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HISTORIAS DE CINE

Los comediantes no nacieron ayer

El estreno este viernes de la cuarta entrega de ‘Los visitantes’, ambientada en la Revolución Francesa, invita a reflexionar sobre las recetas del éxito de las comedias del país vecino

2/09/2016 - 

VALENCIA. La cartelera del mes de septiembre aporta este primer viernes una comedia francesa que llega con honores para ocupar su pequeño espacio de gloria. La cuarta entrega de Los visitantes, dirigida como las anteriores por Jean-Marie Poiré, se traslada a la Revolución Francesa, justo donde concluía la segunda. Los visitantes la lían (en la Revolución francesa) llega tras haber obtenido un magro éxito en las taquillas del país vecino, con más de dos millones de entradas vendidas. No son las cifras de la primera entrega Los visitantes ¡no nacieron ayer! (1993) con 13,78 millones de entradas vendidas, ni de la segunda Los visitantes regresan por el túnel del tiempo (1998) con 8,03 millones. Están más en la línea de la prescindible tercera entrega, Dos colgados en Chicago - Los visitantes cruzan el charco (2001). Con todo, siguen siendo números respetables. 

Desde la tercera secuela han pasado 15 años y eso evidencia que, al margen de otra cuestión, esta nueva película no es una operación de mercadotecnia ramplona, fácil y rápida, sino que es una apuesta que se ha hecho sobre seguro en unos años de inseguridad comercial y financiera. Se tiene una buena receta y, en estos tiempos, tan poco dados a los riesgos, se ha decidido acudir a ella. De hecho la dupla protagonista se mantiene intacta (Jean Reno como el conde Godofredo y Christian Clavier como su escudero DelCojón el Bribón), así como la creativa con Poiré y Clavier como coguionistas. 

Saber los ingredientes del éxito cómico es casi tan complejo como adivinar la fórmula de la Coca Cola. Los caminos de la comedia son inescrutables. Acudiendo a un caso español, ha lugar a recordar la anécdota que tantas veces han referido Fernando Colomo y Carmen Maura del estreno en el festival de San Sebastián de Tigres de papel (1977). Ellos llegaban al certamen convencidos de que llevaban un drama sobre las relaciones en la España de la Transición y ante las risas de la audiencia se dieron cuenta de que lo que habían filmado era una comedia hilarante. Mientras Maura se mostraba aterrada por la respuesta del público, Colomo, más rápido, le dijo: ‘Tú di que es una comedia’. Y así ha quedado. 

Si bien el cine francés no se puede decir que haya sido un gran olvidado en la cartelera española, donde es frecuente la presencia de sus películas más relevantes, sí que se puede constatar haciendo un somero repaso que fue a partir de mediados de los ochenta que junto a la tradicional ración de cine de qualité del país vecino (esos dramas de época, esas costosas adaptaciones literarias de clásicos, esos grandes nombres), comenzaron a ser también más frecuente producciones de otro corte, más sencillas, más mundanas, e igualmente exitosas, y casi todas ellas dentro del género de la comedia. Estas películas se beneficiaban de la legislación europea, que prima la proyección de filmes realizados en el continente, y muchos exhibidores españoles encontraron en el cine galo una apuesta de garantías para sus salas.

Echando la vista atrás este cambio de tendencia tiene uno de sus grandes hitos hace ahora más de treinta años con Tres solteros y un biberón (1985), una de las obras más populares de la cineasta Coline Serrau, que fue nominada al Óscar y logró vender más de 12 millones de entradas sólo en Francia. La historia de tres solterones que tienen que cuidar a un bebé fue una de las producciones de referencia del país vecino y tuvo su versión en Estados Unidos, Tres hombres y un bebé (1987, Leonard Nimoy) menos aguda y menos divertida. 

Pero a pesar de las cobardías de la versión americana, la idea original de tres Peterpanes con un niño tenía algo especial que hizo que también triunfara. Y siguiendo la lógica cortoplacista de la industria audiovisual estadounidense hubo una secuela casi inmediata, Tres hombres y una pequeña dama (1990, Emile Ardolino) filmada sin ganas y mucha autocomplacencia, que no logró ni de lejos el éxito de la primera. En Francia Serreau en cambio tardó 18 años en hacer la secuela gala que se tituló Tres solteros y un biberón: 18 años después (2013). Simpática y olvidable, pero más digna, sin duda.

