teatro

“No grites, que cuando lo estabas haciendo no te quejabas”: la violencia en el parto sale a escena

‘La Confiança’, primer montaje de Produccions d’Ultramar, aborda las agresiones durante el alumbramiento y el puerperio. Un tabú cuyos muros comienzan a resquebrajarse

31/05/2021 - 

VALÈNCIA. Todavía en 2021 hay un buen puñado de momentos vitales que se experimentan desde la soledad del silencio y la culpa. Episodios invisibles, de los que no se habla. Para miles de mujeres, la violencia obstétrica --término que reúne las agresiones que se cometen sobre el cuerpo y la mente de las personas gestantes durante el parto-- constituye uno de esos instantes de sufrimiento enmudecido. Un ataque a los derechos reproductivos que se da, además, en una situación de máxima vulnerabilidad y que apenas empieza a ser reconocido oficialmente.

Este tema tabú constituye la columna vertebral de La confiança, pieza estrenada el pasado 29 de mayo, la pieza estará en cartel hasta el 13 de junio en la Sala Ultramar. La obra-- interpretada por Mertxe Aguilar, Diego Ramírez y Clara de Luna-- se completa con varios talleres realizados con un grupo de espectadoras y cuenta con el asesoramiento de El Parto Es Nuestro, una organización sin ánimo de lucro que pretende mejorar las condiciones de la atención durante el embarazo.

Considerada por la OMS como “un trato irrespetuoso y ofensivo en centros de salud que no solo viola los derechos de las mujeres a una atención respetuosa, sino que también amenaza sus derechos a la vida, la salud, la integridad física y la no discriminación”, la violencia obstétrica lleva tantas décadas normalizada que muchas de sus víctimas ni siquiera son conscientes de haberla padecido. Y mucho menos se plantean si sería posible dar a luz de una forma menos traumática. Entre las malas prácticas más extendidas se encuentran desde las episiotomías (incisión en el perineo) no justificadas o el uso de fórceps sin ser autorizado hasta la infantilización de las parturientas. De hecho, según anunció hace unos días la directora del Instituto de las Mujeres, Antonia Morillas, el Ministerio de Igualdad tiene previsto incorporar esta cohorte de agresiones (ya sean físicas o verbales) en la próxima reforma de la Ley del Aborto “como una forma de violencia contra las mujeres”.

Ahora, el primer montaje escénico de Produccions d’Ultramar busca difundir las entretelas de estos abusos en clave teatral. “Suelo trabajar desde la autoficción. En este caso, a partir de mi propio parto, me di cuenta de que muchas amigas habíamos tenido la misma experiencia y no lo habíamos hablado hasta el momento. Empecé a buscar información y vi que era una realidad muy extendida y que las mujeres continuamos sin conocer nuestros derechos. Nos tratan como a niñas, no nos explica qué pasa, se dirigen a tu pareja… Cuando has parido, lo siguiente que sientes es que tienes un bebé que te necesita todo el día y no tienes tiempo de ponerte a analizar lo que te ha pasado”, afirma Guadalupe Sáez, dramaturga de La Confiança.

Bajo el deseo de mostrar sobre las tablas los aspectos menos populares de un alumbramiento, esos asuntos que no se cuentan en las stories de Instagram ni en las sobremesas navideñas, Sáez buscaba que la pieza tuviese un ritmo “como el que sientes durante el parto, que es en sí una imagen teatral muy potente, y en el que se recorrieran sus diferentes fases. También tenía claro que debía tener algo de animalidad, porque el proceso de dar a luz lo tiene”, subraya Sáez, quien además recalca que situar la acción en un instante tan vulnerable “permite jugar con los discursos y hacer un viaje por muchos estados de ánimo distintos”.

Para la directora de la pieza, Eva Zapico, los abusos obstétricos no son sino otra capa en las agresiones “que se ejercen y se han ejercido históricamente sobre la mujer. El movimiento feminista no se ha centrado todavía en esta problemática, está ajeno a ello y no debería ser así. En ese sentido, destaca que el eje nuclear de la puesta en escena de La Confiança radica en “el desconcierto constante que viven las parturientas, que no saben qué le van a hacer a su cuerpo y qué está pasando, pero saben que algo falla. Además, en una situación en la que, debido al dolor y al cansancio, tienen muy menguada su capacidad de reacción”. De esta forma, la directora de la pieza busca convertir las experiencias individuales en algo colectivo “a través de los territorios comunes, de la violencia compartida por muchas personas que han pasado por un parto protocolizado”. Una misión que emprende mediante un lenguaje simbólico “basado, especialmente, en la dramaturgia de la imagen. Un lenguaje no ilustrativo ni verosímil que represente la intromisión en el cuerpo”.

Y del foco micro al macro: según apunta Sáez, reflexionar sobre los atropellos que se ejercen en un momento tan íntimo sirve aquí también como un vehículo para abordar también “cómo se gestiona la violencia en otros muchos ámbitos de la sociedad”.

 Maternidad, silencio y sacrificio

“Mis silencios no me han protegido. Tu silencio no te protegerá”, escribió Audre Lorde en La hermana, la extranjera. Un silencio que ha cubierto durante siglos las trayectorias vitales femeninas y en el que se han quedado atrapados, también, los episodios de agresiones durante el parto. “La obstétrica es un tipo de violencia cuya existencia solo ahora empieza a aceptarse y considerarse. Que se reconozca que es una realidad ya es un logro”, expone Susana Fernández, de la organización El Parto Es Nuestro. De hecho, la ONU comenzó a visibilizar ese trato irrespetuoso y ofensivo hacia las parturientas y los recién nacidos hace tan solo dos años.

