¿Por qué ese nombre? ¿Por qué en un hotel? ¿Una propuesta que empuja los límites? La nueva apertura de Ricard Camarena en el Cabanyal me dejó esa sensación desde que vi su primera publicación en redes. No Bar no solo plantea una propuesta de almuerzo, también propone una manera diferente de habitar el espacio y de entender quién lo ocupa. De entrada, deciros que el almuerzo me encantó y también que me hizo reflexionar bastante sobre el lugar, el almuerzo y la experiencia.
El local se encuentra en la planta baja de un complejo hotelero muy moderno, con materiales nobles y un patio interior muy agradable. Al entrar a No Bar no tienes muy claro si estás entrando a una galería de arte, a un bar o a una fábrica industrial cool y moderna con un buen hilo musical, pero lo que sí tienes claro es que la cosa promete. Es un espacio amplio, muy ordenado, con mucho metal, acero, ladrillo y tonos grises… La barra es imponente y, frente a ella, una gran mesa central alta para muchos comensales. Al mirar a la izquierda se abre un espacio de bar con mesas bajas y, escondido al fondo, un reservado separado por cortinas que limitan pero no aíslan.
Una de las cosas que más me llamó la atención fue el uso del espacio. Cómo esa mesa central, por la mañana, funciona como bufé de desayuno para los huéspedes del hotel. Y es a partir de las nueve y media cuando el bar se abre al público y empieza el almuerzo. Durante un breve intervalo de tiempo conviven dos universos que normalmente no coinciden: viajeros desayunando y clientela local entrando a por el esmorzaret. Dos ritmos, dos maneras de habitar el bar, dos visiones. Por un lado, el huésped roza la energía del almuerzo valenciano por el rabillo del ojo, como si fuese un descubrimiento o algo novedoso, mientras que, por el otro, el autóctono irrumpe con el aplomo de quien almuerza todos los días por tradición.

La carta es corta y muy medida. Me dio la sensación de que se mueve también en esa misma lógica de cruce: seis bocadillos que mezclan tradición y contemporaneidad. Tanto te puedes encontrar un blanc i negre con habitas y revuelto, o el mítico matrimonio pero con esgarraet y piparras encurtidas. Referencias reconocibles y populares con un toque superior.
Pero también puedes encontrar referencias que abren la carta a un rollo más internacional. Como por ejemplo su sándwich de pastrami ibérico, todo un éxito y guiño a otro de sus locales, Canalla Bistro. O ell bocadillo de ternera asada con salsa café de París, referencia muy europea y trendy que no pude probar porque estaba agotado, por algo será. En cambio pude disfrutar del bocata de codillo a la cerveza negra con alcaparras y cogollos: meloso, con sabor y puntos ácidos maravillosos, un pan crujiente que aguantaba la mezcla y con una mordida muy placentera.

Lo interesante de la carta es que, pese a esa apertura internacional o incluso a esa adaptación a las nuevas preferencias de los autóctonos, la propuesta no pierde el hilo del almuerzo tradicional. Están las habitas, el blanc i negre, el esgarraet, los encurtidos… ingredientes que forman el imaginario del esmorzaret. Se empujan los límites, pero manteniendo un pie en la esencia. A todos nos gustan los nuevos sabores, los descubrimientos y las propuestas, pero también nos gusta poder refugiarnos en esos sabores y momentos de toda la vida.
El gasto estaba compuesto por unas olivas carnosas y unos cacahuetes pelados con un ligero punto picante para activar toda la maquinaria digestiva. En primera instancia eché en falta el cacau tradicional, pero, a medida que los comía, me di cuenta de que era un ingrediente divertido y coherente con el resto de la propuesta. La carta se complementa con un listado de tapas que me resultaron familiares en el universo de Ricard, como su ensaladilla, la sepia en salsa o sus increíbles croquetas.
El almuerzo se sitúa alrededor de los 14 euros e incluye gasto, bocadillo, bebida y café. Puedes disfrutar del cremaet con un extra de 2 €. Un precio por encima de la media, pero que encaja con el entorno, la ejecución y el tipo de propuesta.

Regresando al parking del mercado del Cabanyal no podía parar de pensar en el nombre: “No Bar”. ¿A qué se refiere exactamente? Durante horas no pude evitar asociarlo a la idea de los “no lugares” de Marc Augé, esos espacios de tránsito donde diferentes personas coinciden sin que el lugar forme parte de su identidad. Un ascensor, el rellano de un edificio, un hotel o un autobús. Espacios donde la convivencia es temporal, casi accidental, pero donde cada persona deja algo de sí durante ese breve tiempo compartido, que es efímero y únicamente afecta a quienes están en ese instante.
Quizá No Bar juega con esa idea o quizá no. Debería haberlo preguntado, pero prefiero dejar que mi imaginación interprete lo vivido como si de una obra de arte se tratase. Un espacio donde conviven huéspedes, vecinos, gente de paso, clientela habitual, perfiles internacionales… Un lugar que no pertenece del todo a nadie, pero que se construye precisamente con la presencia de todos. Un bar que, de algún modo, funciona como punto de encuentro efímero entre distintas culturas y maneras de entender el almuerzo.

Salí con la sensación de haber visitado una propuesta que moviliza el almuerzo valenciano y lo amplía hacia otros territorios, con respeto pero con visión. Un espacio donde conviven tradición y modernidad, barrio y visitante, desayuno y esmorzaret.
Nos vemos en los bares