieneboca; una deliciosa colección de acordeones que recopila sueños de niños, ilustrados por profesionales de todo el mundo— tras la realización de varios talleres en diferentes escuelas y bibliotecas.

La Biblioteca Nacional de España adquirió en 1986, 1.172 dibujos realizados por niños y niñas que formaron parte de su exposición A pesar de todo, dibujan: la Guerra civil vista por los niños, de 2006. Aquella muestra —junto a Llapis, paper i bombes, organizada por un reducido grupo de profesores de la Universitat d’Alacant en 2013— supone una valiosa documentación de la vida cotidiana y los efectos de la guerra en los niños,  especialmente en las colonias de la costa valenciana, catalana y francesa, que pueden ser parcialmente consultada en línea, gracias a la digitalización llevada a cabo por la Biblioteca Nacional

El arte popular y folklórico

Finalmente, concluimos este recorrido en la Pobla de Benifassà, en Castelló, en donde el artista alemán Peter Buch (1938-) comenzó a crear en 1991 un jardín de esculturas de cemento y trencadís —técnica tradicional de mosaico de fragmentos cerámicos— de clara influencia art brut que continúa su construcción hasta nuestros días. El Jardí de Peter, ubicado en el Parque Natural de la Tinença de Benifassà, lo forman decenas de esculturas que recrean los seres fantásticos, antropomorfos y coloristas que pueblan el imaginario del octogenario autor, inspirado por otras creaciones como la arquitectura de Antoni Gaudí, el Palais idéal de Ferdinand «Facteur» (el cartero) Cheval, la Maison Picassiette de Raymond Isidore o el Jardín del Tarot de Niki de Saint-Phalle.