“Hay mucha reticencia a replantearse esa violencia, sobre todo por parte del personal sanitario, pues es muy duro admitir que lo estás haciendo mal. Es muy complicado romper ese tabú. Los partos no son vividos como tienen que ser vividos. Hay muchísima desinformación. Pasamos por esa experiencia aterradas, sin saber qué hacer y temiendo por la vida de nuestros hijos”, afirma Fernández. Por ello, desde su asociación se exige que las prácticas desarrolladas durante el alumbramiento “estén basadas en la evidencia científica y que se trate con respeto a las parturientas. Las instituciones deben pelearlo y legislar para intervenir en esos protocolos y asegurarse de que los profesionales de la salud están siguiendo las instrucciones correctas”.

En esta gelatina de silencios amordazados, se impone el relato de la maternidad como un emplazamiento para el sacrificio ciego y total; la mitología de ‘la buena madre’, esa que no tiene derecho a reclamar su propio bienestar, a expresar incomodidad o deseo, esa que solo existe en función de la descendencia. El milagro de la vida, ya sabéis. Se suma al cóctel de culpa la persistencia de una visión idealizada y romantizada de la gestación y la crianza, en la que no cabe la queja o la reivindicación. Los cuerpos embarazados se ven así como vasijas complacidas y complacientes. Es ahí donde la violencia obstétrica encuentra la guinda perfecta para su acomodo, pues ¿por qué vas a quejarte de que te han tratado mal durante el parto si tienes entre tus brazos a un rorro amoroso?

De hecho, Fernández critica que socialmente se acepte que el parto “ha de ser un proceso duro y cuyas secuelas se deben asumir como algo normal. Esos daños y dolores se quedan escondidos y a muchas personas les cuesta comunicar que han tenido un mal parto. E incluso desde tu entorno te dicen que si el bebé está bien, todo está bien. Pero la salud tanto física como mental de esas madres, así como su vida sexual y reproductiva, pueden quedar afectadas durante mucho tiempo. Al ser ‘cosas de mujeres’ no resulta importante”. Si lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas, “lo que sucede en el quirófano, se queda en el quirófano”, sostiene Zapico quien pone el dedo en una llaga estructural: “cuando denuncian esta situación, las parturientas se encuentran muy solas, chocan con un dique de contención en el que es su palabra contra el sistema”.

Lucila Chust es técnica de igualdad en la Mancomunidad del Barrio del Cristo y fue una de las encargadas de buscar integrantes para el grupo de espectadoras que se ha sumado a los talleres de La Confiança. En este mismo proceso se dio cuenta de que el abuso obstétrico “es un tema que no está sobre la mesa, no se habla de ello”. De hecho, a la hora de dar difusión a la iniciativa se dio de bruces “con reticencias y miedo a participar, curiosamente más en mujeres jóvenes que en las más mayores. Lo veían como un tabú. Parece que si expresan que han sufrido, no son tan buenas madres...y eso es algo que se les queda dentro. Queda muchísimo por hacer”.

Una tribu entre bambalinas

Frente a las agresiones que se confiesan en voz baja y se atraviesan en singular, el ecosistema escénico insta a compartir miedos y frustraciones. Especialmente, en proyectos como La Confiança, donde a la representación de la pieza dramática le acompañan diversas actividades que adentran al público en las profundidades de la obra. “Cualquier experiencia artística debe servir para evidenciar, reflexionar y denunciar. El teatro es un buen lugar para ello”, explica Zapico, quien resalta que, como profesional de las bambalinas, trabajar con un grupo de espectadoras “es una maravilla, porque no suele suceder y cuando pasa da sentido a que la creación artística sea un entorno de intercambio”.

“Al final, el teatro no deja de ser una asamblea donde se reúne gente y se lanzan preguntas. Aquí, hemos abordado el papel del teatro como un enclave desde el que plantearse qué tipos de ataques se ejercen sobre los cuerpos”, apunta Sáez, quien reivindica el universo de las tramoyas como “un espacio de tribu, de compañerismo; un espacio para hacer memoria”

“Gracias a las participantes de los talleres hemos comprobado que esos episodios no son cuestiones excepcionales, sino comunes. Además, al contar con personas de diferentes edades, se ha visto que lo que pasaba hace 40 años sigue pasando ahora y en distintas partes del mundo”, expone Chust, quien recoge frases oídas en el paritorio como “El niño no sale porque estás gritando demasiado” o el terrible “Ahora no grites tanto, que cuando lo estabas haciendo no te quejabas”. Por su parte, Fernández, como representante de El Parto es Nuestro recalca lo importante que resulta “que alguien que ha padecido esas agresiones se sienta reconocido e identificado en el escenario. Es una forma de que su vivencia quede validada”.

Así le sucedió a Manoli Moreno: “Empecé a pensar en lo que me había pasado a mí y en lo que sigue pasando. Yo no me había planteado que había sufrido este tipo de violencia, pero al escuchar el resto de testimonio me sentí muy reflejada. En mi caso, di a luz sola con 18 años y por el paritorio pasaron muchísimos estudiantes sin que nadie me pidiera permiso. Crees que es lo normal porque ha pasado toda la vida, pero te vas dando cuenta de que es otro tipo de maltrato y de que las cosas no deberían ser así”. “Quiero que la gente joven pueda decidir. Psicológicamente, después de dar a luz estás en una situación complicada”, resume Moreno, quien acaba con una llamada a la sororidad parturienta: “creo que las mujeres nos ayudaríamos mucho las unas a las otras si habláramos de ello”.

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