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exposición en el ivam

Los mapas de la violencia de Mona Hatoum

La artista de origen palestino despliega una gran exposición en el IVAM tras ser premiada con el Julio González

16/04/2021 - 

VALÈNCIA. Uno se podría pasar horas embobado contemplando el ejercicio de magia que hace Mona Hatoum en su pieza Impenetrable, un cubo formado por varillas suspendido en el aire con máxima delicadeza. La estructura, aparentemente ligera, parece que flote en una sala que le impide volar más alto de lo que quisiera. Sin embargo, cuando uno llega a esta pieza, que marca el final del recorrido expositivo, ya ha aprendido que con Mona Hatoum siempre hay gato encerrado. La belleza superficial siempre va acompañada de una segunda capa de lectura, mucho más incómoda. En este caso, es necesario acercarse a la obra para descubrir que estos aparentes hilos negros son, en realidad, varillas de alambre de espino, un elemento que remite a las violentas barreras entre países, esas vergonzantes vallas que separan naciones o que restringen el movimiento de ciudadanos. Esas vallas de las que, por cierto, también se sirve España.

Esta contraposición entre lo bello y lo doloroso, lo atractivo y lo vergonzante, es una constante en la obra de la artista y, por ende, en la “ambiciosa” exposición que protagoniza ahora en el Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). La creadora, que fue galardonada en 2020 con el Premio Julio González, despliega en el museo valenciano una nutrida representación de su obra, principalmente de los últimos veinte años, generando un relato que, a partir de elementos aparentemente sencillos, apela a las entrañas del espectador. Es a través de esculturas, instalaciones y obra sobre papel que reflexiona sobre la violencia en un sentido amplio de la palabra, aunque sin renunciar a la belleza, al elemento poético. Y es que, al final, “tenemos que seguir viviendo en un planeta herido”, que decía la autora Donna Haraway.

Esta última frase la recuperaba la directora del IVAM, Nuria Enguita, que presentó la exposición junto al comisario y exdirector del museo, José Miguel G. Cortés, y la artista, esta última de manera telemática a causa de las restricciones sanitarias. Y es en esta línea, en la de habitar y reconocer ese planeta herido y, al mismo tiempo, actuar sobre él, que se mueve la artista, una narrativa que versa sobre los conflictos aunque lo hace, en cierta medida, desde el juego, con un punto incluso de humor, creando un más que interesante vínculo con el espectador. Quizá es por esto que, explicaba durante la presentación, hace años optó por alejar su cuerpo físico del arte que hace, pasando de la performance al trabajo sobre el objeto físico, apostando por una experiencia que convierte al visitante en actor principal del hecho creativo. El juego no se completa hasta que la obra no ha sido vista por el otro. 

Aunque afincada desde hace años en Reino Unido, su origen palestino y trabajo en lugares como Jordania o Jerusalem ha marcado la obra de Hatoum, una relación entre Oriente y Occidente basada en las conexiones y no tanto en la contraposición. Así, destacaba el comisario, su obra está cargada de significados y metáforas, un carácter ambiguo que permite muchas lecturas, en el que lo amable puede acabar siendo amenazante, alambre de espino. “Nada es lo que parece”, recalcó Cortés. En este sentido, la violencia y la muerte están muy presentes en la obra de la artista, una reflexión que viaja a la guerra civil libanesa pero que sirve como espejo a los conflictos de todo el mundo. No en vano, nada más entrar a la exposición, el público se enfrenta a Búnker, una imponente instalación de lo que aparentemente son maquetas de ocho edificios vacíos, en ruinas, torres creadas a partir de estructuras modulares de acero cortadas y quemadas, una fotografía de un Beirut roto, que remite al conflicto armado pero, también, a la explosión en su puerto en 2020. 

Esa reflexión sobre los conflictos del pasado y/o presente es una constante en la obra de Hatoum, aunque quizá se hace más explícita en la pieza Hot Spot, un gran globo terráqueo de acero inoxidable sobre cuya superficie se trazan los continentes con neones rojos. La obra remite a un estado de alarma permanente, un color rojo que habla de conflictos armados y de una escalada de tensión que no ha hecho más que ir en aumento. Y es que, en cierta manera, la obra de Hatoum es mucho más presente y global de lo que uno podría haber adivinado hace unos años, una reflexión que no solo remite al pasado sino que interpela directamente al yo futuro. También desde el punto de vista físico, pues el conflicto -entendido desde un punto de vista amplio- está presente en todo el mundo. “La incertidumbre es una realidad que uno debe confrontar. Y ahora lo estamos haciendo a lo grande”, relata la artista en referencia a la actual crisis sanitaria. 

"La obra de Mona Hatoum es crítica, pero afirmativa a la vez. La artista ha creado un espacio propio, un espacio de acción que nos ofrece un nuevo diálogo entre los objetos, los cuerpos y las palabras", desgranaba por su parte Enguita durante la presentación de la muestra. Es en ese análisis en clave poética que hace Hatoum que también cabe une reflexión en torno a la inestabilidad de la existencia, una fragilidad que transpira en cada una de sus piezas. “Estamos acostumbrados a que las cosas sean fijas, estáticas. La obra de Mona Hatoum es fluida, cambia y se transforma”, incide Cortés. Esta visión a partir de espacios no estancos se refleja de manera explícita en obras como Map (clear), un mapamundi creado a base de canicas de cristal que no están fijadas en el suelo, con lo que puede haber elementos que se desplacen, apuntando a una geografía inestable. Los mapas son una constante en su obra, tal es el caso de Present Tense, en la que la artista utiliza unos bidones de aceite y unas cuentas de cristal para dibujar un mapa fragmentado de los Acuerdos de Paz de Oslo de 1993. Mapas fragmentados, fluidos, de sangre y neon. Los mapas de Mona Hatoum. 

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