En general las comedias francesas suelen estar preñadas de detalles y giros brillantes, e incluso aportan gags sonoros muy divertidos (véase Para todos los gustos —2000– de Agnès Jaoui), de ahí que no sea de extrañar que haya un sector de la cinefilia que se muestre devoto de este tipo de producciones. Como bien le apuntaba Billy Wilder a Cameron Crowe en su libro de conversaciones, “en general el público es mucho más inteligente que lo que le ofrecen [desde Hollywood]. La mayoría de las veces, le subestiman”. Todo lo contrario a lo que pasa en el cine francés.  

Pero, como en botica, hay de todo y junto a las comedias más hilarantes y ocurrentes, al lado de las inteligentes y brillantes que reflexionan sobre la sociedad contemporánea, conviven otras de humor de trazo grueso, herederas de Louis de Funès y su gendarme de Saint-Tropez, otras que viven directamente del cómic (las distintas versiones de Astérix, Lucky Luke) y unas pocas que evidencian una sensibilidad e innegables reminiscencias del ver pasar la vida de maestros como Eric Rohmer.

En ese maremágnum de creatividad, hay hueco también para raras avis, como la sugerente Subway (1985), una de las mejores películas de Luc Besson, coetánea a Tres solteros y un biberón. En ella se pueden anticipar muchas de sus constantes, como planos que después reeditaría en su saga de comedias de acción Taxi. Con un Christopher Lambert en uno de sus mejores papeles (tampoco es mucho) y una Isabelle Adjani radiante, Subway se presentaba como una singular intriga repleta de giros cómicos donde el metro de París y la música tenían un papel protagónico. 

Estilísticamente hablando, los grandes hallazgos de la comedia francesa y europea en general son verbales o intelectuales, pero incluso en esto Francia aporta gozosas excepciones, algunas tan llamativas como Delicatessen (1991, Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro) que en España estuvo más de un año en cartel. Incluso las realizaciones en apariencia más planas no están desprovistas de personalidad y son fácilmente reconocibles, como pasa por ejemplo con las películas de Francis Veber a quien se le deben algunos de los grandes éxitos de los últimos años.

Dramaturgo y cineasta, en 1993 Veber estrenó una comedia teatral que es uno de los hitos del humor mainstream europeo de las últimas dos décadas: La cena de los idiotas. La obra triunfó en las tablas y la adaptó él mismo al cine en 1998. La película también triunfó, logró tres César, vendió más de ocho millones de entradas en Francia, arrasó allá donde se estrenó y tuvo, cómo no, su versión americana en 2010, como siempre sensiblemente inferior. 

El éxito de la película fue tal que ha revitalizado la vida de la obra teatral que, sin ir más, lejos ha estado en cartel durante este año en Valencia en el Teatro Olympia, 23 años después de su estreno. A partir de octubre esta producción recorrerá la Comunidad Valenciana y en Navidades regresará a Valencia, al Talía. Ferran Gadea, que en la pieza encarna al idiota, destaca de esta obra “la carpintería teatral”, lo bien escrita que está, pero también, como “combina muy bien la diversión con un mensaje muy claro”, que es la crítica a los supuestos triunfadores de la sociedad contemporánea. Una mirada ácida que a Molière seguramente le habría gustado.

Cuando La cena de los idiotas se convirtió en la nueva y enésima punta de lanza de la comedia francesa, Veber no era precisamente un desconocido. Algunas de sus películas ya habían sido compradas por Hollywood para ser versioneadas, como es el caso de Tres fugitivos (1989), dirigida por el propio Veber, que era un remake de su película Dos fugitivos. La industria americana, de hecho, ha pescado mucho en el caladero del cine francés. Ya en los años ochenta algunos grandes éxitos como La mujer de rojo (1984), dirigida y protagonizada por el recientemente desaparecido Gene Wilder, eran versiones de film franceses; en este caso Un elefante se equivoca enormemente (1976, Yves Robert).

