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ALGUNES NOTES SOBRE ART CONTEMPORANI 

LUCE: graffiti, pintura y paisaje

4/09/2021 - 

VALÈNCIA. L’Eixample consiguió darle una estética uniforme y funcional a la ciudad. La retícula que diseñó el barón Hausmann para París supuso una codificación urbanísitica y estética, además de una estrategia frente a las comunas del siglo XVIII de la ciudad francesa. La ciudad pasó a tener un patrón y estilizarse a partir de códigos arquitectónicos, y así se generó un modelo moderno de diferencia y repetición. La tecnología permitió mejorar la experiencia urbana y aparecieron las lámparas de gas o más tarde la red eléctrica, y la ciudad ya nunca durmió. 

Con la consolidación de la burguesía urbana en los siglos XVIII y XIX, las ciudades se convirtieron en el epicentro económico y social. Las urbes se expandieron con los modelos reticulares de Cerdà en Barcelona, los dibujos de José Calvo, Luís Ferreres y Joaquín María Arnau en València o el urbanismo colonial en los Estados Unidos. El sistema reticular ordenó bajo unos criterios geométricos y racionales las posibilidades de la ciudad. Entre el dibujo que trazan las calles y avenidas se repartieron una serie de parcelas que serían, como explica Rem Koolhaas en Delirio de Nueva York, el marco para la libertad imaginativa y creativa de los constructores.  

A partir de este momento se empezaron a redactar las leyes de edificabilidad, otro agente clave para el diseño de la ciudad. Constructores, arquitectos y consistorios imponían sus criterios modelando la imagen del paisaje urbano. La parcela privada se convertía así en un espacio de libertad creativa y la franja pública se regulaba por criterios políticos. La intervención del paisaje urbano se decidió en los pisos más altos, donde se afincaban los despachos en los que se dibujaban o firmaban las construcciones. Las ciudades modernas se convirtieron en un juego estético racional. Y la tecnología y la velocidad de construcción del siglo XX exageró la repetición de los patrones. 

La primera vez que andas por l’Eixample de Barcelona es fácil perderse. Es recurrente sentir que la calle por la que andas es la misma por la que andaste anteriormente. Córsega, Floridablanca, Villaroel… La arquitectura es parecida, el diseño de la señalética municipal se repite, los coches podrían ser los mismos y el blanco y negro de los taxis nunca desaparece. Pero, en la calle por la que caminas, en una puerta de garaje, ves unas letras: NIMEK, y te vuelves a orientar. Anoche cuando pasaste por allí viste ese graffiti. 

El graffiti tiene algo de ruptura con la repetición institucionalizada que construye la ciudad. Es un gesto de la gente que habita la ciudad, que la recorre, de las personas que viven los espacios prediseñados y que se revelan contra su impostura y los hacen suyos. El graffiti es una disrupción de lo cotidiano. Frente a esas repeticiones modernas de la ciudad, el graffiti toma el espacio público y lo hace suyo, tuyo y de nadie.

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¿Por qué se comieron la montaña? Las caras de los presidentes en el Monte Rushmore. ¿Para qué las hicieron? ¿Para ver qué tal quedaba? ¿O para dejar su huella? Para dejar su huella. Y como esa gente eran “los fundadores” de este país, les dio por hacer sus caras enormes, y si no te gusta: te jodes. Cuando al “nota” le dijeron que empezara por la nariz, los ojos y demás. ¿Acaso alguien le había dado permiso? Puede que a los aborígenes les jodiera que les hicieran las caras en la montaña. ¿Por qué nadie detuvo al “nota”? Para mí es lo mismo. Tampoco era suya la montaña que ellos marcaron. 

TLOK, Infamy, Doug Pray, 2005.

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LUCE cubre toda la zona metropolitana de València. Sprays, rotuladores, tizas, pintura plástica, taladro, cualquier material es susceptible de volverse un LUCE. Hubo una época que era imposible concatenar dos calles sin ver alguna firma suya. El graffiti del LUCE es versátil, ha pasado por mil registros: desde la estética más clásica del tag (firma) hasta experimentos tipográficos donde se pierde el nombre. 

Cuando el LUCE empezó a pintar, a principios de los 2000, València era un hervidero de graffiti. La acción era frenética y había muchas crews y escritores prolíficos. Salir a la calle para una persona que pintaba era descubrir nuevas intervenciones, deambular por las avenidas significaba recorrer las obras que se habían dejado la noche anterior. Así es como empieza a construirse la mirada de un graffitero

“Tengo la memoria visual educada desde hace 10 años a base de hacer lecturas espaciales. Puedo ver una firma, igual es decir demasiado, pero si me enseñas la foto de un tag es posible que yo te lleve a ese lugar” comenta el LUCE. 

