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VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

La casa de Corell: el domador del hierro desde un polígono de l’Horta Nord

La nave guarida del valenciano Paco Corell, señor del hierro. Entramos en un espacio sobresaliente desde donde más de 2.000 piezas tomaron vida con la geometría como máxima obsesión

5/09/2020 - 

VALÈNCIA. Corell, Paco Corell, recibe en su guarida en mitad de un polígono industrial que a su vez está en mitad de l’Horta Nord, en mitad de una agitada, y por tanto tranquila, mañana en la que flota la sensación de regreso. Corell, cada vez que muestra donde trabaja -es decir, donde vive- intenta exculparse, hacerse ausente ante una nave enorme que es taller de escultura, grabado y pintura, que es almacén y es galería. “El lugar está por encima de mí, es un espacio por encima de mi firma. Gente mucho mejor no tiene un espacio así”.

Así, con dos bandas que desde la calle alcanzan la trasera, con una doble altura que ejerce de luminaria natural para una bocanada de sol a lo largo de 500 metros. Un par de patios, flanqueando, permiten a Corell oxidar las esculturas de acero.

En el polígono industrial de Meliana, traspasado el zaguán, la imagen es la de un vivero repleto de especies. Solo que están hechas de materiales cuya resistencia requiere poner empeño y técnica para vencerla. Decenas y decenas de esculturas que campan a lo largo y ancho de un destino imprevisto, el mismo que el de un profesor de dibujo artístico de los Jesuitas que, apurado, enseña y enseña sin poder desarrollar su propia carrera artística hasta que, martilleando al tiempo, logra ir ganándole terreno. En 1998, cuando gana un concurso del Colegio de Arquitectos para generar cerca de 15 piezas al año, le cambia la vida (“hasta 2008, cuando llegó la hecatombe de la rajoleta”). El discreto dominador del hierro encuentra que es su momento. Abandona un bajo escaso en una calle del pueblo y se enfrasca en una nueva existencia. El lugar definitivo en el que podrá dar rienda suelta a su relación con los materiales. 

Su figura, la del apasionado de Oteiza y Chillida (“los miro… muy de lejos, claro”), pasa desapercibida por un escaso afán de trascendencia. “Ahora, con 73 años, me considero un telonero… pero un telonero de calidad”, se permite como única licencia. 

Corell recuerda al labrador que pegado a la divisoria de bancales cuida la tierra de sol a sol. “Mis orígenes son el hierro y la geometría. Un círculo partido en cuatro y sin soldar, generando volúmenes”. ¿Qué tiene el hierro, Corell? Y Corell se lo piensa para concluir: “que es muy duro, pero puedes con él. Cortando y doblando, esa es la síntesis”. Entonces, ante una escultura que se va por las ramas, apunta: “a este árbol le haremos una doblaeta… y au”.

A los 60 años, al jubilarse, se sumergió en el taller. Hasta ahora. Una vida dedicada al arte, con las manos. Ejemplifica bien el trabajo callado de aquellos artistas que hacen de un oficio, la mayoría de veces desapercibido, una tarea humilde y definitiva. “Debería moverme más, exponer más a galerías, pero…”, dice entre el hierro, la sierra y la radial. 

Foto: KIKE TABERNER.

De Corell se ha escrito, y así lo dibuja su catálogo, que es el artista valenciano que modifica el espacio, que con las formas que moldea genera espirales, que a veces es laberíntico, que otras enreda la curva, que su geometría es la fuerza centrípeta. Esa búsqueda por el equilibrio técnico, por encontrar la pureza más recóndita de las formas cuando se ondulan, cobra una dimensión gigante ante la pequeñez del artista en mitad de este estudio. Como si hubiera decidido dedicar la eternidad a un objetivo que tan solo apenas algunos ojos fugaces podrían comprender. 

Normalmente Corell dedicaba gran parte de su día a enfrentarse, cómplice, al hierro. Ahora, desde que hace un año fue intervenido de un aneurisma, ha rebajado su jornada. Comienza a las 7 de la mañana y a la hora de comer se retira a leer y a escuchar música. “No hay prácticamente soldaduras, a partir de plano es ir modulando.

A 800-900 grados, al principio rompía alguna pieza, pero no ya se me rompe ninguna”, dice antes de despedirnos. ¿Cuántas habrás hecho, Corell? “Uh, muchas, muchas, 2.000, no sé”.

La eternidad de un hombre frente a la materia. “Esto es mi psiquiatra”.  

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