Una práctica que ha continuado por los buenos resultados que de continuo da. Otro ejemplo: el gran éxito de la comedia estadounidense de los años noventa Mentiras arriesgadas (1994, James Cameron) protagonizado por Arnold Schwarzenegger y Jamie Lee Curtis, con sus 378 millones de dólares de taquilla y sus 115 de presupuesto, era en realidad una adaptación de la película francesa La Totale (1991, Claude Zidi). En ocasiones Hollywood incluso ha ido directamente a la raíz y ha adaptado obras teatrales francesas de éxito, como sucedió con Un dios salvaje (2011, Roman Polanski), adaptación de una obra de la multipremiada Yasmina Reza (Arte). 


El crítico español Daniel Ausente dejaba constancia en su artículo ‘Risas y Llantos de la vieja Europa’, esa capacidad del cine francés para tratar temas de lo más diverso con sutilidad. En el texto, que formaba parte del libro Una risa nueva publicado por Nausícaä y el Festival de Cine de Albacete, el crítico español mencionaba otro gran éxito de Veber, Salir del armario (2001, Veber), “película sobre la tiranía hipócrita de la corrección que asume su propia corrección”. Más allá del divertimento y de las brillantes interpretaciones de Daniel Auteuil y Gérard Depardieu, Ausente destaca como el film “explica, en parte, por qué el humor directo y sin coartadas anda de capa caída en la Vieja Europa”.

Lógicamente, la comedia costumbrista gala ha dejado también una buena retahíla de producciones, algunas tan amables como Una casa de locos (2002, Cédric Klapisch) y sus dos secuelas (Las muñecas rusas y Nueva vida en Nueva York), o las producciones que ha firmado la actriz Julie Delpy, algunas tan hilarantes como 2 días en París (2007). Cuando Delpy presentó la película en España, en el festival valenciano Cinema Jove, confesaba poco antes de su proyección que se sentía un poco asustada porque creía que la película le había quedado “un poco vulgar”. Al oír las carcajadas del público del Teatro Principal de Valencia, sus miedos se convirtieron en una sonrisa. Su vulgaridad, al lado de Torrentes y epígonos, era un dechado de glamour.


Más rudimentaria pero igualmente eficaz y divertida fue por ejemplo Bienvenidos al norte (2008, Danny Boon), “comedia de corte tópico, nada anómala y con mucho de trampa agradable para el espectador”, en la atinada descripción de Ausente, que se convirtió en un fenómeno en el país vecino y tuvo remake… ¡en Italia! A la manera que haría años después en España Ocho apellidos vascos (2014, Emilio Martínez-Lázaro), Bienvenidos al norte se burlaba de los tópicos con una premisa que, como bien dice Ausente, remite a Richard Matheson y Soy Leyenda; “en un mundo de idiotas pueblerinos, el anómalo es el urbanita”.

Pese a sus aparentes defectos, las comedias más populares del país galo logran transcender sus fronteras y mantener intacto sus subtextos, o al menos no desperdiciarlos. Y es que la comedia francesa popular se mueve por derroteros muy similares a los de los grandes comediantes de la historia: Pretende hablar de algo más. Quizás esa sea la clave: sin un buen subtexto no hay humor. Lograr que todo el mundo lo entienda es ya talento.


Dentro de esa amplitud de miras, algunas producciones que han sido presentadas como drama, como es el caso de Intocable (2011, Olivier Nakache y Éric Toledano), son en realidad comedias envueltas en el celofán de la tragedia. Emotiva y hábil, con un acertado uso de la sencilla música de Ludovico Einaudi, esta producción se transformó en uno de las grandes películas de la temporada y se saldó con una taquilla que para sí quisieran muchas de las majors, con más de 23 millones de entradas vendidas en Francia y una consideración internacional tal que se encuentra en el puesto 39 de las mejores películas de la historia de IMDB. Y sí, ya hay versión americana en ciernes, con Bryan Cranston y Kevin Hart de protagonistas, y Harvey Weinstein de productor. 

Los visitantes no nacieron ayer fue en su día un éxito similar, si bien sus intenciones eran menos emotivas. Contaba con dos de los actores más populares del cine francés, especialmente Jean Reno, de origen español pero totalmente asimilado en el país galo, que de la mano del antes citado Besson se había convertido en una estrella internacional en producciones como El gran azul o Nikita. Ahora llega la continuación, la cuarta entrega. Comprensible, aunque la fórmula ya daba muestras de agotamiento y los resultados sean los que son.

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