La calle se convierte en un espacio de intervención que cada escritor va estudiando para ver que posibilidades le ofrece. Dentro de ese juego de lectura urbana, LUCE empezó a llevar su obra al uso de plantillas, a juegos tipográficos y poco a poco su identidad como escritor fue creciendo y ganando nuevos registros.

“Un salto importante en mi trabajo fue el uso de plantillas, viniendo yo de una expresión gráfica del graffiti donde las plantillas estaban totalmente denostadas. Para mí el salto fue esa transición de utilizar plantillas dentro de un mundo reacio a esa herramienta”.

El hecho de salir de la tipología clásica del graffiti, le permitió al escritor empezar una serie de ejercicios en los cuales las letras se convertían en un motivo con el que experimentar tipográfica y plásticamente. Los códigos de la pintura urbana se mantenían, pero su producción se iba volviendo más compleja. En paralelo a su graffiti, se fue construyendo una linea de trabajo más conceptual, en la que los elementos de la ciudad, las acciones urbanas y la experiencia de vivir la calle se sintetizaban en performances o intervenciones en el espacio público. En 2016 la Biennal de Mislata invita al LUCE a hacer una intervención: el artista decidió “encalar” muchos balones en un balcón. 

Tanto el graffiti como la obra más conceptual del LUCE son ejercicios de interpretación de los espacios urbanos. El artista se convierte en un catalizador y reproductor de toda una serie de gestos, acciones o experiencias que va encontrándose por la calle. Fruto de esa mirada atenta, el LUCE detectó como los trabajadores que ponen los carteles en los mupis publicitarios tiraban la goma elástica, que fijaba el póster doblado al suelo. Con las gomas recolectadas hizo una escultura, un objeto que, al desvelar su historia, habla de los gestos pequeños y banales que construyen y dan vida a la ciudad.

La poética de LUCE está en diálogo constante con el paisaje que recorre, habita e interviene. Al artista le interesa entender el espacio para intervenirlo: “plantear algo en un espacio blanco me raya, siempre me he relacionado con espacios dados. Me cuesta mucho construir de cero. Estoy acostumbrado a relacionarme con la ciudad, hay algo en mi pequeña producción que se relaciona con ese ambiente”. 

Llegado a ese punto su obra le ha dado la vuelta a uno de los códigos base del graffiti: la visibilidad. Después de años de exposición y bombardeo, el graffiti del LUCE cada vez busca más los espacios anodinos, ocultos y secretos. No-lugares que la ciudad ha invisibilizado, bien por marginales, por su poca funcionalidad o por abandono económico. Aunque el LUCE mantiene su trabajo de graffiti más canónico, poco a poco ha ido buscando esa vuelta al calcetín en la que tanta visibilidad da paso a la búsqueda de los espacios invisibles. 

“Algo muy oculto pega el triple. Desde la adolescencia he buscado la visibilidad, eran años en los que en València si te hacías un buen spot llamabas la atención. Pero el graffiti se masificó y ahora hay tanta gente haciéndose spots locos que creo que la vuelta de tuerca es buscar el sitio oculto. También tengo mis referencias dentro del mundo del graffiti como puede ser el “Spire” de Berlín. De él aprendí a buscar el lugar más recóndito. También disfruto más de lugares y me pasa mucho llegar a espacios y no tener ninguna necesidad de hacer un reflejo gráfico de que he estado allí”.

Después de años de pintura en la calle, de bajar hasta los confines de los túneles del metro, de hacer derivas constantes por las avenidas, pocos espacios te quedan por conocer de la ciudad. En ese punto se llega a una relación íntima con el espacio urbano en la que se entienden todas sus dinámicas. La ciudad se vuelve un lugar que te brinda todos los recursos posibles para seguir con tu obra. Desde hace un tiempo y después de entablar una relación estrecha con ella, el LUCE conoce los puntos en los que encontrar sus materiales. La sociedad urbana produce más de lo que consume y las urbes son un cúmulo de sus excedentes. Actualmente, el artista esta produciendo unas pinturas de gran formato a partir del reciclaje de lonas de publicidad desechadas: “Disfruto más de una obra en la que empleo materiales para los que he invertido tiempo en conseguir esos recursos”.

Una de las potencias del graffiti es que es una pintura plenamente contextual y relacional. El hecho de pintarse en la calle obliga a posicionar corporalmente y legalmente al artista de otra manera, mucho más atenta a su alrededor. A partir de este contexto, LUCE ha construido una obra en la que se mantienen y acumulan los microgestos de la vida cotidiana de la ciudad.

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