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'El caballo rojo', Concha Alós y los sueños de los vencidos

La Navaja Suiza Editores publica esta novela de la autora valenciana, una voz literaria de extraordinaria sensibilidad que supo retratar el paisaje devastador de la esperanza trémula

1/08/2022 - 

VALÈNCIA. No lo conocemos, y por eso lo hemos olvidado. La mayor parte de la sociedad, esencialmente la parte a la que se escucha —porque sí quedan los que recuerdan de primera mano, pero son mudos de facto en esta cacofonía en la que vivimos—, solo sabe del horror de la guerra en carne propia lo que ha aprendido del relato familiar, las aulas, la ficción o la extrema polarización de la que se benefician los pescadores de siempre. Es una suerte que sea así, no cabe duda, pero el mundo va muy rápido, y somos como ese que corre demasiado y pronto se vence hacia adelante, y ya perdido y sin frenos, se mantiene erguido lo que tarda en caer de bruces al suelo con los brazos por delante. Lo que parece muy lejano en realidad queda muy cerca, en el pasado y a nuestro alrededor. Por un lado están quienes frivolizan con una devastación humana que no pueden —no podemos— alcanzar a comprender, y por otro están quienes se deleitan en la violencia y disfrutarían poniendo en marcha la picadora de carne y abrazando la destrucción del otro, y probablemente también la suya. No pequemos de ingenuos: por alguna razón, una parte de nuestros congéneres Homo sapiens desea la guerra, el dolor y la aniquilación. Habrá que seguir estudiando por qué. No son ni uno ni dos, y no hablamos de quienes las provocan para lucrarse con los negocios de la muerte: hablamos de quienes ansían la ruptura del pacto, el tacto de un arma en las manos, la exaltación de las emociones del frente y el poder mezquino de la sangre, el abuso y el miedo. No está claro cómo se les puede mantener a raya, porque se cuelan por cualquier grieta, y como el agua que se convierte en hielo, se solidifican en una cuña que resquebraja y parte en pedazos un proyecto de convivencia de millones de personas en un instante. Pueden acceder a través del descontento por motivos económicos, pero también se infiltran a través de otros canales, como la generalización de la desconfianza, o conflictos a los que a priori no han sido invitados. La guerra es una plaga, y ellos son sus agentes infecciosos. 

Concha Alós nació en València en mil novecientos veintiséis y murió en Barcelona en dos mil once. Entre medias vivió una guerra civil que la llevó del Castellón de su infancia a la Murcia de los refugiados harapientos y famélicos, se convirtió en escritora, ganó el Premio Planeta. Precisamente de la terrible experiencia de su familia en las tierras de la huerta del Segura nace El caballo rojo, segunda novela de la autora valenciana que publica La Navaja Suiza Editores tras Los enanos. Hasta allí emigraron tantos huyendo del avance de los sublevados, con lo puesto y acosados sin descanso por las bombas y las ametralladoras de la aviación, inhumana —o muy humana— escolta que los derramó por las cunetas en una de tantas desbandás que regaron de carne las carreteras de toda la nación en ruinas. Alós retrata con una sensibilidad espeluznante la realidad de los paisanos refugiados dentro de su propio país: el hambre constante de muchos, el despotismo de los poderes minúsculos que brotan siempre donde hay necesidad, el dolor desgarrador de quien pierde a todos sus seres queridos en un refugio subterráneo excavado por los vecinos que colapsa con la explosión de una bomba, la incertidumbre ante la incapacidad de distinguir la verdad y la mentira en el fuego de la propaganda cruzada, el temblor en las piernas de quien se ve sin escapatoria ante un nuevo presente que lo va a devorar vivo y sin piedad. Por ejemplo: “La pava y los pavitos. Los llamaban así porque el bombardero era mayor y más pesado, grávido como una hembra que cría, y le rodeaban los cazas, protegiéndolo […] Isabel y Rosa mordían el palito de madera que llevaban colgado de un cordón en el cuello para que no les estallaran los tímpanos. Leopoldo se puso a llorar a gritos.[…] Respiraron cuando el camión enfiló carretera de Valencia adelante. Al empezar a perderse las últimas casas y el campo del Sequiol, la vieja comenzó a gritar: «¡Adiós, Castellón, que no volveré a verte más!». Y lloraba […]”. 

O bien, este pasaje de áspera belleza: “Eran tiempos de paz y los muertos estaban domesticados, ordenados en grandes avenidas de sepulturas, de nichos, a lo largo de los cementerios. La familia les llevaba flores, lamparillas de aceite, pensamientos de tela morada, comprados en alguna funeraria. Ahora casi nadie sabía dónde estaban enterrados sus muertos. Se encontraban esparcidos por todas partes; por las cunetas, por en medio de las montañas, detrás de las tapias de los cementerios, en el fondo del mar…”. Todo esto no puede volver. Sin embargo, el horror de la guerra, el teatro de todo lo espantoso de lo que es capaz el ser humano, se reproduce como un hongo letal mientras aquí es invocado con insinuaciones perversas y llevando el límite, ataque a ataque, cada vez un poco más lejos. En Estados Unidos la sociedad está tan tensionada que se habla en términos de guerra civil. La guerra en el Este sopla en las ascuas de una conflagración mundial impensable. En España las heridas de la guerra siguen sin cicatrizarse: lejos de eso, parecen estar abriéndose de nuevo a fuerza de disensión. El mapa del odio se dibuja como una mancha ponzoñosa que se expande con rapidez. Se nos ha olvidado interesarnos por relatos como el de El caballo rojo de Alós, mirar a la cara a esos rostros que ha triturado la guerra, vaciándolos de casi todo, extirpándoles sin anestesia la ilusión, la esperanza, y el futuro. El futuro no es un derecho que tengamos garantizado: el futuro no existe, y puede no llegar a existir. 

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